Desde muy pequeña, Faustina Poot Cruz aprendió de sus abuelos el arte de danzar en honor de la Santísima Cruz en una de las comunidades mayas que integran Felipe Carrillo Puerto, municipio localizado en la zona sur de Quintana Roo.

Hace más de 45 años, sus infantiles ojos seguían los pasos de las mujeres ataviadas en hipil, con bordados de colores que simbolizaban los cuatro puntos cardinales; sus pies se alzaban levemente y tocaban el suelo al son del violín, la tarola y el bombo, tocados por hombres de cierto rango en la comunidad, quienes ejecutaban piezas musicales durante las ceremonias, rituales y fiestas patronales denominadas “vaquerías”, cercanas a X-Hazil Sur, su comunidad.

Sus abuelos –portadores de las tradiciones, que de forma oral van heredando a las nuevas generaciones- le enseñaron que esa música maya, acompañada de la danza y en ocasiones de cantos, se llamaba en su lengua nativa “Mayapax” y se ofrendaba a la Santísima Cruz, que –dice la tradición- salvó a los mayas de la extinción durante la Guerra de Castas (1847-1901).

“Desde que yo era niña iba con mis abuelos a las fiestas tradicionales de las comunidades aledañas a mi pueblo, se festeja la Santa Cruz y desde ahí, desde chiquita empecé a bailar, a ver cómo bailaban mis abuelos, mi papá, mi mamá –que fue vaquera; y desde ahí empezó todo esto y entonces ya seguimos en las fiestas tradicionales de los pueblos y viendo que, pues… como que se va perdiendo, ¿no? y yo no quiero que eso se pierda, que se siga preservando”, narra Faustina en entrevista con EL UNIVERSAL.

Ella fue formando grupos con hombres y mujeres, con infantes –entre hijos y luego con nietos- para mantener esta expresión que simboliza un momento bélico, político, religioso y cultural de los mayas, que se ha mantenido durante 150 años y que la noche del lunes pasado –en el Museo Maya de Cancún- fue decretada como “Patrimonio Cultural Inmaterial” de Quintana Roo, elemento de su identidad y riqueza.

Faustina coordina desde hace 12 años el grupo Zazil-Ha o Zacil-Ja’, como lo escribe de su puño y letra sobre una libreta. Está integrado por 26 niñas y niños de distintas edades, también por mujeres y hombres de la comunidad.

Explica que el nacimiento del Mayapax data de la Guerra Social o Guerra de Castas, cuando la Santa Cruz se apareció a los mayas guerreros o macehuales en algún punto –que no especifica- de Felipe Carrillo Puerto.

La Cruz fue usada como estandarte, como símbolo unificador que los mayas creían les ayudaría a derrotar a los “dzules” o criollos, que disputaban el territorio a los indígenas. En ese contexto, la música era una plegaria, una ofrenda para pedir protección.

“Ahí se peleaba, pienso que decía mi abuelo, para tener un lugar en donde vivir y así estar bien, eso se peleaba, para quedar bien en un lugar seguro (…) decía mi abuelito que se andaban escondiendo como en cavernas, pasaban tiempo allá, no podían salir, los que se arriesgaban los mataban”, narra.

En la noche calurosa, Faustina y su grupo ofrecen una demostración de varias piezas musicales que bailan durante las “vaquerías” o fiestas patronales, musicalizadas por Filiberto Chi May, de 38 años; Bonifacio Cauich May, de 32; y Nicolás Muñoz Rivas, de 61, quienes llevan más de una década ejecutando el Mayapax.

“Las vaquerías son para nosotros una alborada. Una noche de vaquería para cuidar el árbol sagrado de los mayas, que es el Yaxché. Para eso se dice, la noche de vaquería, noche de alborada, porque toda esa noche se danza para cuidar el árbol y a las seis de la mañana es cuando acompañe con la música, las vaqueras, para sembrarlo”, explica.

A pregunta expresa, responde que las mujeres tienen prácticamente prohibido tocar el Mayapax, práctica masculina por costumbre, derivado de la antigua creencia de que “las mujeres atraen un viento fuerte, por eso no pueden tocar”.

Filiberto es originario de Holpechén, que se ubica en Campeche, en la frontera con Yucatán y que en maya significa “lugar de los cinco pozos”, porque la población fundadora de esa ciudad se abastecía de agua de un quinteto de cavernas o fosas, cuya profundidad llegaba a los cuatro metros.

Ellos tocan el Mayapax para “que no se olvide” la música de los antiguos mayas; Bonifacio dice que no es fácil tocar la música maya, que hay que prestar atención en el violín, que es el instrumento que va marcándoles el ritmo para sonar la tarola y el bombo.

Antiguamente estos instrumentos eran elaborados con maderas de la región, huesos de animales y cordones de plantas; pero ahora son comprados.

Para Faustina es importante que el gobierno haya echo eco de un anhelo de las comunidades, al enaltecer el Mayapax como un baluarte cultural de Quintana Roo, que se difunda y se preserve. “Es lo que queremos, que se nos tome en cuenta”, dice.

spb

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