Hace tiempo me propuse escribir un largo ensayo sobre la vigencia de las virtudes cardinales que exigían los clásicos: la templanza, el coraje, la prudencia y la justicia. Avancé en las tres primeras constatando que, en nuestros días, no existe una sola idea en torno de las humanidades que no haya sido anticipada ya por otros en un océano de debates. Quizás tiene razón Martha Elena Venier, quien suele afirmar que después de la obra de Aristóteles todo ha sido una elaboración circular sobre los mismos temas.

No he logrado completar esa tarea porque me tropecé con la justicia: el tema más tratado de todos a lo largo de la historia. Observé que hay por lo menos diez entradas diferentes para abordarla y que cada una tiene tesis que se contradicen con las otras. Aprendí, sin embargo, que según los clásicos la justicia es imposible si faltan las otras tres virtudes: no la hay, por ejemplo, si pretende construirse sobre la base del odio o el encono, porque entonces se convierte en venganza y la venganza no es justicia; que no puede conseguirse desde la cobardía o la temeridad, porque el verdadero coraje reclama tanta valentía como sensatez; y que es imposible tenerla sin admitir las consecuencias de los actos propios y sin asumir la responsabilidad de corregirlos, cuando es preciso.

Todo esto viene a cuento porque tengo para mí que el tema más relevante del próximo sexenio será el de la justicia. La impartición de justicia en sus muy diversas acepciones debe encontrar una respuesta tangible durante los años venideros, a riesgo de que el país pierda, de plano, su viabilidad. Hace falta restaurar el Estado de Derecho que ha sido capturado por intereses de todo cuño y sometido a la violencia; es decir, impartir justicia a todas las personas, sin distingos. Hace falta que la justicia que se basa en la imparcialidad honesta de la ley se cumpla a pie juntillas, para que los derechos que están ganados formalmente se realicen de veras en la vida diaria. Y lo cierto es que el sistema que hoy tenemos hace imposible esa forma jurídica de la justicia.

Pero también es urgente que haya justicia social: que cambien las condiciones de vida de millones de personas que no eligieron nacer en la pobreza ni pidieron condenarse, por ese hecho fortuito, a padecerla para siempre. Que no se entienda la justicia solamente como un mecanismo ciego de leyes parejas para todos sino como un régimen capaz de abrir los ojos para redistribuir riqueza y dignidad, cancelar la herencia maldita de las circunstancias que someten a unos y liberan a otros por generaciones y que, a la vez, entregue oportunidades reales y esperanzas tangibles y no sólo palabras ni limosnas. Además, hay que hacer justicia a quienes la reclaman con desesperación, porque han sido sometidos por los violentos y nadie les ha ofrecido ayuda.

De todo esto tiene que ocuparse el próximo gobierno. A todos nos ha quedado claro que se ha propuesto separar el poder político del poder económico y que no se rendirá hasta conseguirlo. Todos hemos entendido que echará mano de los medios a su disposición para tratar de redistribuir los dineros del Estado entre quienes más lo necesiten. Nadie podría llamarse a engaño cuando, por el bien de todos, se privilegie siempre a los pobres.

Pero tiene que hacer más y llegar aún más lejos, porque la justicia que necesita México es mucho más compleja. Es imperativo modificar radicalmente las condiciones de injusticia a las que hemos llegado en casi todos los planos de nuestra convivencia. Las que han permitido los abusos, la corrupción y las múltiples violencias. Y para lograrlo, como pedían los clásicos, hay que hacerlo con coraje, sí, pero también con templanza y con prudencia. Que nadie imponga una sola versión de la justicia, nadie, porque las necesitamos todas y las necesitamos ya.


Investigador del CIDE

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