Esta, la que inicia hoy, podría ser la semana más importante del sexenio. La que podría marcar la forma y el contenido que el presidente López Obrador adopte para afrontar los grandes desafíos nacionales: esos que no se eligen ni se modulan para lidiar con la mala herencia del pasado e imponer la agenda propia, sino los que emergen como terremotos y determinan el futuro. En estos días asistiremos a una graduación: el líder del movimiento electoral más potente del siglo XXI mexicano se habrá convertido, por la fuerza de los hechos, en jefe del Estado.

De ese tamaño es la amenaza que ha planteado Donald Trump: si llegase a prosperar la ofensiva de los aranceles, la economía mexicana tendría que replantearse desde sus cimientos. No sólo porque las relaciones comerciales con los Estados Unidos han determinado el rumbo y el ritmo de nuestro crecimiento durante décadas, sino porque la fuente alternativa de recursos que tenía el país, el petróleo, también está en crisis. De modo que el golpe a los ingresos nacionales podría llegar a ser devastador pues, nos guste o no, hasta ahora hemos sido una economía dependiente del intercambio con nuestros vecinos. Así que, de consumarse la agresión, la muerte del modelo neoliberal de crecimiento no habría venido de la lucha interna sino de Washington. Una ironía histórica completamente inesperada.

Por lo demás, al señor Trump le tiene sin cuidado. Lo que quiere es recuperar su base electoral conservadora: la que odia a los migrantes. Y se ha propuesto convertir a México en un muro para detener ese flujo infinito de seres humanos que vienen huyendo de la miseria y la violencia, creyendo que en los Estados Unidos encontrarán al menos una oportunidad. No le preocupan las razones de la migración ni tampoco que ésta se haya convertido ya en un fenómeno internacional, de origen centroamericano e incluso asiático, en el que México no tiene más culpa que la de vivir en los terrenos aledaños. La cosa es que esas personas que huyen de sus realidades ominosas han de pasar por México y, en opinión de Trump, hasta aquí deben llegar.

El desafío que enfrenta el presidente López Obrador tiene, así, varias aristas: es a todas luces económico, pero también es internacional y humanitario y, por supuesto, de política interior. Lo que suceda a lo largo de estos días no sólo afectará la economía por horas sino la posición de México ante el resto del mundo y, desde luego, su destino propio. Si el señor Trump se obstinara en declarar la guerra comercial a pesar de las razones esgrimidas por nuestro canciller Ebrard para evitar la magnitud del despropósito, todo el peso de las consecuencias recaería en las decisiones del presidente López Obrador. Y éste, a su vez, no podría convertirse en soldado migratorio del megalómano estadunidense sin ofender la tradición humanitaria de los mexicanos, sin asumir un conflicto mayor con los países expulsores y sin traicionar su trayectoria política completa.

No ha existido, en mucho tiempo, una situación tan grave para México. Y por eso, quizás también pueda ser una oportunidad para mirar al horizonte y abandonar, al menos en lo fundamental, la polarización absurda y la dinámica de insultos ideologizados en la que hemos venido resbalando todos. Si Donald Trump encuentra a México más frágil y más roto, más fácil le resultará agredirlo.

Mientras el presidente López Obrador mantenga la talla que ha tenido desde que se inició el conflicto, el gobierno gringo (nunca mejor dicho) debe comprender que el nuestro contará con todo el respaldo necesario para defender a México. En esta batalla vamos todos y quienes amamos de veras al país, queremos asistir a la mejor graduación posible de López Obrador como el hombre de Estado que supo actuar con tanta estatura como eficacia y dignidad. Que así sea.

Investigador del CIDE

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