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Guerrero: niños, daño colateral

Durante 2015, en el estado fueron asesinados 8 menores e hirieron a cuatro más
Miembros de Médicos sin Fronteras aseguran que cuando los niños viven en un contexto de violencia pierden la esperanza de vida, no quieren salir a jugar a la calle, se les quita el apetito y presentan conductas antisociales (ARCHIVO EL UNIVERSAL)
11/12/2015
04:20
Chilpancingo
David Espino
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El viernes 23 de octubre, en la colonia Palomares de Acapulco, Guerrero, tres mujeres fueron asesinadas. Es común decir que en Acapulco matan a diario, que en Guerrero matan a diario. Un promedio de 7.4 asesinatos por día desde enero hasta octubre, según cifras del Sistema Nacional de Seguridad Pública; esto es, 2 mil 222 asesinatos en esos primeros 10 meses en la entidad. Un promedio al que la gente se está acostumbrando, incluso a los tres crímenes de la noche de aquel viernes.

Aunque algo tienen de especial estas tres mujeres. Entre ellas había una niña de cuatro años y una adolescente de 15.

Las mujeres con la niña subieron en la noche a la calle Pacífico, citadas por un par de chicos. No se sabe por qué las mataron, por qué le dispararon también a la niña con una 9 milímetros en la cara. Sólo se sabe que a eso de las 10 de la noche la policía recibió una llamada alertando de balazos en la zona poniente de Acapulco.

Cuando los agentes llegaron, con peritos y soldados, hallaron en la acera de una calle solitaria, sin curiosos, a la chica de 15 encima de la niña, como para cubrirla con su cuerpo y protegerla de las balas. Dispararon contra ambas. Un metro adelante estaba la otra mujer, de unos 21 años, tirada boca abajo, como intentando huir. No se conocieron sus nombres porque la familia no permitió que fueran trasladadas al forense. Tampoco se supo quién las mató.

Éste no es el primer caso de balaceras o matanzas en Guerrero entre cuyas víctimas hay niños de uno a 10 años o adolescentes de entre 12 y 16. Sólo en este año ha habido 12 menores muertos o heridos en situaciones que parecieran un patrón: agresión dirigida hacia ellos.

Médicos sin Fronteras

“No sé”, contestó Verónica Lázaro, antropóloga social y coordinadora de terreno en Acapulco de Médicos sin Fronteras, “no pudiera decirte que es una tendencia el asesinato de niños, pero sí que es otra forma que usan los cárteles para atomizar a la sociedad, fragmentarla y llenarla de miedo para apoderarse de sus espacios”.

Desde septiembre 2013, Médicos sin Fronteras llegó a Acapulco atraída por la epidemia de dengue que a su vez trajeron la tormenta Manuel y el huracán Ingrid ese mismo año. La unidad llegó a la colonia Jardín, en el noroeste de la ciudad, donde atendió casos y ayudó a coordinar acciones para la prevención del virus. No tardó en darse cuenta de que un mal mayor aquejaba a Acapulco: la violencia.

“Fue mediante la Pastoral de la colonia que nos fuimos acercando a las víctimas”, narró Lázaro, una española treintañera que antes estuvo de misión en Honduras. “Y supimos entonces que debíamos traer otro tipo de atención, sicólogos”.

Lázaro contó en un café de la zona Dorada, cercano a su oficina, que desde 2014 han tenido trato directo con víctimas de violencia: “Hemos hallados traumas crónicos y agudos por la exposición a la violencia o por la pérdida de hijos.

¿Qué síntomas presentan sus pacientes, que los llevó a esta conclusión? —se le pregunta.

—Confinamiento, conductas antisociales, depresión, ansiedad.

“Casos aislados”

Antes ya habían ocurrido en Guerrero muertes de niños que en medio de enfrentamientos eran asesinados; antes ya había ocurrido que los asesinos fueran por una familia y que mataran a los menores de la casa. En agosto de 2008, hombres armados entraron a una vivienda del poblado San Luis La Loma, municipio de Tecpan, y mataron a cuatro mujeres, entre ellas a la niña Oralia Granados Ávila, de 12 años.

En abril de 2010, Carlos Miranda Delgado, de 12 años; su hermana Mireya Monserrat, de ocho, y su madre, Laura Delgado Turllor, fueron asesinados cerca de la glorieta de La Diana Cazadora, en la costera de Acapulco, cuando narcotraficantes se enfrentaron con policías federales y quedaron atrapados en medio de las balas. Ese día hubo media docena de muertos, entre ellos un taxista, un abogado y un agente.

En marzo de 2011, en la colonia Simón Bolívar de Acapulco, un grupo armado llegó a una casa y disparó contra los habitantes. En la vivienda estaban una anciana de 70 años y sus nietos de dos y siete años. Cuando los hombres dispararon, la anciana protegió con su cuerpo a los niños que también fueron asesinados. La madre de los menores quedó herida de bala, así como su bebé de tres meses.

En otro ataque ocurrido la tarde del 24 marzo de 2014, en la comunidad Paso Limonero, Acapulco, Rosy, de siete años, con uniforme escolar aún puesto, fue asesinada junto con su madre, su tía y su abuela; su hermana Franceri, de nueve años, quedó herida de bala. Informes policiales indicaron que un hombre joven llegó a la casa y disparó contra Sahira Jazmín Nava Blanco, de 25 años; Osmaida Patricia Gutiérrez Nava, de 20; Martha Patricia Nava Blanco, de 40, y Rosy, de siete años. Los peritos hallaron en el lugar cinco casquillos percutidos calibre .45. El asesino nunca fue atrapado.

Más que balas perdidas

Eran así. Casos esporádicos que se contaban con los dedos, que ocurrían cada dos años en pueblos lejanos o situaciones inusitadas. Ahora no. Desde enero de 2015 los atentados contra menores en Guerrero han sido recurrentes. El 31 de enero, un niño de dos años y medio fue herido en un ataque a balazos en el que murió su madre, Miriam Martínez, de un tiro en la nuca, en un paraje de Chilpancingo con rumbo al poblado de Tepechicotlán. El menor fue hallado por policías que acudieron al lugar donde estaba la mujer de 29 años asesinada, y el niño con sangre en la cara y en el cuerpo deambulaba en los alrededores.

La mañana del 28 de marzo, dos mujeres fueron asesinadas en Ajuchitlán del Progreso, en la Tierra Caliente de Guerrero. Una de ellas, Sarahí Mojica Mondragón, tenía apenas 15 años y fue asesinada de dos balazos, uno en el pecho y otro en la cabeza. La otra, Bonfilia Cruz Hernández, tenía 21. Ambas habían acudido una noche antes al baile del pueblo que da inicio a una de las ferias más importantes de la región: la feria del mango. Las chicas fueron raptadas por hombres y al otro día fueron halladas muertas.

El 6 de marzo, en la calle Río de Janeiro, en la colonia Moctezuma de Chilpancingo, un chico de 15 años, del que no se conoció su nombre, fue asesinado. Su cuerpo, con las manos atadas, fue hallado en un cuarto donde sólo había una cama. Y el 23 de abril mataron a puñaladas a Inocencia Olea Tornel, de 44 años, en Tres Palos, Acapulco. Con Inocencia iba su hijo de 11 años, a quien hirieron de muerte, pero sobrevivió.

La noche del 26 de mayo, un chico de 14 años fue ejecutado en una calle del fraccionamiento Hornos Insurgentes de Acapulco. Tenía los pies atados con una soga. En el lugar hallaron tres casquillos percutidos calibre .9 milímetros. Y la noche del 15 de mayo, Carlos Daniel, de 10 años, fue herido de tres balazos en el abdomen y dos en la pierna izquierda en una de las calles más transitadas de la colonia Ciudad Renacimiento, también en Acapulco.

Otro niño, de un año, fue asesinado la madrugada del viernes 27 de noviembre en la avenida Lázaro Cárdenas, cercana a la colonia La Máquina, en Acapulco. La agresión ocurrió cuando sus padres viajaban en un taxi colectivo y hombres armados les dieron alcance y dispararon contra ellos. En el hecho murió Isabel Ortega, de 45 años, madre del niño, mientras que su padre, que manejaba el auto, fue herido.

El 25 de noviembre, en el centro de Iguala, Luis Fernando Bernabé, de 14 años, fue asesinado cerca de su casa. Salía de su vivienda en la calle Mariano Abasolo cuando en la esquina que hace con la calle del Huerto fue ejecutado de tres balazos de pistola .9 milímetros.

Un día antes, el 24 de noviembre, una combi del transporte público fue atacada a balazos en la carretera que va de Chilapa a Hueycantenango, cerca de la comunidad de Atzacoaloya. En la agresión, a las 6:40 de la mañana, Elizabeth Olguín Casarrubias, de cuatro años, fue herida de bala y durante unas horas se creyó desaparecida, hasta que informes policiales indicaron que había sido trasladada a un hospital para ser atendida. Además, en el lugar murieron Ángela Casarrubias Cortés, de 52 años; Ana Olguín Casarrubias, de 22; Victoria Díaz Bernabé, de 32, y el chofer, Isaac Xochitempa Chantla, de 43.

Y el lunes 9 de noviembre, hombres armados entraron al poblado de Tetitlán de las Limas, también en Chilapa, donde asesinaron a Ruby Hernández, de siete años, y Brayan Hernández, de un año. También mataron a la madre de ambos, María Guadalupe Carreto, así como a Antonio Godínez Cortés, Rubén Carreto Carreto y Moisés Calzada Rendón.

La noche de ese mismo día, en Cuajinicuilapa, Costa Chica de Guerrero, un grupo armado entró a un establecimiento donde había una pelea de gallos y dispararon sus AK-47 contra los presentes. Hubo 10 muertos, entre ellos Cristian Añorve Santiago, de 12 años, y siete heridos. Las primeras versiones decían que fueron 12 muertos, entre ellos dos niños. Al siguiente día, el presidente municipal, Constantino García Cisneros, precisó que habían sido 10 y que el ataque se debió a que en el lugar estaba un narcotraficante local y que los agresores iban a asesinarlo. El alcalde contradijo la versión de la Fiscalía estatal, que informó que se había tratado de un enfrentamiento.

Cuadros clínicos

Médicos sin Fronteras atiende desde 2014 mil 400 casos de síntomas agudos y crónicos de depresión. Verónica Lázaro, coordinadora de terreno, equipara la situación traumática que se vive en Guerrero con la países en conflicto del Medio Oriente, donde también ha estado. Reflexionó que por desgracia lo que pasa en Guerrero ocurre en muchos países, y siempre la más golpeada en estos casos es la población civil.

—En el caso de los niños, ¿qué está ocurriendo ahora, qué han visto? —se le pregunta.

—Que no sólo son víctimas cuando los matan. Los niños son víctimas desde que son sobreexpuestos a la violencia en la calles, o desde los hábitos que cambian en las casas donde se vive un duelo por una pérdida de algún familiar porque lo asesinaron. Pierden esperanza de vida, no quieren salir a jugar a la calle, se les quita el apetito e inician conductas antisociales.

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