Durante algunos años la revista Harper’s Magazine llevó un editorial con un nombre sugestivo: The Anti-Economist. En aquella columna, el economista estadounidense Jeff Madrick analizaba el espectro económico y de paso criticaba a la afamada revista inglesa por su ortodoxia y su incapacidad de ver más allá de los estrechos límites de su doctrina. En realidad, Madrick buscaba denunciar lo que él llama el “daño que le han hecho los economistas populares a la economía global”. Para Madrick el gran problema emana de que “el pensamiento moderno nos ha hecho creer que el gobierno siempre es malo y el mercado siempre bueno”. Las advertencias de Madrick han sido ignoradas por el establishment, pero han tenido consecuencias sociales y políticas para ellos.

En 2009 la burbuja inmobiliaria estadounidense reventó y una crisis económica azotó al mundo. En gran medida, la crisis fue producto de la instauración de un sistema económico sin regulaciones y sin contrapesos. La idea de que el mercado debía y podía autorregularse fue esparcida desde los centros de inteligencia de la tecnocracia; cualquier intento de regulación desde la política fue recibida con oprobio por parte de las instituciones económicas internacionales. Ese año, el modelo fracasó y se llevó consigo la estabilidad económica de decenas de países. En México, el gobierno de Felipe Calderón se empeñó en vender la idea de que a México la crisis no le había afectado porque la habían manejado bien; la realidad fue muy distinta, a algunos sectores privilegiados la crisis pudo no afectarles pero en 2009 la economía mexicana se contrajo alrededor de 6.5% mientras que la economía estadounidense lo hizo apenas por 2.4%.

En 2013 el economista Thomas Piketty publicó su famoso libro El Capital en el siglo XXI en el que demostró que el sistema económico imperante había creado una desigualdad económica poco antes vista en la historia. El libro de Picketty y la crisis del 2009 demarcaron los límites de un sistema que privilegiaba el retorno de la inversión sobre capital a la productividad; una fórmula perfecta para la desigualdad. La globalización económica, tal como fue aplicada, creó pocos vencedores y muchos vencidos, y aún así el establishment económico no recalibró. En los próximos años, los vencidos se revelarían contra el sistema. Los fenómenos electorales de EU, el Reino Unido y muchas otras partes del mundo, son el producto de un sistema que vendió la noción de que por fin todos seríamos iguales y produjo desigualdad a mansalva. México no fue la excepción, pese a todas las recetas tecnócratas, la desigualdad aumentó y rodeados de redes sociales, los poderosas se encargaron de restregarle ese hecho a la población.

Ante todo ello, las instituciones y portavoces del establishment han hecho poco por reajustar. En un artículo publicado esta semana por The Economist y titulado modestamente Por qué México no se ha vuelto más próspero y cómo podría hacerlo, la famosa revista se muestra confundida ante el hecho de que México siga teniendo una economía mediocre si han seguido la ortodoxia económica al pie de la letra. El título del artículo de The Economist demuestra el poco entendimiento de las causas que mueven al fenómeno político que amenaza su sistema: enfrentados a la reacción negativa a sus recetas, deciden emitir una nueva. The Economist es uno de tantos portavoces que esparcen el evangelio de la globalización sin jamás ponderar la idea de que su sistema (tal y como existe ahora) puede ser una parte del problema; como diría Zizek, el establishment es capaz de imaginar el fin del mundo, pero nunca el fin de este sistema económico. Utilizando sus propias palabras: No entienden que no entienden.

Ahora, la misma parafernalia de analistas que vieron en el triunfo de Peña Nieto la “salvación de México” y “el alzamiento de México”, se encuentra preocupada por el triunfo de “el populista AMLO”; a juzgar por sus diagnósticos anteriores, esta consternación no puede ser más que un alivio para los mexicanos.

Queda por verse si AMLO va poder balancear este sistema en México; utilizar sus indudables beneficios para crear mayor riqueza e igualdad y no más privilegios. Lo que es cierto es que aunque sea incapaz de hacerlo, su triunfo es un capítulo más en esta gran rebelión internacional contra el status quo. Si los próceres del sistema internacional no lo entienden y hacen los ajustes necesarios, no lograrán revertir esta ola.

Analista político

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