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Sao Paulo.— El ex portavoz del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, el profesor brasileño André Singer, acuñó la frase “lulismo” para definir la marca de los ocho años del antiguo obrero metalúrgico en el poder: una forma de hacer política que atrajo el apoyo de los más pobres a su partido, el PT, sin entrar en fricción con los más ricos.
En su gobierno (2003-2010) y, después, Lula ha implementado la versión latinoamericana de la misma tesis: abrazando banderas históricas de la izquierda en el continente —la integración solidaria entre los países— sin dejar descuidar los intereses de poderosos grupos económicos brasileños, inclusive los más corruptos.
Intercambios de emails y mensajes telefónicos, comunicaciones diplomáticas y notas —descubiertas por la policía federal en el Lava Jato— aportan detalles sobre la presión que ejercieron las empresas sobre Lula y cómo él aceptó defender la agenda económica de estas empresas, al mismo tiempo que recibió ventajas y beneficios personales de su parte. La evidencia sobre los beneficios a Lula llegó al corazón de uno de los proyectos centrales de su grupo político.
Oficialmente en nombre de ese proyecto, Lula hizo 150 viajes por América Latina entre 2003 y 2015, 76% durante su administración, según el instituto que lleva su nombre. La mayor compañía de infraestructura en Brasil, Odebrecht tenía un director sólo para hacer frente a las cuestiones sobre Lula: Alexandrino Alencar, con buena relación con el líder del PT. Las acciones de Odebrecht en defensa de sus intereses, cuando Lula era todavía presidente, incluían a ministros y asesores cercanos del mandatario.
Llamado “seminarista” en los correos electrónicos por su conexión con la Iglesia católica, el entonces secretario general de la presidencia brasileña, Gilberto Carvalho, recibía a través de Alexandrinho informes de Odebrecht previo a cada visita internacional de Lula o de un jefe de Estado extranjero al país. En la víspera de la inauguración de Juan Manuel Santos como presidente de Colombia, en 2010, los mensajes intercambiados entre el entonces presidente de la empresa, Marcelo Odebrecht, y otros directores tratan el tema “versión final Lula en la asunción de JMS en Colombia” y un documento que describe los proyectos la empresa en ese país.
De las 23 conferencias contratadas a Lula en América Latina, 13 fueron pagadas por empresas investigadas en el Lava Jato. Odebrecht, en el primer lugar, tiene seis contratos. Aunque negó que Lula hubiera hecho lobby en su favor, emails con detalles de la charla de Lula entre bastidores en Venezuela en 2011 muestran que su discurso era parte del servicio contratado. Un día antes de hablar en el hotel JW Marriott en Caracas sobre el “Desarrollo y los desafíos de América Latina”, Lula visitó el puerto de Mariel en Cuba. “Se espera la presencia de Raúl Castro”, dijo un ejecutivo en mensaje a los directores, sugiriendo a Marcelo llevar regalos.
Una comunicación diplomática de Itamaraty (mayo 2011) revela lo que implicaba la visita de Lula financiada por Odebrecht a Panamá: visitar obras, comer con invitados de la empresa constructora, una cena con el presidente y los ministros del país en la casa del director superintendente de Odebrecht.
El Lava Jato descubrió que Lula recibió más que un “caché” (pago) por las conferencias, también obtuvo beneficios de las empresas para las cuales actuó en el exterior. Una firma usada por Odebrecht para pagar “coimas” o sobornos, la DAG, pagó gastos por más de 129 mil dólares de una aeronave particular que usó Lula para un viaje por Cuba, República Dominicana y Estados Unidos. Cuestionado sobre la actuación del presidente, el Instituto Lula calificó de “lícita, ética y patriótica” la actuación del ex presidente para contribuir a aumentar las exportaciones brasileñas.
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