La difícil tarea de resistir bajo la sombra del racismo

A pesar de las adversidades en EU, Luis Chávez no desea regresar a México
Sin pasaporte ni visa de trabajo Luis Chávez trató de cruzar a Estados Unidos en cinco ocasiones; al final logró hacerlo escondido en un maletero de automóvil (FOTOS: LUIS CORTÉS. EL UNIVERSAL)
02/07/2017
02:08
Francisco Reséndiz
Chicago.
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Luis Chávez tiene 32 años, usa lentes, pantalón de mezclilla, un mandil negro y rastas cubiertas con un pañuelo rojo, lleva una piocha mal cuidada y no se ha rasurado el bigote desde varios días. Sus anteojos están rayados, pero dejan ver a sus ojos soñar, llorar, añorar su tierra, a los suyos.

Apenas había cumplido 18 años cuando abandonó San Francisco del Rincón, Guanajuato, “la tierra del pinche Fox”, se lamenta; era zapatero, como toda su familia. Con apenas lo justo en el bolsillo, inició una larga travesía que duró cinco meses, hasta llegar a Chicago en busca de una mejor calidad de vida.

Camina por la calle hasta un contenedor de basura, se sienta sobre él, sabe que vive en una Ciudad Santuario que protege a los paisanos de las políticas antimigrantes de Donald Trump, pero también se sabe en peligro por las personas que piensan igual que el presidente de Estados Unidos.

Puede ser deportado en cualquier momento. “No veo mi futuro en México, eso está difícil, a veces dices junto una feria y me voy, pero uno se acostumbra aquí, te gusta y aquí empiezas a hacer tu vida. Extraño a mi familia, pero no a México, si me voy no quiero vivir en México”, ataja.

Sin pasaporte ni visa de trabajo, trató de cruzar a Estados Unidos por Nogales, Tijuana y San Luis Río Colorado, lo regresaron cinco veces, lo veían pequeño y delgado, como si fuera un niño. Logró pasar en el portaequipajes de un auto hasta San Diego, de ahí tomó un tren al norte, lo más lejos posible de México.

“Fue feo, estuvo feo, para cruzar intenté cinco veces, caminé por el desierto, brinqué el muro, por donde salían los coches, hasta por una cajuela... Intenté brincando muros y vallas, por el desierto del monte... No hay dinero y la visa no se la dan a cualquiera, era zapatero, trabajaba haciendo tenis y sombreros”.

Han pasado 14 años desde aquel 22 de mayo en que logró internarse en Estados Unidos “con lo que traía puesto”. Ha tenido novias. Por culpa de una que fue a visitar a Nueva York la migra casi lo reconoce y detiene en el tren, igual cuando iba a bordo de un camión de pasajeros rumbo a Nueva Jersey.

Luis vive en el barrio de Pilsen desde hace 10 años. Paga 525 dólares al mes por un departamento pequeño, con dos habitaciones, una sala, cocina y comedor. “Pese a que a veces tengo miedo de ser deportado... ya no veo mi futuro en México”, insiste, mientras muestra uno de los cientos de murales que invaden el barrio.

Reflexiona: “Está feo, antes eran los morenos y ahora está empezando el racismo y las agresiones hacia los mexicanos”, comenta. Ha vivido en Pilsen y La Villita, los dos principales barrios mexicanos de Chicago. Ha trabajado en un restaurante en la Calle 26 y en una cafetería de la 18. Habla de Trump:

“Su ataque contra los mexicanos era mucha estrategia de ese señor, creando odio la gente se rebela, no hay que tenerle miedo a Donald Trump sino a quienes lo siguen, y están aquí entre nosotros, es peligrosa la gente racista y no lo sabes, hay que tenerles miedo a ellos porque Trump aunque quiera no puede hacer nada”.

Sabe que cada día corre peligro, pero advierte: “Jamás voy a agachar la cabeza, seguimos yendo a las protestas y marchas, no nos vamos a detener, vamos a defender nuestro derecho a una vida digna y a ser felices”. El 1 de mayo protestó ante el edificio Trump en Chicago en defensa de su dignidad.

Se le quiebra la voz, se llena de nostalgia y chasquea la boca cuando le preguntan por su familia.

“Son 14 años de no verlos. Antes era ir a las casetas, luego el celular y las tarjetas, pero ahora es Facebook y hasta podemos vernos, hablo con mis papás, mis hermanos, mis sobrinas, conozco a dos pero ya tengo como 10. Los quiero un chingo, los extraño, a mi papá le dio un infarto hace como dos años, casi se me iba pero aún sigue... soy fuerte, saben y me conocen que soy echado pa delante”. Luis termina su descanso de 10 minutos y cruza la calle para llegar a la cafetería donde trabaja, sin querer regresar a México pero con la incertidumbre de no saber qué será de su futuro bajo la sombra de Trump.

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