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La moda contemporánea busca que los filmes importantes sean intertextuales. ¿Qué es esto? Es tomar elementos conocidos por el espectador para crear idéntico impacto emocional que versiones previas; una copia travestida de “homenaje”.

La Bella y la Bestia (1991, Gary Trousdale & Kirk Wise; con música de Alan Menken y Howard Ashman; ganadora de dos Oscar) es la base a la que recurre el estudio Disney para su versión con personajes de carne y hueso La Bella y la Bestia (2017), décimo largometraje fílmico del poco inspirado Bill Condon, que busca replicar el éxito de Cenicienta (2015, Kenneth Branagh), a su vez basado en la película animada hecha en 1950.

Para no meterse en problemas, con un estilo edulcorado y sobrecargado, Condon copia el filme animado casi plano por plano: su versión es una calca, con una propuesta de animación digital hipervisual que se “inspira” demasiado en La Bella y la Bestia (2014, Christophe Gans): la fotografía del alemán Tobias A. Schliessler sigue de cerca a la del francés Christophe Beaucarne. O sea, ni siquiera tiene originalidad visual; usa similares efectos especiales con mismo estilo para crear artificiales atmósferas. Es una historia sin alma ni sustancia ni emoción; un caramelo para los ojos de 160 millones de dólares que empalaga.

La versión animada acreditaba ocho guionistas encabezados por Linda Woolverton, pero no la fuente más conocida, la escritora Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1711-1780); la nueva, escrita ajustadamente con más lógica por el novelista Stephen Chbosky y por el medio experto en relatos infantiles adaptados al cine Evan Spiliotopoulos, tampoco da crédito al relato. Una ironía: Leprince de Beaumont reescribió y adaptó la historia original de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve (1695-1755) que ahora es propiedad de Disney.

Esta versión, la siete que llega a la pantalla cinematográfica, no supera a La bella y la bestia (1946, Jean Cocteau; genialmente fotografiada en blanco y negro por Henri Alekan, con insuperable maquillaje del ruso Hagop Arakelian). Ésta siempre hace palidecer subsecuentes versiones. Tristemente la más pálida es la que ahora protagoniza Emma Watson, quien a pesar de su encanto y ligereza (sin la franca sensualidad de Léa Seydoux, 2014; ni la fragilidad emocional de Josette Day, 1946), no la sostiene.

Y recurrir como truco publicitario a fabricar una ridícula polémica sobre una escena gay (que no lo es), confirma cuán inferior dramática y visualmente es a la primera versión, de enorme poesía, que tras 71 años no envejece. Increíble pero cierto.

Pero hay opciones que renuncian a la intertextualidad; que aún buscan una originalidad cada vez más difícil: Fantasmas del pasado (2016), largometraje 16 del inclasificable Olivier Assayas, cuenta cómo es la vida de Maureen (Kristen Stewart, intensa en una variante del papel que tan notablemente interpretara en Las nubes de María, también para Assayas), la asistente personal de Kyra (Nora van Waldstätten).

En Assayas siempre hay algo profundo, no evidente, al presentar esto que parece frívolo. Aquí combina géneros para algo sobrenatural (destacada atmósfera visual del curtido fotógrafo Yorick Le Saux), dándole novedad a este filme que rompe con esquemas porque explora el origen, la identidad, la pérdida vital y por supuesto la posibilidad de que exista algo más allá del mundo físico. Una cinta singular, como sus influencias, la del propio padre de Assayas —el guionista Jacques Rémy—, y de un Hitchcock al que alude sin plagiar. De lo mejor.

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