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Familiares de los otros desaparecidos tienen un muro con en la iglesia de Huitzuco, en el que están las fotos de sus parientes; los que ya fueron encontrados son marcados con una mariposa (SALVADOR CISNEROS. EL UNIVERSAL)

Guerrerenses hallan en un año 106 cuerpos

18/11/2015
04:00
Vania Pigeonutt / corresponsal
Huitzuco de los Figueroa
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Grupo de 500 familias busca en fosas clandestinas desde 2014. Fueron asesinados entre 2010 y 2015; 11 ya han sido identificados

Un diente, un fémur o un cráneo; la ropa rasgada manchada de sangre, cualquier parte de humano o alguna pertenencia que les lleve a reconciliarse con la ausencia, a cerrar un ciclo e iniciar otro, son la esperanza que mantiene unidas a casi 500 familias desde hace poco más de un año en Iguala.

Su búsqueda ha germinado. Hasta hoy 11 cuerpos de 106 hallados en unas 60 fosas clandestinas tienen identidad, en ocho casos las familias se reencontraron con su ser querido, pues ya fueron entregados; seguirá doliendo la ausencia, pero ya cuentan con certezas y espacios a dónde puedan ir a rendir homenaje.

El 8 de octubre de 2014, Mayra Vergara desafió con su hermana a las autoridades. En la plaza principal de Iguala reclamaron: “¿Acaso sólo hay justicia para desapariciones masivas?” Fue el inicio. Ambas portan la playera que dice: “¡Te buscaré hasta encontrarte!”, se refieren a Tomás, su hermano ausente desde 2012 y cuyo rostro se  les revela cada que encuentran un cuerpo.

La gente en Iguala vive con miedo al narco, a las amenazas y al gobierno que con frecuencia les parece lo mismo. Les impide alzar la voz. Pero Los otros desaparecidos, como les nombró Mayra en 2014, se despojaron de ese sentimiento y van por los cerros intentando que de la tierra aparezcan Tomás, Alejandro, María, Luis.

“Porque cada pedazo, por mínimo que sea, cada hueso, por horrible que parezca, puede ser de mi hermano, de alguien más. Hemos vivido en el cerro durante este tiempo, encontrando 106 cuerpos en fosas. Nos han querido suspender las búsquedas, pero seguiremos hasta encontrarlos”. No hay tregua. Esas palabras salen de Mayra, cuya familia vio una esperanza a raíz de la desaparición forzada de 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Lugar de espinas. Huitzuco es el municipio que vio nacer al ex gobernador Rubén Figueroa Alcocer, un hombre acusado de mandar matar a campesinos en el vado de Aguas Blancas, Coyuca de Benítez. No se siente más seguro que Iguala. Es lunes, hace calor. El periódico La Tarde, que traen a vocear desde este municipio, cuna de la Bandera, advierte que hay violencia: desde agosto han ocurrido al menos 12 asesinatos.

La publicación contiene fotos escatológicas que ven, luego de pagar 10 pesos, taxistas, vendedores de productos típicos como el chocolate, hasta niños que caminan por el mercado de este municipio que significa: lugar de espinas en náhuatl; 12 muertos podrían significar nada, pero para un pueblo que era tranquilo les anuncia el fin de la paz.

Aquí viven los Vergara, quienes, apoyados por la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (UPOEG), desafiaron su propio destino, que significaba callar y buscar en silencio, con la frialdad de las instituciones.

 Para ellos, junto a otras 400 familias, la tragedia de 43 padres es la suya y han gritado de cientos de formas que son importantes y que es igual de relevante la vida de un estudiante, como la de un taxista, una ama de casa o un intendente. En un año han logrado hablar con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), visibilizando que Iguala “es un cementerio clandestino”.

 Mayra, una mujer de semblante entristecido, muy delgada, recibe a la gente en el patio amplio de su casa. Muestra fotos de Tomás Vergara, su hermano secuestrado y desaparecido el 5 de julio de 2012. Entre las imágenes hay retratos donde están ella y Mario, su otro hermano. Lucen sonrientes. Hay retratos del taxista que tiene dos hijas de 17 y 20 años, cuando era un niño y cargaba un león.

 Han pasado días del cumpleaños de Tomás, que fue el 20 de septiembre. La cara de Mayra ha cambiado con el paso de los años. Ya no ríe tanto. A partir de 2012 cuando su Tomás, quien se ponía alegre cuando se echaba unas cervezas, fue secuestrado y no pudieron pagar el rescate, vive para él, por él. Mayra es madre de un menor de cuatro años de edad, pero sus energías se concentran en volver a ver a su Tomás, oírlo y sentir sus pasos en casa. Él haría lo mismo.

 Se siente desgastada, desde que decidió junto a otras personas que darían nombre a cada pedazo de ser que encontraran en los cerros, pero esto le ha costado, además de su vida,  peleas múltiples con peritos de la PGR, del Ministerio Público, ha sorteado esa insensibilidad e ineficacia para poder seguir. Ellos pidieron números de lo que encontraban rastreando en cerros hasta ubicar un resto, pero la petición se hizo en diciembre  de 2014 y apenas a inicios de septiembre obtuvieron respuesta.

Tanto ella como el grupo que busca en la zona poniente de Iguala, donde los peritos descartaron que se encontraban los 43 normalistas, prefieren que haya expertos en desaparición forzada que los apoyen, porque las autoridades sólo han hecho más dolorosa su agonía, al no hacer rastreos serios.

Ninguno de los cuerpos entregados hasta ahora por la PGR a los familiares, que aportaron su información genética, ha tenido una segunda opinión, aunque en la Ley de Víctimas se estipule su derecho a contar con expertos independientes que avalen o desacrediten los resultados dados.

“¿Cómo “confiarse de un organismo que fue capaz de inventar una verdad histórica?”, reflexiona Mario Vergara, quien regresó de Iguala a su casa desilusionado, porque de nueva cuenta la PGR no enseñó a las familias ni ropa ni artículos encontrados en fosas, como habían pedido.  “¿Cómo confiar?”

 La PGR nunca ha sido seria, mucho menos la Policía Federal, división Gendarmería ni la fiscalía local. Desde el 16 de noviembre de 2014, cuando Mario subió por primera vez a Cerro Viejo, al punto conocido como Las Parotas, vio el trabajo sin protocolos ni ruta que han hecho los peritos para encontrar cadáveres.

 Los ministerios públicos y los forenses de la PGR les han dicho más de una vez que suspenderán las búsquedas, porque allá arriba no hay nada, pero han demostrado que esa respuesta es porque allí abajo esos funcionarios “no tienen enterrada a su familia, si no hasta ellos excavarían con más profundidad”.

Además, vía anónima, por redes sociales y a que alzaron la voz, les han llegado ubicaciones de más fosas.

El director general de la Unidad de Búsqueda de Víctimas de Desaparición de la PGR, Joaquín Torrez Osorno, les ha informado que los restos corresponden a 104 cuerpos —además hay dos hallados recientemente, aunque no exhumados—; de esos, 73 han sido reconocidos por sexo: 59 son hombres y 14 mujeres, cuyas edades oscilan entre los 15 y los 60 años, asesinados entre 2010 y 2015. Sus cifras frías, sin embargo, a Mayra le dan calor y esperanza.

Si no fuera porque “Dios es grande y no te deja” no sabe cómo hubiesen seguido en Iguala, recuerda y rememora cuando se plantó en el Zócalo y después conocieron a Miguel Ángel Jiménez Blanco, de la UPOEG quien inició, junto con otros compañeros, con la labor de buscar en cerros a los 43 y terminó apoyando a más de 400 familias.

Miguel, el Mago de Oz de Mayra, porque le mostró el camino para vencer el miedo, fue asesinado el pasado 8 de agosto. Hay familias dentro de la lista de los que buscan a un desaparecido que han recibido amenazas de muerte por emprender su lucha; incluso Mario ha recibido llamadas telefónicas donde le dicen groserías; él sólo cuelga.

 La familia Vergara no tiene grandes riquezas, la mayor es la solidaridad. En este tramo llevaron comida cada ocho días a las búsquedas que se suspendieron desde junio por el clima y se retomaron el 8 de noviembre; le han echado gasolina a la única camioneta que tienen para subir a los cerros; han hecho más de 100 excavaciones con la presencia de 50 personas y han regalado desde agua y más de 200 playeras con la misma leyenda: “¡Hasta encontrarlos!”

De apoyo económico, sólo cuentan con el de los feligreses de la iglesia en Cuajimalpa, en el Distrito Federal,  que ayudaron a una familia que subió a buscar restos en fosas a hacerla de perro rastreador y arriesgarse porque les han dicho que en esa zona hay gente vigilando.

 Carencias. El personal de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) está de planta en la iglesia de San Gerardo Mayela, hay un vehículo móvil de enfermería y han apoyado con ayuda sicológica a los familiares de desaparecidos, pero todo es insuficiente. Cada martes, cuando se reúnen en el templo, dan 160 pesos a personas que llegan a Iguala de otros municipios y 100 a los locales, como apoyo de pasajes. Las familias regularmente van en grupos, nadie va solo pese a que el apoyo es para un integrante, lo que les incrementa costos.

 Cada martes, en la iglesia se ven niños compartiendo el desayuno y a papás llorando, porque extrañan a sus hijos.

La CEAV no ha dado becas para hijos de desaparecidos, ni un apoyo mensual, que equivaldría, según la Ley de Víctimas, a 300 pesos por mes si el niño tiene de cero a 5 años; la máxima cantidad a la que pueden aspirar es a mil 700 cuando van a la universidad. Nadie tiene este seguro porque para acceder a él tendrían que presentar ante la CEAV una carta de ausencia, la cual se otorga si pagan unos 30 mil pesos por edicto en algún diario. No tienen esa cantidad.

El retorno. Las familias que han ubicado supuestamente a un desaparecido, según se los ha notificado la PGR, hablan poco del tema. El último enterrado fue Modesto Bahena Rodríguez, el pasado 19 de septiembre en el panteón de Iguala.  Desde hace 10 meses la mamá del hombre identificó las prendas y el calzado de su hijo, sacadas de fosas del paraje La Laguna; aunque la señora pidió la confronta genética a la PGR en ese momento, fue hasta septiembre que pudo sepultar simbólicamente a su hijo.

Otra mujer que encontró a su hijo entre los huesos amontonados e inspeccionados, lo soñó días atrás junto a su esposo. Se escuchaban ruidos en su hogar, como cuando el muchacho que fue secuestrado en Huitzuco llegaba; un día antes de que les dijeran que era él, los ruidos se callaron.

Se cierra el ciclo, la ausencia cobra significado, las vidas rotas de la familia que buscó durante años a su ser querido van encontrando una luz, una porción que los reconforta, dice Mayra: “Igual si hay conexión. Mi mamá dice: ¡es que yo no lo siento muerto, si estuviera muerto lo sentiría!”.

Pero ella prefiere centrarse en Dios, porque cuando buscó en la cartomancia le dijeron que no veían la luz de Tomás. “Todo pasa por la voluntad de Dios y los milagros existen, al entregarle el cuerpo de su hijo a esa señora es un milagro”.

En los peritajes de la PGR le explicaron que mataron de un balazo al joven y la señora que, no quiere hablar del tema, cerró su ciclo.

 A la fecha Los otros desaparecidos esperan una respuesta. No buscan justicia, sólo completar en el muro que tienen en la iglesia la identidad de cada desaparecido, que ahora es representada con fotos de palomas mensajeras; las aves blancas con un moño negro representan a los ya ubicados: “Levanta tu vuelo al cielo, regresa con tu creador…”.

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