Mario Vargas Llosa protagoniza su propia historia en cómic

"Mario, Cuadernos de un viajero" transita por diferentes paisajes de Perú
FOTO: GDA/El Comercio de Perú
21/01/2017
13:22
El Comercio - Perú / GDA
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Mario es Mario Vargas Llosa. Y el viajero es ese hombre que transitó por los paisajes costeños, serranos y selváticos de nuestro esquivo Perú, que cruzó océanos y continentes hasta hacerse ciudadano del mundo. Pero el viajero es también ese hombre que tiene en las venas ese pálpito social que lo llevó por parajes tan disímiles y yuxtapuestos como la literatura y la política.

Mario, el viajero. O Mario, el Nobel. O simplemente, Vargas Llosa. De distintas maneras pudo titularse esta obra gráfica que se presentó semanas atrás en el Hay Festival Arequipa y que llegó a mis manos gracias a gentiles gestiones de Carlos Zanabria, corresponsal de El Comercio en la ciudad de los volcanes.

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La cultura también se lee en cómic y manga

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Una obra presentada en cuatro capítulos, poco más de 150 páginas. Y muchas cosas por decir.

Lo primero por remarcar es que este cómic ha sido concebido para leerse en las aulas de un centenar de colegios arequipeños. Los auspicios del Gobierno Regional de Arequipa y de la Biblioteca  Regional Mario Vargas Llosa resaltan eso: la distribución de los 5 mil ejemplares de esta edición se hará en marzo entre los alumnos para que conozcan mejor a un emblema vivo de las letras.

En ese sentido, esta obra tiene una finalidad educativa y didáctica, expositiva y denotativa antes que connotativa, aunque sin renunciar a su sentido artístico.

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Lo siguiente a comentar es que el cómic puede estar en cualquier biblioteca y que no es necesario un horario escolar ni llamar al recreo para hallar regocijo en él. Lo pueden disfrutar por igual estudiantes y padres, arequipeños, piuranos, limeños, loretanos, pasqueños o puneños, porque en sus viñetas están impresos los sueños, recuerdos y anhelos de un país al que todos llamamos Patria.

Hay claras referencias históricas, temporales y geográficas que podemos evocar a partir de nuestras propias experiencias, o a las cuales podemos acercarnos en forma digital sin que nos sean ajenas. Y eso lo hace un poco nuestro a medida que avanzamos en la lectura.

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El cómic cuenta con guion de Carlos Enrique Freyre, oficial del Ejército y escritor a mucha honra, y los dibujos e ilustraciones de Eduardo Yaguas, Héctor Huamán y Luis Morocho. La edición ha corrido a cargo de Alberto Rincón Effio de Editorial Estruendomundo.

Según las notas periodísticas que han dado a varios medios, el equipo demoró 72 días en materializar la obra. Poco tiempo para tamaño reto, lo cual se resiente en algunos momentos (por ejemplo, cuando se reproducen las portadas de las obras de MVLL y las figuras aparecen opacas, mal escaneadas).

El cómic está dividido en cuatro capítulos muy marcados con colores, que podríamos vislumbrar como niñez, juventud, camino a la madurez y consagración.

Aun cuando hay saltos temporales, en la primera parte, de color amarillo, vemos al Mario niño que nace en Arequipa, conoce Piura con su familia materna, y es apabullado luego por la aparición de un padre ausente que lo traslada a Lima. En la segunda parte, el verde se vuelve militar, con los años de aprendizaje en el colegio Leoncio Prado, y los pasos de inquietud social en la Universidad de San Marcos.

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La tercera parte, la más lograda a mi gusto, es azul. Y como dicta ese color, lo vemos transitar de aquí para allá, de cielos a mares. Es el periplo para casarse con Julia Urquidi, el salto a Europa, los primeros encontronazos literarios, la irrupción en la selva. Y en la cuarta parte, de rojo, ya vemos a un MVLL que madura como escritor y activista, el Mario que hace ‘boom’ con otros monstruos que se alimentan de lo eterno y el Mario que conoce a los monstruos de la política que devoran ideales.

Esta obra, decía, ha sido promovida para que la lean alumnos. Y en esa medida, es comprensible que el peso del guion y la historia que aquí se cuenta inclinen la balanza hacia su lado frente al impacto que podrían haber tenido los dibujos. En pocas palabras, las ilustraciones están al servicio de lo literal, plasman y acompañan lo que los textos enuncian, y hay poco espacio para que respiren con pulmón propio. Es un dibujo funcional, al servicio de lo que leemos.

El editor Alberto Rincón ha contado que este cómic se ha inspirado en “Gabo. Memorias de una vida mágica”, del colombiano Óscar Pantoja, sobre el cual también he escrito antes en este blog (LEE LA RESEÑA AQUÍ).

Ese cómic cuenta cómo fue que Gabriel García Márquez concibió “Cien años de soledad”, el epítome de lo real maravilloso, y también se divide en cuatro capítulos marcados por colores, con distintos dibujantes que transitan entre infancia y plenitud con el Nobel como coronación.

La diferencia más marcada, en todo caso, es que en el cómic de Pantoja el leit motiv es más concreto: cómo nace “Cien años…”; mientras que en la historia de Freyre es la vida toda, el viaje completo de Vargas Llosa, lo que lo atrae.

Como el mismo Freyre señala, él ha sido un viajero también, un niño que recorrió las carreteras con su abuela administradora de los buses de Tepsa, un militar que se conmovió con el misticismo y el encanto verde de la jungla, un “malabarista letrado” que aprendió a leer a los cuatro años.

Se advierte, por ello, que en esta obra hay una mano que carga la batuta, aunque por momentos las viñetas parecieran cambiar de ritmo y compás a su libre albedrío.

Hay en este cómic personajes reconocibles, con nombres y apellidos, y otros que invitan a buscar en alguna enciclopedia -o vía Google, más rápido- quiénes son: escritores, pensadores, artistas, políticos…

Hay retazos de periódicos, pedazos de Historia, discursos y memorias frágiles. Hay una bibliografía que sirve de sostén y una admiración que se olfatea en cada viñeta. Hay vida en este cómic. Y aunque a mi gusto -he aquí la manida subjetividad- cabía la posibilidad de ser más arriesgados en la puesta en escena,  la osadía mayor ha sido materializar una obra gráfica que nos transporta, que es un viaje en sí misma.

Si hay demonios interiores que se escabullen como polizones y otros que abandonamos en ruta, también es cierto que existen aquellos que cargamos ad eternum. Porque no hay viajero que no porte equipaje. Y este cómic, es la impresión que deja, hurga bien en la maleta que transporta nuestro Nobel.

 

 

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