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Conversaciones con Juan Rulfo

Con autorización de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), antes INI, publicamos un fragmento del texto de Fernando Benítez incluido en la revista México Indígena, en su número extraordinario de 1986, dedicado a Rulfo tras su muerte
FOTO: Archivo EL UNIVERSAL.
16/05/2017
00:27
Fernando Benítez
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Algunos de los mejores momentos de esos doce años los he pasado charlando col él después de la media noche y muchas veces me he preguntado si verdaderamente lo conozco. Siempre deja una sensación de tristeza, de lejanía, de que está en otra parte a pesar de que habla con una naturalidad absoluta, empleando el lenguaje refinado y popular de sus personajes, un lenguaje que él mismo se ha inventado y que no encontré nunca en ningún otro escritor.

Yo he vivido siempre entre libros y conozco mi país y su historia, pero estando con él siento que me lleva de la mano y recorro caminos no explorados. Me habla de un cronista del XVI desconocido para mí que aporta un dato precioso, de un prólogo que ilustra la vida de un autor, de una antigua edición facsimilar inencontrable, aclara un enigma o me presta el libro necesario. Otras veces me habla de libreros, o de pueblos, o de cuatreros y galleros, de cómo bajó el cráter del Popocatépetl o iba a mi biblioteca y ponía frente a mis ojos el volumen que yo había buscado inútilmente durante una semana. Para Rulfo no tiene secretos ni el país ni la historia. De ser rico hubiera sido un García Icazbalceta o un Porrúa o un historiador o un campeón de alpinismo o un gran mecenas erudito, o todo eso junto, pero sólo contaba con su prodigiosa imaginación y fue, y lo será siempre, un novelista.

Una noche antes de mudarme de casa, hablamos un poco de su vida, de sus libros, de sus gustos, es decir de los temas que elude tratar públicamente y que en cierto modo comprendían algunas de nuestras conversaciones.

—Cuéntame algo de las gentes de tu provincia— le dije iniciando la plática.

—Bueno, ¿te acuerdas de la vez que pasamos por Zapotlán y traje un pan que ya no comemos en México? Pues ese pan me lo dieron las hermanas de Arreola. Ellas lo hacen, ellas hacen los mejores dulces y compotas de Jalisco y de eso se mantienen. A los Arreola les llaman los Chiripos porque parece que todo lo hacen de chiripa. Ninguno terminó siquiera la primaria. Su hermano Librado es inventor. Sin que nadie lo haya enseñado, es capaz de abrir las más complicadas cajas fuertes, o de armar viejos coches inservibles. Librado, cuando está en su casa y llaman muchas veces a la puerta se asoma por una ventana y dice: “¿Qué no ven que está cerrado? Esto quiere decir que yo no estoy y como no estoy es inútil que llamen”. Juan José era el recitador del pueblo. Recitaba a Ramón López Velarde. Siempre ha leído a Marcel Schwob, el autor de Vidas imaginarias, La cruzada de los niños que editó Octavio Barreda en Cultura y de cuentos muy semejantes a los de Arreola. Después leyó a Borges, a Kafka, a Claudel. Todo lo que lee y oye se lo aprende de memoria. Fuera de eso no ha leído gran cosa, pero le gusta jugar y baraja de tal modo sus cuatro o cinco autores que da la apariencia de una gran erudición. Es una especie de mago, que hace de un milagroso miligramo un camino encantado. Ha sido Juan José un amigo de la infancia y no he dejado de quererlo a pesar de que nos separan los ríos de la colonia Cuauhtémoc y los tiempos. El hizo que Antonio Alatorre se interesara en los libros. Alatorre es de Autlán. Estudiaba en un seminario y ahora es ateo. José Pagés Llergo se llevó a Juan José y a Antonio al periódico El Occidental, como correctores de pruebas. Arreola tradujo a Veléry para entender francés con la ayuda de un diccionario. En Guadalajara hicieron la revista Pan. Allí publicó Arreola un fragmento de Monsieur Teste, pero su autor predilecto es Claudel. Luego vino a México y vendía zapatos.

—¿Y tú Juan, cómo veniste a México?

—Llegué a México debido a la huelga de la Universidad de Guadalajara, que duró de 1933 a 1935. En la Preparatoria no me revalidaron los estudios y me iba como oyente a Mascarones. Asistía a los cursos de Antonio Caso, Lombardo, Menéndez Samará, González Peña, Julio Jiménez Rueda; pero aprendimos literatura en el café de Mascarones, donde se reunían José Luis Martínez, Alí Chumacero, González Durán, gente toda venida de Guadalajara. Comentaban a los Contemporáneos que eran nuestros gurúes. Yo comencé a leer a Korolenko, al Sachka Yegulev de Andreiev que estaba de moda. Hoy me resulta enfadoso. Tiene Andreiev cosas mejores como Océano y sus cuentos. Logré reunir ocho tomos de sus cuentos. Por supuesto en aquella época leía a Hansum, a Selma Lagerloff, a Ibsen.

—¿Y cómo te sostenías en México?

—Trabajaba de archivero en la Secretaria de Gobernación ganando 84 pesos mensuales. Vivía en el Molino del Rey con mi tío el Coronel David Pérez Rulfo, miembro del Estado Mayor General del general Avila Camacho. Luego que destinaron a fábrica El Molino, tuve que alquilar un cuarto en una casa de huéspedes.

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