Dosis de fe. Nogales, un oasis para deportados

Indocumentados que ingresan por la garita Denis DeConcinni, en Sonora, llegan con aire de derrota. Pasan sus días en albergues en lo que descifran su regreso a casa
En los comedores que existen en la entidad se da atención por igual a migrantes mexicanos como a población centroamericana que fueron deportados o van de paso en su intento por cruzar rumbo a Estados Unidos. (AMALIA ESCOBAR)
28/02/2017
03:50
Amalia Escobar / Corresponsal
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Vencidos, humillados y con la moral por los suelos; así regresan los mexicanos deportados a los centros de ayuda humanitaria, el comedor Iniciativa Kino para la Frontera y el albergue San Juan Bosco. Ahí les proveen de alimentos, ropa y techo para subsistir mientras buscan cómo regresar a casa.

Algunos cargan más que sueños rotos: llegan golpeados por agentes de migración de Estados Unidos o lastimados al accidentarse en el desierto durante el trasiego hacia aquel país.

Con gran clemencia curan sus heridas, les proveen de medicinas, muletas y hasta sillas de ruedas para que puedan valerse por sí mismos. Están en su casa, les dicen.

Durante un día, EL UNIVERSAL siguió el mismo recorrido que realizan los migrantes al ser deportados: desde su ingreso por la garita Denis DeConcinni, al comedor, a las instalaciones del Grupo Beta y hasta al albergue, donde se resguardan del frío y del crimen.

A cualquier hora del día llegan camiones que transportan de 10, 20 y hasta 30 personas. Las entregan al Instituto Nacional de Migración (INM), que las traslada al comedor Iniciativa Kino para la Frontera; donde el primer alimento es una dosis de fe.

¿Dónde está Dios?

“Vamos a bajar al corazón por unos segundos para encontrarnos con nuestro Padre, un Dios bueno, misericordioso, que nos ama, nos busca, nos procura, nos da el sol, el aire que respiramos, la luz, la familia, la gente que nos quiere”, les dice la hermana Claudia en un acto de devolver la esperanza a decenas de migrantes, unos de ida y otros de regreso de Estados Unidos.

El comedor es el primer lugar que pisan las personas deportadas del vecino país; es asistido por la Iglesia católica de México y de la Unión Americana, desde 2008. Aquí se apoya a migrantes de diferentes nacionalidades, entre ellos mexicanos, hondureños y haitianos. Un ambiente de tristeza reina el lugar. Apenas se escuchan balbuceos.

Con un semblante sereno y el cabello blanco, la madre Claudia busca darles aliento. “¿Qué quiere Dios?”, pregunta, “que le platiquemos nuestros sueños, deseos, tristezas, y alegrías. Nunca estamos solos, Padre Dios siempre está con nosotros, en donde anden ustedes: en la montaña, el desierto, la playa, en su casa, en donde anden... Dios está con ustedes, los acompaña siempre.

“Y ahorita le vamos a dar gracias, con todo el corazón, y vamos a poner en sus manos nuestras vidas; y como hijos cariñosos te decimos Padre Nuestro…”.

Empieza la oración; mientras, los comensales ponen sus palmas hacia el cielo y bajan la cabeza. Luego se eleva una oración a la María. Invocan a la Santísima Trinidad para terminar de bendecir los alimentos, al tiempo que se santiguan y les sirven macarrón, ensalada, pavo y agua de sabor.

Después curan a los heridos y les entregan ropa, zapatos y cobijas. Les recomiendan no acercarse al muro, no andar solos y les ofrecen apoyo de la Fundación Santo Toribio Romo de Estados Unidos para que cobren cheques de deportación que les entrega Estados Unidos, cuando tienen dinero producto del trabajo en los penales, cuando están sujetos a proceso o tienen un acumulado en impuestos.

La madre María Engracia Robles lamenta la situación de las personas deportadas. Son miles, llegan a Nogales sin conocer la ciudad y con mucha necesidad. Requieren muchas cosas, desde alimentos hasta chamarras, pantalones y mochilas.

Cada día ocurren al menos unas 60 deportaciones, pero el sábado aumentan hasta 120, comenta.

El gobierno debe facilitarles el acta de nacimiento y credencial del INE, ya que por falta de identidad no pueden encontrar trabajo.

“Si alguien quiere apoyar, puede aportar lo que nos están solicitando que es una carretilla, martillo, cuchara de albañil, pala y cinta para medir. Lo pueden traer aquí al comedor ubicado en el bulevar Colosio, antes de llegar a la garita Mariposa”, pide.

En las historias de deportaciones recientes que considera más “estrujantes” está la de René Virgen Valerio, originario de Tecate, Baja California, y quien desde los 10 años fue llevado por su familia a la Unión Americana.

Se enlistó en la Marina de Estados Unidos y combatió en la guerra de Afganistán e Irak; no obstante, el 11 de febrero fue deportado y ahora está en México sin su familia y sus tres hijos.

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San Juan Bosco: 35 años de ayuda

Hace 35 años, una indígena oaxaqueña que abrazaba a su hija con temperaturas bajo cero conmovió al matrimonio formado por Francisco Loureiro Herrera y Gilda Irene Esquer Félix, y la invitaron a dormir en su casa.

La mujer les contó que su esposo y otras personas estaban en la plaza Miguel Hidalgo, a dos cuadras del Palacio Municipal; al acudir, vieron que había más de 60 personas, luego éstos les contaron que en la estación del ferrocarril había otras y fueron por ellas. En total sumaron más de 300 migrantes que se encontraban a la intemperie.

Loureiro se comunicó con sus 17 hermanos: unos residentes en Estados Unidos, y otros en Nogales, Sonora. Aceptaron colaborar para esta noble causa. Ese día los llevó a una de sus propiedades que había sido un taller de zapatos, luego un asilo de ancianos. El edificio estaba solo y vandalizado.

La familia llevó ollas de comida, cobijas y ropa; los migrantes apoyaron en tapar las ventanas del edificio con cobijas y cooperaron para elaborar camas con herrería, las cuales han sido remanso para más de un millón de personas albergadas a la fecha.

En la actualidad el albergue San Juan Bosco es una institución de asistencia privada. Hace unos días recibió de la gobernadora de Sonora, Claudia Pavlovich, un millón 200 mil pesos para atender a las personas en tránsito y deportadas de Estados Unidos.

“Es la primera vez que el gobierno apoya a San Juan Bosco; nunca hemos pedido nada, tenemos reservas para dar 500 alimentos diarios durante seis meses”, dice Loureiro.

Al momento tiene capacidad para alojar a 350 personas, pero se encuentra en proyecto de expansión para un total de 600 por noche, en caso de que la política migratoria del presidente de Estados Unidos aplique deportaciones masivas. Ha pasado el tiempo y la familia también ha crecido. Todos colaboran, son voluntarios. Los profesionistas, entre ellos abogados, médicos y otros, realizan servicio social, desde la elaboración de alimentos hasta asesorías y curaciones.

“Para mí, los migrantes son héroes anónimos, los atiendo tal y como se merecen: lo mejor. Un trato digno, alimentos dignos y estamos trabajado con el gobierno del estado con una propuesta de empleos dignos”.

Este año los connacionales mandaron remesas al país por 27 mil millones de dólares, cantidad que casi supera la venta de petróleo, la industria hotelera, de exportaciones, turismo.

“Los admiro porque yo no dejaría a mi familia para irme a vivir a otra parte donde sé que me van a tratar mal, que habrá discriminación, por eso los atiendo lo mejor que puedo”, destaca Loureiro.

En el 2016 San Juan Bosco atendió a 34 mil 201 migrantes y les otorgó 102 mil 603 comidas.

 

Un día común

La noche del sábado 18 de febrero, un día común en el San Juan Bosco, poco a poco van llegando migrantes, en su mayoría deportados.

El Grupo Beta del Instituto Nacional de Migración los traslada desde sus instalaciones próximas a la garita fronteriza Mariposa a bordo de unas camionetas color anaranjado. Es una noche de lluvia, con temperaturas cercanas a cero grados centígrados.

Bajan del vehículo encogidos y con pocas pertenencias; entran a la capilla donde hay imágenes de San Juan Bosco, la Virgen de Guadalupe y un Jesucristo clavado en la cruz.

Llegan alrededor de 60; todos varones. Sus rostros denotan incertidumbre, tristeza, preocupación y derrota. Se observan miradas al suelo y al cielo, buscando respuestas.

En la capilla Francisco Loureiro platica con ellos, se pone a su disposición y les da paso al comedor.

Su esposa Gilda y otros voluntarios les sirven calabacitas colombianas, arroz, frijoles, pan y café. Luego se van a dormir.

Para ellos, al amanecer nace un nuevo día sin esperanzas: no tienen documentos para trabajar, los recoge una camioneta del grupo Beta, los lleva al comedor, de ahí a las oficinas del Grupo Beta del INM y otra vez a dormir al albergue. Así transcurre la vida de los deportados en esta frontera, entre Sonora y Arizona.

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