¿Treinta millones de votos son muchos? Sí. ¿53 por ciento de la votación es avasallante? Sí. ¿Alcanza para callar las voces críticas al nuevo régimen? No. Y es que si bien la ciudadanía se pronunció por un cambio radical en la forma en que se han venido haciendo las cosas en los últimos años en la administración pública, no significa que se haya librado un cheque en blanco al nuevo gobierno. Quedó más que demostrado que el voto popular premia y castiga. Pone y quita. Y de eso trata, precisamente, la democracia. Por vez primera tendremos un gobierno de izquierda en nuestro país. Hay que desearle éxito y contribuir en lo que nos corresponda para que así sea. Pero pensar que porque ganaron como ganaron ya nadie tiene derecho a disentir y expresarlo como nos venga en gana, es un despropósito. Vemos expresiones grotescas de apoyo a la llamada “cuarta transformación” (que aún no ocurre) en discursos, porras en el Congreso y no se diga en redes sociales. “Es un honor estar con Obrador”, corean los diputados de Morena y sus aliados. Qué padre. Así lo sienten. ¿Pero han caído en cuenta de que se trata de un poder distinto al Ejecutivo? ¿Saben que eso fue, precisamente, lo que criticaron durante tantos años con vehemencia? Es la hegemonía del partido en el poder. Ya llegamos, aquí estamos y aquí decidimos. Faltaba más. Hace falta un poco más de humildad, generosidad y sensatez. Porque, además, están rodeados de una bola de impresentables del régimen que tanto repudiaron y vencieron. Seguimos en la luna de miel y en la borrachera democrática (Alain Minc dixit). Llámenle como quieran. Pero cualquier ocurrencia, designación, mensaje, desplante o imagen del presidente electo es bienvenido, aplaudido y exaltado. Ah, pero si osamos cuestionar, señalar, criticar o denunciar algo nos convertimos, ipso facto, en enemigos de la patria, en malos perdedores y un sinfín de calificativos. Estamos frente a un triunfo histórico e inobjetable que no implica que las llaves de la república hayan sido entregadas a un solo hombre. Preocupa también que la oposición se haya diluido. El PRI deambula con su menguada representación en la nueva legislatura. Los miles de mensajes del Presidente Peña Nieto en radio y televisión, lejos de ayudar a revertir su mala imagen, agudizan el hartazgo. El PRD es un partido en extinción. El PVEM se ha convertido en un auténtico casino y Movimiento Ciudadano exhibe su burda conveniencia. Por cuanto hace al PAN, hay que decir que se trata del único partido que puede convertirse en un contrapeso del nuevo régimen. Es la segunda fuerza en el Congreso y gobierna en once estados y varias e importantes ciudades de la república mexicana. Además, su ideología, principios, valores e historia provocan empatía con buena parte de la sociedad. Claro que el PAN puede erigirse en una alternativa refrescante en la escena política del país. Hace falta, empero, reconciliación, unidad, democracia interna, orden y generosidad. Espero que el relevo en la dirigencia nacional tenga claro todo esto y actúe en consecuencia. La ausencia de contrapesos y el poder absoluto en manos de un solo hombre no nos conviene. No es sano. De ahí venimos. Y no queremos regresar.

Profesor y abogado

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