Vivir sin agua en el desierto de Juárez

Casi ciego, Javier Guijón habita a 35 km de la ciudad; ha estado hasta una semana sin el líquido
Javier tiene tres tambos: dos pequeños sin tapa y uno grande cubierto con una bolsa. Uno de los chicos es para almacenar el agua para las plantas; el otro, para los perros y el baño, y en el grande guarda el agua de beber (LUIS FIERRO. EL UNIVERSAL)
19/06/2017
04:30
Luis Fierro / Corresponsal
Ciudad Juárez
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Son las 11 de la mañana, es junio y aquí, en el desierto, la temperatura supera los 40 grados. Algunos días llega hasta los 45, no hay nubes y el escaso viento, lejos de mitigar el calor, más bien se asemeja a una ola caliente que quema el rostro y todo lo que toca.

Aquí, en esta tierra, hay que aprender a vivir con sol, pero sin agua. Eso lo sabe Javier —51 años—, quien cuida como a un tesoro la que conserva en unos tambos, pues sabe que si la desperdicia puede tardarse hasta siete días para conseguir más.

Javier Guijón vive solo en un apartado caserío disperso a unos 35 kilómetros de Juárez, no tiene vecinos cerca y sus cuatro perros son su única compañía. Quedó ciego desde hace más de 20 años, pero debido a un tratamiento que llevó cinco años después recuperó 25% de la vista. Esa poca luz le permite distinguir figuras, pero sus ojos no alcanzan a ver nada más.

Tres tambos. “No tengo agua. Una vez a la semana viene una pipa desde Juárez y me llena los tanques, si no viene empiezan los problemas. Siempre guardo suficiente para tomar, pero me quedo sin bañarme, y sin regar mis plantas”.

Su casa es un cuarto hecho con madera que al mediodía se convierte en un auténtico horno, ya que Javier tampoco tiene electricidad y no puede disponer de un ventilador para hacer más llevaderos los días en esta región, una de las más calientes del país.

Afuera del cuartucho hay tres tambos: dos pequeños que no tienen tapa y uno grande cubierto con una bolsa. Uno de los chicos es para almacenar el agua para las plantas, que son como parte de la familia de Javier. El otro es para los perros y el baño, una fosa séptica entre cuatro pedazos de madera y unos retazos de tela.

Enseguida está el tambo azul, el grande, cubierto con una bolsa y una tapa de madera. Ahí se almacena el agua para tomar, por eso no deja que le dé el aire. “No le pongo cloro ni nada, así me la tomo, dicen los de la pipa que es potable”, explica.

Javier no sólo es casi ciego, también discapacitado. Hace ocho años lo atropelló un camión y le dejó lesiones en una pierna y la columna; además perdió los dedos del pie derecho, por lo que usa una muleta para caminar.

Inmune. En el desierto no hay más que arena, mezquites, rodadoras, y el único animal que se deja ver son las víboras de cascabel. Por eso, la dieta diaria de Javier consiste sólo en arroz y frijoles. “Es lo único que tengo, me lo regalan en una iglesia que está aquí”, dice mientras señala con su mano como si fuera un lugar cercano, cuando está a unos cinco kilómetros, los mismos que camina con su muleta. Recuerda que tuvo una estufa, pero como se la robaron con todo y tanque de gas, ahora cocina en un hoyo en el suelo, y usa pedazos de madera que recolecta.

“No como mucho, a veces me sobra frijol, lo voy juntando y me voy a buscar a alguna señora y se lo cambio por un pedazo de pollo o carne, lo bueno es que el frijol anda muy caro, como en 20 el kilo, y entonces así sí me lo cambian y ya variamos poquito a la comida”.

Con el paso de los años Javier se volvió inmune a las altas temperaturas, dice que nunca se ha deshidratado ni sentido un golpe de calor. Su cuerpo se acostumbró a vivir con poca agua, soportando los rayos del sol.

“Por aquí ha llegado gente a vivir, pero se van muy pronto, no aguantan los que tienen niños, como no hay luz no pueden poner un aire [acondicionado] y mejor se van, nomás yo he aguantado aquí. Pero como no tengo a dónde irme por eso aquí le sigo”.

Javier lamenta que no haya oportunidades para gente invidente, dice que no quiere que le den nada, sólo oportunidad de trabajar. “Antes de quedarme ciego aprendí muchas cosas, pero así como estoy nadie quiere contratarme, ojalá y alguien quisiera echarme la mano”, finaliza mientras juega con La Chata, su inseparable guardiana a la que rescató de las calles.

 

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