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El médico mexicano que apoya en Siria

Alonso Cosío pertenece a la organización Médicos Sin Fronteras; su labor en Gaziantep es dar soporte remoto a hospitales de Aleppo
Alonso Cosío es un doctor mexicano que pertenece a la organización internacional Médicos Sin Fronteras (MSF) y que brinda orientacion y apoyo remoto desde Gaziantep a los hospitales en territorio sirio (CRISTOPHER ROGEL BLANQUET)
20/03/2017
03:30
Gaziantep, Turquía
Cristopher Rogel Blanquet y Emiliano Limia
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“Si me dieran a escoger, me gustaría estar con los pacientes, soy médico. Lamentablemente no hay condiciones para hacerlo”, dice Alonso Cosío, un médico mexicano egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quien forma parte del proyecto de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Gaziantep, al sur de Turquía.

Su labor es dar soporte remoto a los hospitales de Aleppo, Siria.

De rostro sereno y actitud reservada, Alonso guarda en su mirada escenas difíciles de olvidar. Ha realizado labor humanitaria en diversas misiones: Sudán del Sur; Yemen, Siria.

Estamos en Gaziantep, la ciudad más importante del sur de Turquía, a sólo 40 minutos de la frontera con Siria, y a poco más de una hora de Aleppo, una ciudad devastada por la guerra.

Aunque aquí los edificios están de pie, las autoridades no escatiman en seguridad, los detectores y puntos de revisión son comunes para sus habitantes. Un centro comercial tiene los mismos filtros que un aeropuerto. Estar tan cerca del conflicto deja a la ciudad en vulnerabilidad total: tan sólo el 22 de agosto de 2016 un atentado suicida en una boda dejó un saldo de 51 personas muertas, entre ellos decenas de niños.

Originario de la Ciudad de México, Alonso Cosío cuenta que su interés por la ayuda humanitaria surgió mientras veía la conocida serie de televisión ER Emergencias.

En un capítulo vio cómo brindaban ayuda en África y años más tarde él llegaría hasta ese continente para salvar vidas. La ficción televisiva dejó de serlo.

 

Acercamiento con la tragedia

Su primera misión fue en Sudán del Sur, y con ella su primer acercamiento con la tragedia humana. “Vi desnutrición, malaria, heridos por los conflictos que existían en la zona”, narra Cosío.

Cuenta que una vez un niño de 7 años llegó herido. Una bala perdida le abrió el pecho. Después de darle los primeros auxilios y estabilizarlo, fue llevado a un hospital de MSF. El pequeño salvó la vida, se recuperó y volvió a jugar.

Después, en Yemen, la primera misión que realizó con su esposa, Maya —quien es enfermera quirúrgica y también forma parte de MSF—, su trabajo consistió en rehabilitar un hospital que llevaba cinco años cerrado. Fue en ese lugar, meses más tarde, en donde formó parte de un plan de emergencia para atender también a niños de una escuela que había sido bombardeada.

El rostro de Alonso se contrae. Guarda silencio, toma aire y empieza a recordar. Mientras atendían a los heridos se empezaron a escuchar los motores de los aviones. Habían regresado. “Sólo pensé: ‘Que no se les ocurra aventar bombas aquí’, porque no podíamos correr y dejar a los pacientes, ellos están primero”, afirma. Medita cada palabra antes de decirla. A pesar de que narra cosas que podrían colapsar a cualquiera, él no se derrumba. No se lo permite.

Estos escenarios son muy distintos a los que tiene ahora en Gaziantep, en donde todo su trabajo es a distancia, desde una computadora. Pero no lo hace por gusto, simplemente las condiciones de seguridad no se lo permiten. Aquí, un día de Alonso consiste en hablar con el equipo de médicos externos a MSF que opera en los hospitales de Aleppo, saber cuáles son sus necesidades y suministrarlas: gasas, jeringas, medicamentos, vacunas.

Aunque no es trabajo de campo, su labor no es menos importante: todo el día tienen reuniones para estar actualizados de la situación que se vive a pocos kilómetros de distancia.

La tarde comienza a caer, los edificios, en su mayoría de color arena, comienzan a tener un tono dorado. El viento cada vez es más fuerte y frío. Alonso ha tomado dos tazas de café mientras habla de su nostalgia por México, extraña la comida. El mole, enchiladas, chilaquiles, las gomitas con chile, son algunas de las cosas que no se encuentran en este lado del mundo.

Por eso, cada vez que regresa a su tierra no escatima paladar para saciar su antojo. “Lo primero que hago cuando llego a México es ir por unos tacos, de pastor, sudadero, de lo que sea, no importa”, comenta.

Su experiencia en la ayuda humanitaria le ha cambiado la concepción que tiene de la vida, la ve de otra forma. Está seguro de que el cambio tiene que venir de uno mismo y proyectarlo hacia los demás.

Durante su misión en esta ciudad aprovecha para estudiar en línea una maestría en Medicina de urgencias por la Universidad de Valencia, en España. El trabajar en estos proyectos le ha dado la oportunidad de conocer a todo tipo de gente, de enriquecerse con distintas culturas. Ahora, en su equipo, convive con personas de Brasil, Argelia, Armenia, España, Siria, Francia y Austria. “Se crean lazos de amistad que continúan después de la misión”, asegura. Celebraron la última víspera de año nuevo en el poblado de Kilis, ciudad fronteriza con Siria. Empanadas chinas, pollo y ensalada fueron parte del menú de esa cena.

Aún le quedan cinco meses de estancia en Medio Oriente. Acaba de renovar el contrato por dos años con MSF, pero todavía no sabe cuál será su siguiente misión, el siguiente país que visitará.

Así transcurre la vida de este médico mexicano de facciones duras, quien viaja de nación en nación. Ha dejado la comodidad de su casa para viajar a los lugares más recónditos del mundo, los más peligrosos, ahí, hasta donde nadie quiere ir, donde la muerte se respira en todo momento. A esos lugares él lleva su conocimiento y su corazón para dar esperanza de vida.

 

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