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Lo que hoy es un cementerio de manglares, selva y animales silvestres, cuyos cadáveres desprenden el aroma fétido propio de la muerte, forma parte de la última zona desarrollable del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) en Cancún, luego de haber creado este destino turístico hace 44 años.
Caminar por la rambla central de casi un kilómetro, que lleva de la avenida Bonampak hasta el fondo del Malecón Tajamar, frente a los mil 053 metros lineales cercanos a la Laguna Nichupté, es diametralmente distinto a lo que fue antes de la madrugada del 16 de enero pasado.
La escena de personas que acudían al lugar para hacer yoga, correr, caminar, andar en bicicleta, patinar o sentarse, teniendo por paisaje la laguna, cambió en dos días.
La imagen ahora es la de activistas, lastimados por el ecocidio, que montan guardia las 24 horas del día.
La exuberante y espesa vegetación que formaba parte del panorama, desapareció bajo el embate de maquinaria contratada por el Fonatur, ante el azoro de las 15 o 20 personas que nada pudieron hacer porque el gobierno municipal envió a la fuerza pública a montar un cerco con vallas y antimotines que les cerraron el paso.
Ahí se extinguió una amplia gama de aves, crustáceos, peces, cocodrilos, ardillas, iguanas. Sólo quedaron los buitres, sobrevolando o comiendo entre los restos vegetales.
Al amparo de la oscuridad, la madrugada del sábado 16 de enero, un centenar de camiones de material, retroexcavadoras y maquinaria pesada, entró para desmontar 22 hectáreas de 78.4, de manglares, selva y sabana, sepultando vivos a los animales que habitaban en el lugar.
En dos días acabaron con la vegetación y los humedales, que fueron talados, pero no rellenados. Por eso la gente tiene esperanza de que se cancelen los permisos y los proyectos planeados ahí —cinco mil 096 unidades de alojamiento, dos mil 607 residencias, plazas comerciales, un hotel y una basílica— y de que el predio sea rescatado, reforestado y expropiada la tierra a favor de la nación.
Roberto Iglesias, investigador de la UNAM y autoridad internacional en materia de arrecifes, dice que el manglar de Tajamar estaba “destinado a morir” al estar inmerso en la zona urbana y por la forma en que se urbanizó el polígono, tapando los flujos de agua.
“El modelo de crecimiento aquí ha sido ese: Acabar con todo para hacer hoteles y un desarrollo mal entendido. Si ese es el modelo… asumamos las consecuencias. Pero esto es peor de lo que parece, porque ni siquiera veo interés de construir ahí. No hay dinero.
“Sólo fue destruir porque se les vencía el permiso, lo que es aún más mezquino. En 10 años lo veo como un lote baldío, un sitio destrozado. No tiene ni pies ni cabeza. En 10 años será un monumento a la estupidez humana”, concluye el científico.
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