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Idealmente, la escuela es el sitio para construir y comunicar conocimiento a las generaciones más jóvenes de una sociedad. Es un sitio de socialización, de aprendizaje en condiciones seguras, donde todos quienes ahí colaboran y todo lo que se realiza en ese espacio coloca siempre al centro a los educandos.
Ese ambiente, sin embargo, puede trastocarse.
Cifras que reporta el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación refieren que seis de cada 10 alumnos de primaria y secundaria han sido testigos de violencia escolar, manifestada como agresiones físicas o verbales de sus compañeros. En el caso del bachillerato el registro de agresión verbal y física es menor —alcanza a cuatro de cada 10—, pero se presentan otras situaciones como robo, difamación o discriminación.
La escuela, sea pública o privada, finalmente es un reflejo de la sociedad en general. El entorno escolar hostil únicamente reproduce lo que ocurre afuera de las aulas. No hay que olvidar que amplias regiones del país se encuentran asediadas por la delincuencia o que los habitantes de las grandes urbes se caracterizan por la poca tolerancia; pequeños incidentes viales, por ejemplo, pueden terminar en situaciones violentas.
Los datos también ponen en evidencia la situación que se vive en los hogares mexicanos. Con sus actitudes, niños y jóvenes no hacen más que replicar en los salones el ambiente familiar.
Como formadores de ciudadanía —entendida como el comportamiento correcto que debe tener un ciudadano— los planteles educativos tienen que promover la solución de hostilidades por medio del diálogo y alentar la cultura de la denuncia de cualquier hecho anómalo que se presente dentro de las aulas.
El papel del docente en estos casos debe ser el de prever conflictos. Se requiere capacitación para que las pequeñas desavenencias que ocurran sean atajadas y dirimidas de manera civilizada y evitar así que escalen y se conviertan en temas más delicados, como el eventual rechazo del alumno a continuar en la escuela. Datos recientes señalan que en México cada año 1.1 millones de niños y adolescentes truncan su educación.
En este tema debe quedar claro que la principal víctima de la violencia escolar es el aprendizaje y, como consecuencia, el futuro del país. La solución demanda la participación intensa de la comunidad educativa (autoridades, alumnos y padres). Cuanto antes mejor.
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