Los mexicas que lucharon en la Conquista

Salvamento en el Centro Histórico revela la transformación de la población indígena con la llegada de los españoles
n el predio de República de Perú han salido a la luz estructuras arquitectónicas y elementos poco conocidos, como una tina de baño prehispánica en perfecto estado de conservación (FOTOS: LUCÍA GODÍNEZ. EL UNIVERSAL)
31/07/2017
04:10
Abida Ventura
-A +A

[email protected]

En la parte trasera de una vecindad en ruinas del Centro Histórico, a la que sólo se accede entre pasillos con escombros y techos apuntalados, un grupo de trabajadores con chalecos anaranjados recupera los vestigios de otra pequeña residencia, mucho más antigua. Entre el lodazal que provoca el agua del lago que brota por todos lados han ido emergiendo, poco a poco, los vestigios de un espacio habitacional de hace más de 500 años.

Las estructuras arquitectónicas, los restos humanos y materiales ahí localizados apuntan a que se trataría de una residencia de nobles mexicas o el centro mismo de Colhuacatonco, uno de los barrios aledaños a la Gran Tenochtitlán, y que libró una feroz batalla contra los soldados de Hernán Cortés en los primeros momentos de la Conquista. En sus crónicas, fray Bernardino de Sahagún relata que los habitantes de este barrio ubicado en los límites del lago lograron robarle una bandera a sus enemigos, incluso tomar a algunos españoles como prisioneros.

Este capítulo de la Conquista y la resistencia de los suburbios mexicas resurge ahora en este predio donde el Instituto de Vivienda (INVI) del Distrito Federal planea la construcción de un conjunto habitacional de interés social.

La fachada descuidada de esta casa de dos pisos ubicada en el número 40 de República de Perú, con un par de accesorias que alguna vez funcionaron como imprenta o fonda, se esconde “una cápsula de tiempo que nos tras-lada hasta el momento de la Conquista”. “En este lugar hubo una resistencia, Sahagún dice que un grupo de este barrio sí luchó contra los españoles, estaban defendiendo todavía su cultura”, explica a EL UNIVERSAL la arqueóloga María de la Luz Escobedo Gómez, que desde marzo realiza ahí labores de salvamento arqueológico.

Esa obstinación por mantener sus costumbres y modos de vida mexicas quedaron plasmados en la arquitectura y restos arqueológicos que la investigadora del INAH ha recolectado en ese suelo pantanoso. Conformado por dos plataformas, con un patio hundido y sus corredores, el conjunto residencial conserva en uno de sus cuartos un piso bruñido; al centro se ven las huellas de un escudo o chimalli, en las esquinas, los sahumadores que decoraban el recinto también dejaron algunas marcas. “Este espacio debió ser de uso ritual y aunque sufrió alteraciones con la llegada de los españoles, fue conservado. Sí, fue rellenado y lo mandaron a tapar, pero quienes lo hicieron, molieron tezontle y lo colocaron cuidadosamente encima, con ese respeto que se merecía”, ilustra la arqueóloga.

En otro pequeño cuarto, apareció una tina de baño en perfecto estado de conservación, un elemento que pocas veces se ha visto en las excavaciones del Centro Histórico. “Ni en Templo Mayor, creo, tienen una tina de estas características”, destaca Escobedo Gómez. Bajo las grandes cantidades de relleno y piedra que acumuló en 500 años, la pila todavía conservaba un cajete y una escultura femenina que cargaba un infante. “Es muy simbólico porque pudieron haberla rellenado únicamente con tierra y piedras, pero alguien colocó esto ahí cuidadosamente”, dice la arqueóloga.

En las esquinas y rincones de esos cuartos salieron a la luz siete entierros mexicas que, aunque murieron después de la llegada de los españoles, fueron sepultados con las costumbres prehispánicas. “Los sepultaron en áreas donde normalmente se hacía, en esquinas y accesos a los espacios; y les pusieron como ofrenda lo poco que tenían, con lo que pudieron rescatar. Por ejemplo, uno de los entierros solo tenía asociado la mitad de un cajete”, detalló.

Estos cuatro niños y tres adultos —dos de ellos mujeres—, vivieron ese momento de transición y, en un futuro, sus huesos arrojarán pistas sobre la vida cotidiana y la manera en la que la población mexica vivió ese momento de choque cultural, señala la investigadora. “La Conquista fue en 1521, la traza de la ciudad empezó oficialmente en 1525 desde el centro del Templo Mayor hacia las orillas, que es donde estamos. Fueron 4 años, pero para que esos cambios llegarán hasta acá no sabemos realmente cuántos años pasaron, ¿qué pasó en ese lapso de tiempo? Algunos cronistas dicen cosas, pero no de todo; con la arqueología estamos, poco a poco, sabiendo que pasó en las orillas de la ciudad”, expresa la arqueóloga.

¿Qué pasó con los nobles mexicas que sobrevivieron a la Conquista? ¿Cómo se adaptaron a la nueva traza urbana y a esa nueva ideología? Los vestigios que ahí salieron a la luz ofrecerán pistas sobre ello. “Tenemos que pensar lo difícil que debió ser para ellos asimilar otras creencias, eso no pudo darse tan fácil y rápidamente, fue realmente un choque cultural y psicológico...”, dice Escobedo Gómez.

Huellas modernas. En un pequeño y estrecho cuarto de esa vivienda, la arqueóloga adaptó una bodega para resguardar la gran cantidad de materiales que ha recuperado. En cajas de cartón perfectamente ordenadas va embalando esculturas, piezas y figuras de cerámica de la época prehispánica; en bolsitas de plástico hay recipientes y utensilios de cerámica y mayólica de la la Colonia; restos de drenajes y vestigios de la época porfiriana yacen sueltas sobre el piso. En otras cajas, muy bien identificadas, también tienen su lugar botellas de Coca-Cola, trompos de madera, juguetes de plástico, una máscara de luchador y una pelota del Consejo Mundial de Lucha Libre. A unos metros de ahí está la Arena Coliseo. “Todo esto nos está contando la historia de este lugar y hay que tomarlo en cuenta, sin distinción”, apunta Escobedo Gómez, mientras dobla con sumo cuidado la máscara.

Evalúan destino de vestigios. Actualmente, el INAH y el INVI se encuentran en proceso de revisión del proyecto de construcción, ya que la presencia de estos vestigios obligará a la constructora a modificar el diseño que originalmente habían planeado para protegerlos y, de ser posible, dejarlos a la vista. “Estamos en comunicación con el INVI y con los enlaces de los que van a vivir aquí para plantear la posibilidad de que el público pueda conocerlos, pero también para que la gente que va a vivir aquí no se vean afectados”, comenta la arqueóloga.

“Estamos terminando de explorar toda el área, se está planteando con los particulares una modificación del plan original de construcción, porque se encontraron estos vestigios y hay que protegerlos... Se están realizando juntas y se están haciendo los ajustes necesarios, estamos viendo propuestas, se van a proteger por la relevancia que tienen, por sus características, pero también se va a construir porque son viviendas de interés social”, añade.

¿Quedará algo a la vista?, se le pregunta: “Ambas partes están en pláticas sobre eso”, dice. “Nuestro trabajo es recuperar todo lo que hallemos y hacer, tanto el registro gráfico como dibujos... Con lo que hemos hecho aquí ahora ya tenemos un registro muy detallado del sitio y el análisis de los materiales nos darán mucha información”, concluye.

Mantente al día con el boletín de El Universal

 

COMENTARIOS