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Acapulco: mar, sol y extorsión

Debido al clima de inseguridad, la renta de locales en la Costera se ha desplomado; ahora abundan los anuncios de alquiler y traspaso
Rentar un local sobre la Costera cuesta igual que en los tiempos de paz. Por uno chico, 10 mil pesos; por el mediano, 20 mil y por el grande 30 mil (Fotos: SALVADOR CISNEROS)
24/07/2017
03:20
Arturo de Dios Palma
ACAPULCO
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Son alrededor de las 3 de la mañana del 18 de febrero de 2017 en la plaza comercial Las Pérgolas, en la avenida Escénica de Acapulco. Una mujer entra al bar de música banda La Bartola con una caja de regalo, de inmediato se dirige al baño de mujeres y deja su contenido: unas manos cercenadas.

La Bartola fue el último comercio que resistió las amenazas del crimen organizado. Desde hace cinco meses el hostigamiento fue creciendo: un mes antes quemaron un carro en el estacionamiento; antes habían balaceado a dos hombres cuando salían de la plaza. Después de eso los cierres se vinieron en cascada.

Ahora en la plaza hay dos trabajadores que limpian los locales que están llenos de escombros y basura. Uno de ellos cuenta que el dueño busca reactivarla, pero con otro tipo de negocios: ya no más bares ni discotecas, y ahora quiere llenarlos de farmacias y gimnasios. Giros que signifiquen menos riesgos.

Los más de 30 negocios se fueron cerrando por la presión del crimen. El empleado cuenta que les pedían de extorsión hasta el costo de una mensualidad de renta; es decir, entre 7 mil y 16 mil pesos. Nadie lo soportó.

Sobre la costera, la cosa no es muy distinta. Por ejemplo, ya no está la discoteca Alebrije, que en 2013 apagó las luces. Ni el restaurante El Olvido, ni Pretra, ni la cadena California, ni Disco Beach, ni One Dólar. Tampoco está el Coyuca 2000, El Colonial, Acapulco mi amor, Primos.

En Acapulco ya cerró el Shotover jet, el Mágico mundo marino, la plaza de toros que algún día vio al rejoneador español Pablo Hermoso de Mendoza. La noches de cabaret se terminaron; no hay más show de esquí. Cerró el Jai Alai.

Falta clientela; cierran negocios

En la Costera Miguel Alemán, muchos locales están cerrados en espera de ser rentados. Y lo peor es que la plusvalía de esta zona se ha venido en caída. En el pasado, la Costera contaba con una amplia oferta restaurantera y de comercios muy variada y para todos los bolsillos. Varios restaurantes se llegaron a hacer populares entre los turistas que colmaban esa vialidad a toda hora. Un escenario común era ver restaurantes llenos a mediodía o con buen aforo en las temporadas vacacionales. Ahora la oferta ha disminuido notablemente. Los puestos de garnachas, quesadillas, tacos, puntos de venta de cerveza están ganando terreno.

Muchos bares o discotecas se han convertido en neverías, tiendas de abarrotes o incluso en salones de fiestas. Los locales que no han sufrido esta transformación están con letreros de “Se renta”, “Se traspasa” o abandonados, y son pocos los que se han mantenido ante el acoso de la delincuencia organizada.

Esto ha obligado a restaurantes a bajar sus precios. Por ejemplo, en un establecimiento de la Condesa, un zona de bares y discotecas, se puede comer un jueves pozole con botanas incluidas por 85 pesos. O desayunar por 60 pesos. Ahora comer sobre algunos puntos de la Costera cuesta igual que en algún mercado.

Pero aun así, muchos turistas prefieren comprar cervezas y comida rápida o de los ambulantes antes que meterse a un restaurante.

Los empresarios reconocen que la presencia de vendedores de comida sobre las baquetas de la Costera reduce el valor de sentarse en una mesa de un restaurante, pero prefieren llamar esa presencia competencia desleal, por la diferencia de precios. Rentar un local sobre la Costera cuesta igual que en los tiempos de paz. Por uno chico 10 mil pesos; por el mediano 20 mil y por el grande 30 mil. La diferencia es que hoy los dueños prefieren dar facilidades antes de tenerlos vacíos: la cobran en dos o tres pagos.

Guido Rentería Rojas, administrador de un negocio familiar dedicado a paseos en bote por la bahía de Acapulco, explica que el cierre de muchos de estos negocios, se debe a dos razones: la violencia que ha reducido la presencia de visitantes y que los turistas que llegan a Acapulco no están dispuestos a gastar tanto.

“En Acapulco hay unas 20 mil habitaciones de hotel, que cuando mejor nos va están al 80%, pero ese 80% no se ve reflejado en las mesas de los restaurantes”.

Los cierres de los negocios, dice el empresario, han provocado una metamorfosis en la Costera: se ha comenzado a llenar de taquerías, farmacias, Oxxos… y muchos militares.

“Los Oxxos le están partiendo la madre a los grandes súpers y las tienditas, porque son un híbrido, yo he dicho que el gran ganador en la costera es FEMSA”, dice y sus palabras tienen sentido: en esa avenida hay 35 tiendas de la empresa.

El 92% de los turistas que llegan a Acapulco provienen de la Ciudad de México y el centro del país, y el resto es extranjero, según el presidente de la Asociación de Hoteles y Empresas Turísticas de Acapulco (AHETA), Jorge Laurel González.

El turismo de gran poder adquisitivo que llegaba al puerto consistía principalmente en dos sectores: los que pasaban unos días en cruceros y los spring breakers.

Años atrás arribaban hasta 180 cruceros por año, ahora sólo 38, mientras que las playas eran invadidas por unos 12 mil spring breakers, en la última temporada apenas llegaron 800.

La violencia

Hoy Acapulco es la ciudad más violenta del país. En este puerto se mata un día sí y el otro también. En 2016 ocurrieron 918 asesinatos violentos y en lo que va de 2017 la cifra ya superó los 500 homicidios, según recuentos periodísticos. Nada parece detener la violencia. Los hechos violentos nos asaltan todos los días: el pasado 6 de julio en el penal de Las Cruces 28 reos fueron asesinados, hasta ahora no se conocen bien los motivos de la masacre. Este es uno de los últimos episodios de terror.

La guerra por el control del puerto comenzó abiertamente en 2006 con otra escena de terror. Desde entonces las balaceras, los asesinatos, los decapitados, las desapariciones forzadas y las extorsiones no dan tregua. Toda esta violencia ha golpeado la imagen del puerto y al comercio.

Guido Rentería, dueño de una empresa que ofrece paseos en bote por la bahía, cuenta que el negocio lo fundaron sus padres mientras que a él le tocó remar contra corriente: le tocaron los tiempos de muerte y descomposición. Ahora trabaja para estabilizar las finanzas del negocio y poder salir al día.

Rentería ubica la caída del turismo en el comienzo de la disputa entre los grupos delictivos y le pone números: antes de 2006 tener al 100% su negocios representaba subir hasta 600 personas en sus barcos, ahora lo más que logra son 150.
 

 
 

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