Para la libertad, sangro, lucho,
pervivo. Miguel Hernández.

Vienen persiguiendo la quimera de la libertad. La gran mayoría es muy pobre: 67 de cada 100 de los habitantes de Honduras carece de los medios necesarios para darse una vida digna y muchos (¿cuántos?) han perdido la esperanza. Han vivido así por generaciones, haciendo lo que pueden. Pero la alianza rapaz de gobiernos instalados con apoyos extranjeros y un puñado infame de empresarios, también les ha quitado la paz. En las calles predomina esa combinación que imaginó Orwell detrás del muro: pobreza y violencia extremas, en una espiral interminable.

Sin embargo, caminan en busca de la libertad, creyendo que pueden encontrarla en el lugar que dio origen a todas sus desdichas. Si se quedan, dicen, los matan o se mueren de hambre; o aún peor: si no los matan, se mueren y se quedan con sus hijos. No hay salida a sus problemas porque así está organizado el mundo. El gobierno que los rige ganó con un fraude electoral tras promover una reforma constitucional a modo para quedarse otros cuatro años y seguir ostentando, entre otros méritos, el de dirigir una de las ciudades más peligrosas y corrompidas del planeta: San Pedro Sula, donde comenzó la caravana.

Dice el presidente Trump que son una amenaza y quizás lo sean, pero no por la violencia que encuentra en ellos, sino por la conciencia que despiertan a su paso, pues todos sabemos que no tienen salida y nadie sabe a ciencia cierta cómo responderles. A los poderosos los preocupa que si pasan (¿a dónde pasarían y para qué?), vendrían muchos otros detrás. No saben qué hacer con ellos, excepto someterlos, porque desde su punto de vista la única libertad posible consiste en trabajar para quienes tienen más dinero, hacerse de créditos para esclavizarse al sistema financiero y conformarse con los gobiernos que les imponen una forma de vida inaceptable. Tu libertad, repiten como mantra, termina donde comienza la mía. Y Trump subraya: si te atreves a invadirla, te mato.

Con todo, la caravana ya logró despertar conciencias sobre los gravísimos problemas que se viven en Honduras y en Guatemala y en la mayor parte de Centroamérica, incluido México; ya representa la mayor crisis humanitaria internacional del hemisferio; ya reveló la estulticia inútil y machista del gobierno de Estados Unidos; ya mostró la morosidad y las complicidades de los organismos internacionales que no saben cómo reaccionar; ya le añadió otra estaca al gobierno mexicano —como si todavía le hiciera falta—, que ha respondido con tanta torpeza como sumisión a las instrucciones del país del norte; y ya nos hizo ver a todos, gracias a los pasos lacerantes de siete mil seres humanos entre los cuales hay dos mil quinientos niños, que el problema de fondo está en la estupidez del “modelo de desarrollo” que nos está matando.

El mensaje de la caravana es contundente: detrás de ellos seguiremos todos. ¿No se ha entendido que el crimen organizado se adueña de los pueblos porque hace negocios prósperos a partir de la desigualdad brutal? Si unos producen y distribuyen drogas es porque otros las compran; si unos producen y venden armas es porque hay dinero para pagarlas. Y en la pobreza extrema no hay alternativas: los criminales mandan y los cárteles —las maras, las pandillas o como se les llame— se convierten en un modo de vida, porque nadie tiene opciones. Por su parte, los gobiernos no hacen nada sino distribuir limosnas. La idea de la libertad individual ganada con un trabajo digno es, en esas condiciones, una broma cruel. Para millones de personas, la alternativa es venderse a un mejor postor, aunque para eso haya que dejar los pies en el camino.

Escribamos otra vez: mi libertad no termina donde comienza la tuya; mi libertad comienza donde se une a la tuya. ¿Cuándo y cómo se entenderá esto?

Investigador del CIDE

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