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Sus restos fueron llevados directamente a la funeraria Casa Pedregal de San Jerónimo para entrar, la misma noche de ayer, a cremación directa. En un principio, la viuda del artista, Beatriz del Carmen Cuevas, había previsto una velación de las cenizas, pero pasadas las 21:40 horas, la funeraria informó que la señora Cuevas había pedido total discreción sobre los servicios y que sólo podían informar del homenaje que habrá hoy, a las 16 horas, en el Palacio de Bellas Artes. Así lo había anunciado previamente el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

La muerte de José Luis Cuevas, quien fue sin duda un creador fundamental del arte plástico en México en el siglo XX y miembro destacado del movimiento conocido como La Ruptura, fue sorpresiva incluso para el Museo que lleva su nombre y que fue fundado en 1992. La información fluyó tan lento que a las 22 horas ni el mismo Museo José Luis Cuevas sabía qué hacer y ni siquiera se decidía a colgar un moño negro en señal de luto. No había tenido ninguna comunicación con Beatriz del Carmen, la viuda y directora del recinto que el pasado domingo anunció la cancelación del recorrido previsto para la exposición conmemorativa José Luis Cuevas y su colección a 25 años.

Creador precoz. José Luis Cuevas fue uno de los mayores dibujantes de la historia del arte en México; la figura más visible de la generación de La Ruptura; el que fue conocido como Enfant terrible y Gato Macho; pintor, escultor y, sobre todo dibujante; un cinéfilo tan apasionado como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes; un hombre que celebró la amistad y que por décadas fue protagonista de la vida cultural del país.

Fue también uno los artistas más vendidos y falsificados, un creador que construyó de sí un personaje —por años tuvo la celosa rutina de tomarse todos los días una foto—; ese personaje que construyó, que fue parte mito y parte verdad, fue esencia de su obra.

También fue un artista amigo de las polémicas y un confeso hipocondriaco. Dibujante, pintor y escritor.

Nacido en la Ciudad de México el 26 de febrero de 1931 (el año de su nacimiento fue uno de los mitos que le rodearon), el artista dejó huella con su arte por donde pasó: un museo lleva su nombre desde hace 25 años en la Ciudad de México, una calle en Alta Vista iba a tomar su nombre, sus esculturas están en casi todos los estados y a éstos frecuentemente llevó exposiciones.

Además fue una primera figura en el mercado del arte. El nombre del artista a menudo apareció en subastas de casas internacionales, en Sotheby’s y Christie’s. Siempre fue uno de los más vendidos en las pujas de arte moderno que oferta en la ciudad de México la Casa Morton.

Se cuenta como primer momento de su historia plástica el autorretrato como “niño obrero”, que le valió ganar el concurso de dibujo infantil de la SEP, cuanto tenía siete u ocho años. Por eso lo llamaban “el güerito pintor”. Tenía 12 o 13 años cuando, impactado por los murales de Roberto Montenegro y los de Diego Rivera, decidió ser artista.

Sin embargo, el Muralismo, sobre todo el arte oficial, habría de ser uno de los movimientos que con más fuerza se dedicó a cuestionar.

“Imaginemos a este joven melenudo y rebelde que se impone como un gran dibujante en un mundo donde el prestigio oficial es el arte del Muralismo. Un jovencito que tiene una mano muy diestra y una voluntad expresionista de tocar temas como la miseria, la prostitución, temas dolorosos que el Muralismo había, de algún modo, sublimado”, dijo sobre él, el ensayista y poeta Jaime Moreno Villarreal.

Se formó casi de manera autodidacta y, antes de los 20 años ya había ganado otros reconocimientos, presentado una muestra individual en la galería Prisse, y vendido obras. Alvar Carrillo Gil fue su primer comprador. También fue uno de los asistentes a la única exposición individual de Frida Kahlo, invitado por Lola Álvarez Bravo. A los 20, expuso en Washington y a partir de entonces hubo un interés no sólo nacional sino internacional por su obra.

Tras estudiar un tiempo en La Esmeralda y crear ilustraciones para periódicos y series de dibujos, la obra de Cuevas captó a comienzos de los 50 la atención de la crítica internacional, lo que lo llevó a trabajar en EU y a exponer en varias ciudades latinoamericanas. En 1965 fue uno de los artistas de la muestra  The Emergent Decade, en el Guggenheim de Nueva York.

Para antes de que terminaran los años 50, Cuevas ya dejó en claro su “ruptura” con las generaciones de artistas que le precedían; en el suplemento “México en la Cultura”, del diario  Novedades, hizo referencia a la “cortina de nopal” en una carta enviada al director, Fernando Benítez.

“Cuevas está al nivel de Francisco Toledo y José Clemente Orozco. Tiene una primera exposición en Prisse y aún ahí hay mucha influencia de Orozco; luego trabaja la grafía de Picasso de manera verdaderamente extraordinaria”, escribió la investigadora y crítica Lelia Driben, en el libro La generación de la Ruptura y sus antecedentes.

Los años 60 fueron una de las etapas más importantes de su carrera, exposiciones en todo el mundo, premios, creación de álbumes con series que llevó a museos y galerías. Fue su mejor momento cuando se consolidó la generación de La Ruptura. Su arte, formado de dibujos, gouaches, acuarelas, carboncillos y, por supuesto gráfica, exploró el cuerpo, la deformación.

Reconocido como uno de los protagonistas de La Ruptura, junto a su prolífica obra en dibujo creó grabados, esculturas y pinturas, y el recordado  Mural Efímero  en la Zona Rosa. .

“Cuevas significó una revitalización del arte mexicano que se estaba anquilosando en la primera mitad de los 50. El desenfado, la rebeldía, el gusto por el escándalo, el factor muy moderno de emplear la publicidad como una estrategia para dar a conocer el arte, con José Luis trajo una vitalización muy importante para la que sería la generación de La Ruptura”, dijo Moreno Villarreal.

Manuel Felguérez, otro de los artistas de La Ruptura, dijo que se conocieron cuando en la Universidad Iberoamericana, Mathias (Goeritz) creó la escuela de Artes, y Cuevas fue maestro de dibujo, y Felguérez de escultura. “En gran parte fue la voz de la generación de La Ruptura; aunque nunca fue su vocero; hablaba por él”.

De carne y hueso. Varios hechos de su vida personal también son públicos. Su cotidianidad fue tema y motivo de la columna “Cuevario”, que inició a mediados de los 80 y que durante muchos años publicó en EL UNIVERSAL.

En los 90 falleció su primera esposa, Bertha Riestra, con quien se había casado en 1961 y con quien tuvo a sus tres hijas —Mariana, Ximena y María José—. En 1993 se creó el museo que lleva su nombre. A comienzos de la siguiente década se casó con Beatriz del Carmen Bazán. En 2013, Ximena denunció el estado de salud de su padre, lo que motivó el final de la relación entre el artista y sus hijas. Los últimos años los vivió con su esposa y tuvo muy poca actividad cultural. Su última entrevista fue en 2016, con EL UNIVERSAL.

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