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El país tiene retos muy complejos por delante: escaso crecimiento económico, estructuras en las que prevalecen la inseguridad, la corrupción, la violación de derechos humanos, entre muchos otros. Por ello, requiere que el trabajo de las instituciones no se detenga, que las políticas públicas diseñadas para atacarlos se desarrollen adecuadamente. En resumen, más allá del cambio de gobierno, se necesita de la amplia cooperación de la administración saliente y del equipo de transición que concluirá en la llegada de un nuevo gobierno federal.
Hasta ahora, las señales emitidas por el gobierno de Enrique Peña Nieto y el candidato ganador de la elección presidencial, Andrés Manuel López Obrador, son positivas. El ánimo reinante en la primera reunión que sostuvieron ambos en Palacio Nacional fue de concordia, además de que en el discurso, en las actitudes, han prevalecido los llamados a la unidad y a anteponer al país por encima de los intereses particulares.
A diferencia de lo que ocurrió en las campañas presidenciales, el inicio de la transición remarca la civilidad democrática de sus protagonistas. Durante el proceso electoral, las acusaciones entre candidatos y los señalamientos hacia el gobierno federal generaron en el espacio público un clima de tensión propio de la lucha por el poder, sin embargo no estaba claro cómo se terminaría con un ambiente tan negativo.
Los primeros indicios del proceso de transición tienen más que ver con la serenidad, con la buena voluntad, que con la confrontación. Son características que se han mantenido desde que comenzó la alternancia en el poder en nuestro país, hace 18 años. Cuando la institucionalidad está fuera de duda, cuando el país está por encima de los intereses de grupo, es posible transitar de un gobierno a otro de manera armónica, como ha sucedido en el pasado y como ocurre actualmente.
A nivel federal se ha conseguido estabilidad en los procesos de transición, un atributo que debe replicarse a nivel estatal y municipal. Es necesario que los cimientos de la democracia tengan solidez en todos los niveles de gobierno, que en cualquier parte del país se transite de un gobierno a otro en los mejores términos para beneficio de las instituciones y de la ciudadanía.
No se puede perder tiempo. Los grandes problemas públicos, comunes, siguen ahí. Las necesidades más apremiantes de la sociedad no han desaparecido, por lo que el encuentro y el diálogo entre el gobierno saliente y los ganadores de la elección deben darse en un contexto cooperativo para que, en última instancia, se beneficie al país. Que este ánimo se mantenga durante lo que resta de la transición y la democracia mexicana resultará aún más fortalecida.
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