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Las comedias se supone que deben tener un punto de vista amable sobre su tema. Pero cuando no es esto, ni una comedia negra, aparece la mojiganga: una suma de vulgaridades y/o exageraciones que se pretenden chistosas. Máximo (Eugenio Derbez) anuncia en la promoción de la cinta que protagoniza que “yo no me hice rico, sino que le hice rico a una ruca que ya era rica”.

Justo la base ideológica de Cómo ser un latin lover (2017), debut en la dirección de bodrios del prolífico actor, principalmente televisivo Ken Marino, con grotesco guión apenitas salpicado de graciosidades de sus realizadores, Chris Spain y Jon Zack.

Cuenta cómo le cambia la vida a Máximo, súbitamente reemplazado por un hombre más joven (Michael Cera) en el lecho de su “amada” Peggy (Renée Taylor): recibe la misma moneda con que ha vivido a todo lujo explotando mujeres de la tercera edad. Mudándose con su hermana Sara (Salma Hayek, haciendo el ridículo), quien busca educarlo a punta de zapes, acaba en mentor de su simpático sobrino Hugo (Raphael Alejandro) en lo que se liga a la aún atractiva abuela Celeste (Raquel Welch, también haciendo el ridículo en su cuarta participación en cine en lo que va del siglo). O sea, Máximo tiene un serio problemita psico-sexual.

Chaplin estableció que la risa no podía surgir de la burla, en especial a dos personajes: los niños y los ancianos. Marino obvia esto en esta tediosa cinta que no funciona como parodia de Gigoló americano (1980, Paul Schrader). Máximo tiene buena vida con millonarias cuya profundidad psicológica consiste en mantener a un calzonazo a cambio de sexo.

El resultado es profundamente misógino, aunque se le vista con los coruscantes colores de segunda en la floja fotografía de John Bailey. Es, pues, una edulcorada mojiganga inferior a Pancho el Sancho (1988), Peritos Padrotón (1994), El Garañón 2 (1990), Dos nacos en el planeta de las mujeres (1991) y Acapulco Gigoló (1994), filmes más dignos de los vilipendiados Víctor Manuel El Güero Castro y Alberto El Caballo Rojas, a quienes se debe una disculpa ante la pena de Cómo ser un latin lover (que empeora en versión doblada al español).

Pero si de observar prostitución se trata, hay filmes humanistas y profundos.

Por ejemplo, el documental Plaza de la soledad (2016), impresionante, sincero y conmovedor debut en la dirección de la fotógrafa Maya Goded, sobre la cotidianidad de mujeres a las que antes se llamaba “de la vida alegre”. Despojadas de una biografía social y sentimental, pero no de su envidiable dignidad y gusto por la vida, estas maduras mujeres, sin el glamour del oficio más antiguo del mundo —lo que exalta el churro de Marino tratándose de su versión “masculina”—, son un necesario contrapunto para equilibrar la banal existencia de sublimados patanes tipo Máximo. Un excelente filme.

El ejemplar de terror semanal es La maldición de Villisca (2016), debut en el largometraje de Tony E. Valenzuela, donde una vieja leyenda sobre un multihomicida se convierte en curiosa reflexión acerca de la obsesión contemporánea con el turismo morboso hacia lugares donde se cometieron crímenes atroces y la atracción macabra por las personas que los protagonizaron.

Aunque en el fondo no es más que una historia de fantasmas con casa embrujada, Valenzuela tiene suficiente inspiración para sostener la película con base en la precisión de su montaje, la concisión de su dramaturgia y un respeto mínimo a la lógica del relato que establece, lo que se agradece aunque no sea del todo óptima su resolución. Un debut auspicioso dentro del género.

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