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Los niños del opio en Guerrero

Para extraer la goma de opio, a los cultivos ingresan los más pequeños
Desde las seis de la mañana los pequeños se disponen a trabajar en la parcela familiar, que se siembra en invierno y tarda cuatro meses en rendir fruto. (Foto: Cristopher Rogel Blanquet / EL UNIVERSAL)
13/07/2015
03:15
Vania Pigeonutt / corresponsal
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Meztli trabaja desde que tenía cinco años. En los contornos de las uñas, casi pegadas a la piel, resalta una capa negra delgada, le delinea la punta de las manos un poco rasguñadas por finas navajas. “No es tierra”, aclara, mientras termina una trencita de palma y cuenta que lo que más le gusta de su pueblo “es la amapola”. Junta los dedos y enseña las puntas: “Esto que ves, es la goma que se va quedando”.

—¿Cómo? —le pregunto con sorpresa ante su revelación.

—Sí, lo que más me gusta de aquí es la a-ma-po-la —reafirma casi susurrando, como si su papá estuviera escuchando. También disfruta el atole de masa con piloncillo, correr en libertad en el campo, algunas veces en el contorno de la parcela familiar.

—¿A ti te gusta?, ¿tú rallas?, ¡Ah, no!, ¿más antes?, ¿de chica? —me bombardea la niña que ya tiene 11 años de edad.

De piel color avellana, un metro 10 de estatura y una delgadez que le brota en los huesos del pecho, camina con destreza, se sabe de memoria los recovecos de la zona. Es bilingüe, habla tu’un savi (lengua mixteca) y español; aquí en la Montaña de Guerrero, además del bajo índice de desarrollo humano, la gente comparte el habla de los antepasados y el amor a la tierra.

Estamos en un cerro a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar, donde se realizan las tradicionales peticiones de lluvia. El lugar es recóndito y de camino laberíntico. Se descontrola el GPS y la señal de celular es impensable. No sé qué responderle, sólo me dejo guiar.

Meztli habla mucho, disfruta traducirlo todo. Platica que ha rallado amapola con su familia, pero casi ya no va porque creció y pesa más: para entrar a las parcelas debes ser ligero, porque las matas de la flor crecen juntas y se corre el riesgo de pisarlas y matarlas. Por eso la extracción de goma es tarea de niños.

No sabe nada de ganancias, sólo que debe ser prudente con el tema. Para ella es lo mismo sembrar calabazas que maíz: en todos los cultivos ayuda a su papá, igual que sus cuatro hermanas. Sólo que a las amapolas les tiene más aprecio, esas que tanto le gustan y que son las que le dan ingresos a su familia.

¿Cuánto ganan? No sabe, pero alcanza para que su mamá les compre a ella y a sus hermanas zapatos de plástico, que cuestan 60 pesos en la única tienda de su pueblo. Meztli me lleva a la punta del cerro. Son las 6 de la mañana y el frío cala en los huesos.

Sus historias son muchas: quiere estudiar, no se quiere casar como su hermana Tita a los 16 años ni quiere tener un esposo borracho que la deje con hijos. Meztli quiere terminar la secundaria y hacer una carrera profesional, aunque cuenta con tristeza que en su pueblo no hay más que ese nivel de estudios.

Desde muy pequeña aprendió el amor al campo, porque es lo único que siempre ve, grandes montañas, plantas diversas: “Esta para el dolor de muelas, esta otra para el empacho, para la calentura, esa es toloacha, hace mal a los hombres, esa otra es para la tos…”.

Meztli no sabe de Wi-Fi ni del bullying; aunque nació en la generación del Iphone, es la primera vez que ve uno y le encanta tomarse fotos. Se le va la vida en ir a la escuela, ayudar en su casa, a veces trabajar en la parcela, jugar a las atrapadas y en cazar ranas para comer.

Todo cabe en una lata

Es un día anterior a la plática con Meztli; antes que a ella, conocimos a parte de su familia.

—¿Les echamos un raite? —le decimos a su familia para que se suban a la camioneta. Va su papá, su mamá y su hermana Trini, de cinco años. El señor indica que la menor se queda a esperar a “Tío”. Insistimos en que debemos ir juntos, es lejos y está oscuro: “No, la niña se queda”, dice el jefe de familia y arrancamos el vehículo.

Sola, ocultando una lata de jugo de 125 mililitros, se queda la pequeña. En el recipiente se alcanza a ver una pasta entre blanca y amarilla, que en pocos minutos será negra: la goma de opio. Después, mis acompañantes y yo nos enteramos que al papá de Meztli le dio pena que “pensáramos mal de ellos” y prefirió que su hija menor, se fuera con su hermano. Pero con lo que sucedió minutos atrás, sospechamos lo que ocurriría desde que la niña se quedó.

Al igual que Meztli, otros niños rallan amapola. La parcela que trabaja esta familia abarca unos 20 metros de largo por 10 de ancho. Pedimos permiso al “tío” de Meztli para estar dentro del plantío mientras trabajan. Están él, su sobrina Lina de 15 años, Octavio de 11 y Gelasio de 16, sus “chalanes”.

El vaivén es suave. De los bulbos verdes, cuyo tallo no alcanza el metro de altura, resalta un tono intermedio entre el color de la hierba y el pistache. Brota un líquido blanco, lechoso, que manos diminutas liberan de los finos cortes que hacen al capullo con celeridad. Muchas flores de la planta, de un rojo carmín, yacen muertas en el suelo; al final lo que importa no es su belleza, sino lo que guardan dentro.

Lina, Octavio y Gelasio aparentan ser más jóvenes. Sus funciones son diferentes. El tío de nuestra guía observa, es corpulento y si entra a las filas de flores, las pisaría todas; se queda en la orilla.

Rallar amapola parece muy fácil, un juego de niños. Lo hacen con un instrumento, similar a un destapador de madera, pero con dos navajas pequeñas y filosas. Lina y Gelasio toman su herramienta de no más de cinco centímetros de largo por tres de ancho y rasgan la circunferencia de cada bulbo. No se mueven demasiado dentro del lugar porque pueden pisar las plantas.

Octavio, el más flaco de los tres, y de menor talla, camina con más libertad. Se aproxima a los escurrimientos lechosos que van dejando Lina y Gelasio por cada rallada y junta la pasta en una lata; en total sacarán 700 gramos.

“Tío” señala que durante décadas ha sembrado amapola, porque es el único cultivo que le deja algo de dinero, los demás son para autoconsumo, como el de maíz y frijol. La parcela se siembra en invierno y tarda cuatro meses en rendir frutos. No conoce mucho de la droga en sí, pero sabe que es la más cara.

De la goma de opio sale la heroína, una droga muy cotizada a nivel mundial y según la Secretaría de Salud, de las más adictivas. “Tío” sabe que si pruebas la leche antes de ser goma, se te duerme la lengua, pero desconoce que los adictos de heroína, llegan a sentir “subidones instantáneos”.

Del otro lado de su parcela hay plantas de amapola secas. Señala que algunas veces sacan de las plantas muertas la semilla, pero cuando no hay, la tienen que comprar a 500 pesos el kilo. Por el trabajo de cuatro meses —700 gramos de goma— recibirá 2 mil pesos.

Le parece poco, aunque no dimensiona las ganancias millonarias que hay a nivel mundial detrás de la venta de opiáceos y la heroína: la morfina, derivados que producen euforia. Pero a él le sirve para tener al menos esos 2 mil pesos que, repartidos en cuatro meses, equivalen a tres pesos cada día durante 160; después, vuelve a sembrar o se trabaja fuera de casa.

—¿Con 500 pesos al mes puede mantener a su familia de seis integrantes?

— Sí, porque todos trabajan.

La vida en un pueblo apartado es difícil, porque no cuentan con todos los servicios, pero a la vez sencilla. Comen ranas de los lagos, pollos que ellos crían, reses, quelites del campo, frijoles, habas, chiles, tortillas; todo está en su tierra.

Ya casi es hora de irnos porque pronto oscurecerá. Todos los días van a recolectar goma. Cada bulbo soporta hasta 15 ralladas, si la barriga de la planta está dura y lechosa. Vemos que decenas de bulbos ya tienen más de 10 rallas; el trabajo está casi terminado.

Casi pasan los 160 soles para que “Tío” tenga sus 2 mil pesos y los emplee para cuando se enfermen sus hijos o tenga que salir de su comunidad. Cuando está buena la tierra todas las plantas son más productivas y llega a juntar hasta el kilo de goma, que vende casi en 3 mil pesos. Este año la tierra está blanda y calcula los 700 gramos.

Nos despedimos. Ellos se quedan un rato más en la faena. La que vimos es la única parcela que hay de ese lado del pueblo, pero desde lo alto del cerro se alcanzan a ver otras, que forman lunares rojos viéndolos en picada.

Trabajar en el polígono de la droga

Meztli es una de los más tres millones de niños que trabajan en México, aunque no hay un diagnóstico sobre labores en campos de cultivo de enervantes. El Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan asegura que el gobierno en lugar de invertir en programas para evitar la siembra de plantíos ilegales, envía militares a la zona. No hay programas de atención social suficientes en ningún municipio de la Montaña. A esto le llaman “narcopobreza”.

Cifras del año pasado de la Evaluación de la Amenaza Nacional de Drogas de la DEA, destacan que en el país se produce 42% de la heroína que hay en EU; en México, Guerrero es el principal productor de la droga.

Una investigación de EL UNIVERSAL publicada el 3 de febrero revela que 10 bandas delincuenciales se disputan el polígono de la amapola, donde la tasa de homicidios supera hasta en 800% la media nacional, y el aumento en la producción de opio está ligada a la creciente demanda de heroína en EU. Para la gente de esta parte gélida del planeta las cifras no cobran ningún significado.

En medio de ese negocio están Meztli y su familia sin tener plena conciencia de ello. Su trabajo se traduce en millones de dólares para las grandes mafias, pero ellos, que desde hace décadas se dedican a este cultivo, no ganan ni un cuarto del salario mínimo al día.

La región de la Montaña está enmarcado en esa figura pentagonal, cuyos vértices son cinco cabeceras municipales: Iguala, Chilpancingo, Acapulco, Zihuatanejo y Coyuca de Catalán. En una pequeña parcela de esta zona, terminar la travesía con Meztli; ella y sus hermanas nos despiden y piden que regresemos con apoyos para su región. La niña dice adiós con sus manos pequeñas y habla de uno de sus anhelos, antes de tener una carrera profesional: le gustaría una falda del tono de la amapola, como la de su abuela, que también le gustaba por el místico color.

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