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Cuando EU escucha a América Latina

Colaboración especial
20/07/2015
02:18
Tom Long y Max Paul Friedman
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Este lunes la bandera cubana será izada en una casona de la calle 16 de Washington,  D.C.  Poco después, el secretario de Estado John Kerry viajará a La Habana para abrir la embajada estadounidense en la isla. Estos hechos representan la culminación de un notable giro en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Sin embargo, la nueva era de la relación no es un triunfo de negociadores secretos o una estrellita en el legado del presidente Barack Obama. Su administración no está respondiendo sólo a cambios demográficos en Florida, está actuando además como consecuencia de un esfuerzo latinoamericano —iniciado hace décadas y últimamente exitoso— para modificar la política de Estados Unidos.

Cuba es solo el último ejemplo de un gobierno latinoamericano que buscó limitar el uso arbitrario y unilateral del poderío económico y militar estadounidense.  Con frecuencia los legisladores norteamericanos reaccionan con enojo cuando sus políticas encuentran oposición en América Latina. Esto es desafortunado porque cuando Estados Unidos toma en cuenta las preocupaciones de sus vecinos, las políticas resultantes son usualmente más benéficas para todos.
 
La oposición latinoamericana al embargo de EU contra Cuba responde a algo más que la importancia simbólica de la Revolución Cubana. Las democracias latinoamericanas no están tratando de proteger a los Castro.  Los críticos en Estados Unidos difícilmente entienden que las políticas estadounidenses vulneran los intereses y la soberanía de América Latina. Aunque las sanciones multilaterales contra Cuba colapsaron en la década de los 70, Estados Unidos aún castigaba a los bancos, empresas y embarcaciones de otros países por medio de sanciones extraterritoriales. El resto de las naciones del continente apoyaban con elevada coordinación y unidad. La diplomacia y las instituciones interamericanas jugaron un papel clave.
 
Hace un siglo, Argentina y México guiaron a América Latina en el uso de una diplomacia coordinada, de instituciones internacionales y de leyes para deslegitimar y contener las intervenciones militares estadounidenses en la región. Durante tres décadas, la presión latinoamericana, entre otros factores, trajo como consecuencia la renuncia gradual de Estados Unidos al derecho autoproclamado de intervenir a su voluntad en el hemisferio. El logro se consagró en la Política del Buen Vecino del presidente Franklin D. Roosevelt, que abjuró de intervenir e interferir en los asuntos de países latinoamericanos. La nueva estrategia pagó grandes dividendos. Cuando Estados Unidos entró a la Segunda Guerra Mundial, lo hizo con un apoyo casi unánime de América Latina, que incluía contribuciones militares, vastos recursos primarios, territorios para bases militares y un consistente apoyo político.
 
La reconciliación cubano-estadounidense  llegó en el contexto de la Cumbre de las Américas, a la cual los líderes latinoamericanos habían amenazado con boicotear si Cuba era excluida una vez más de un organismo hemisférico. Creada como iniciativa de la administración Clinton al inicio de la década de los 90, la Cumbre se convirtió con el tiempo en un foro donde los mandatarios latinoamericanos avanzaban en agendas comunes y presionaban por cambios en las políticas de EU.  Esto recordaba casos previos: al inicio del siglo XX, Estados Unidos encabezó la creación de conferencias e instituciones panamericanas para promover sus intereses de negocios, pero las representaciones latinoamericanas usaban la tribuna para denunciar de manera coordinada las intervenciones estadounidenses. A la par que crecía el aislamiento diplomático, Estados Unidos gradualmente accedió a las demandas latinoamericanas, encabezando una de las eras más cordiales en los vínculos con América Latina.
 
Al contrario, cuando EU ha criticado los llamados de sus aliados, en el hemisferio occidental o cualquier otra parte, ha tenido un alto costo. Expertos como Robert Pape analizaron los esfuerzos de contrapeso suave de Francia, Alemania y Rusia para bloquear la invasión estadounidense a Irak en 2003, ignorar esas preocupaciones costó sangre, recursos y prestigio. De manera acertada, México se opuso a la guerra. En América Latina durante la década de los 80, EU rehuyó a los esfuerzos conjuntos de México y el Grupo Contadora para frenar la intervención extranjera en los conflictos civiles de Centroamérica. En nombre de la lucha anticomunista, EU apoyó regímenes antidemocráticos que mataron a decenas de miles en El Salvador y Guatemala, mientras alimentaban a la Contra para combatir al gobierno democrático de Nicaragua. Aquellas guerras pudieron haber terminado antes y disminuir así la brutal violencia de facciones que le siguió, EU debió haber apoyado el proceso de Contadora en lugar de reaccionar a él con hostilidad.
 
Los opositores a la reconciliación con Cuba hacen burla de la política de Obama al referirse a ella como una recompensa para la dictadura. Más ampliamente, cuando EU escucha a la oposición, los críticos difaman a la diplomacia como un “apaciguamiento”. El argumento no encaja. El apaciguamiento debería sacrificar los intereses nacionales de EU en favor de los intereses de otros países. En este caso, EU está avanzando hacia sus propios intereses (ganar beneficios directos e indirectos mientras reduce los costos de una política fallida. Las empresas y viajeros estadounidenses están felices del acercamiento con Cuba en los mismos términos que se da con el resto del mundo. Indirectamente, la nueva política hacia Cuba facilitó que la presidenta brasileña Dilma Rousseff mejorara sus vínculos con Washington) y a la vez haciendo sólida una relación crucial. Competir con China por influir en la región será más fácil ahora que la política estadounidense más impopular está retrocediendo.
 
Cuando Estados Unidos toma en cuenta a la oposición latinoamericana y limita sus impulsos unilaterales, Washington es el más beneficiado. Esto fue una realidad cuando Roosevelt finalizó las ocupaciones en el Caribe y es una realidad hoy.

Long es profesor-investigador visitante de la División de Estudios Internacionales del CIDE y Friedman es profesor de Historia en la American University

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