Cuando una persona experimenta la fase aguda de una emoción es menos inteligente, pues la emoción, ya sea positiva o negativa, disminuye la corteza prefrontal, la zona del cerebro que evalúa y pondera la generación de éstas.

A lo largo de los 25 minutos que dura una emoción, el cerebro libera dopamina aletargando la conciencia real; por ello, a menudo las personas se acuerdan de cosas insignificantes, pierden el contexto y reaccionan de forma inmediata.

Este proceso biológico provoca que muchas veces se tomen malas decisiones, señala el neurofisiólogo, Eduardo Calixto González, quien asegura que “si supiéramos que los elementos son cortos y que el cerebro los atenúa no haríamos tantos enganches emocionales con mucha de nuestra cotidianeidad”.

No obstante, “el cerebro aprende con mayor eficiencia con dolor que con un éxito consumado”, pues todos quieren evitar el dolor, afirma en entrevista el investigador del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz” (INPRFM).

En ese sentido, las emociones negativas, como la ira y la tristeza, son las que más enseñan y capacitan al cerebro a disminuir una emoción, para que cuando se experimente en el futuro, ésta sea de menor intensidad.

Para el especialista es fundamental entender que las emociones dependen de la evaluación y los procesos psicológicos y sociales por lo que esté atravesando una persona, pues “muchos de nuestros problemas son las interpretaciones que hacemos de nuestra vida”.

“Nos pasamos clasificando la vida en emociones, eso está bien, eso mal, eso peor”, sin darnos cuenta que “lo que hoy tenemos y creemos que nos hace felices en 10 años no lo va a ser”, debido a que el cerebro busca nuevas fuentes de dopamina.

Así que, “si el problema trasciende más de diez años de tu vida tienes que resolverlo, pero si es un problema que mañana o dentro de dos meses ya no va a tener importancia, ten cuidado porque estás sobre dimensionándolo”.

Por otro lado, Calixto González comenta que en la sociedad hay aspectos reforzadores negativos que son eficientes para generar conductas de dolor, ya que culturalmente se asocia la generación de dolor con placer.

Lo anterior puede “llegar a ser un trastorno de personalidad, en el que las personas necesitan estar sobajadas, humilladas, golpeadas para alcanzar niveles de placer”.

Otro ejemplo de la relación dolor-placer y al que están habituados la mayoría de los mexicanos es al consumo de picante, el cual estimula receptores dolorosos en la lengua que al ser captados por el cerebro, liberan endorfinas para atenuar el dolor, generando placer.

Algo similar ocurre con el llanto, pues después de llorar las personas se sienten más tranquilas, apunta Calixto González, quien agrega que por lo general, cuando se llora el cerebro está pidiendo la liberación de endorfinas.

El llanto es la única emoción que más energía y oxígeno gasta, pues hace que el cerebro incremente casi un 25% el consumo sanguíneo, por lo que después de llorar las personas se sienten cansadas.

“Los humanos somos la única especie que utiliza el llanto como un marcador social de aceptación y de uniformarnos desde un punto de vista emocional”.

De modo que un cerebro con salud mental hace a un individuo más empático, por lo que cuando se ve llorar a alguien las personas también se tranquilizan.

Ese enganche automático del cerebro también libera oxitocina, detalla Calixto González, quien explica que esta sustancia la producen el orgasmo, el trabajo de parto, la lactancia, y los abrazos. Entre más oxitocina se libere, un ser humano será más social.

kal

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