Audi RS7 performance: orquesta biturbo

RS7 performance, su desempeño hace palidecer a su opulencia.
15/05/2017
13:11
PABLO GARCÍA
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Es célebre la forma en que se grabó la voz de David Bowie en “Heroes” (1977). Escúchenla de nuevo, por favor: en las primeras estrofas, Bowie canta con la frialdad y tersura habituales. Suave, familiar. Sin darnos realmente cuenta, va subiendo el volumen, la intensidad y el desgarro en la garganta hasta que las líneas nos las grita (qué cosa tan impactante) en la cara y al mismo tiempo, como si se encontrara en el fondo de una caverna enorme. ¿Cómo se logró eso, técnicamente? Con las famosas ‘compuertas sonoras’.​ En el estudio berlinés, frente a Bowie, se colocaron en fila varios micrófonos a muchos metros separados. En el momento en que la voz cruzaba el límite de ciertos decibeles, se ‘activaba’ o se abría un micrófono que estaba más allá, y así sucesivamente hasta lograr el efecto de un tren sonoro desbocado, disparado hacia el infinito.

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¿Por qué contamos todo este asunto? Porque es la única manera que encontramos de describir el efecto en el cuerpo (espalda sobre el asiento, oídos y vista en el camino) que produce la entrega de poder y el torque del Audi RS 7 performance. 
Este auto, que en otra vida (más ‘sencilla’, en el cómodo y opulento planeta de los autos saloon) era un A7 sportback, dio un brinco de potencia en 2017: 605 caballos de fuerza. El gran truco tecnológico (la ‘estrategia de estudio’, digamos) es que toda esa potencia se nota y se desencadena en el momento justo, sin excesos ni reacciones temperamentales que podría restar comodidad o confianza en la conducción. ¿Cuándo es el momento justo? El ensamble de electrónica y mecánica está diseñado para predecir el segundo en el que te has decidido a probar la emoción fuerte. En la variante de conducción ‘Dynamic’ (o con la transmisión Tiptronic de 8 velocidades en modo manual) basta una señal nada radical de tu pie derecho para que el motor abra el concierto de sus 8 cilindros sobrealimentados por dos turbos. La orden también la recibe el escape dual, que suelta el chorro de voz gutural. En verdad, adictivo.

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Coherencia plena. No podemos decir que este sea un sedán de doble personalidad, como se suele describir: cómodo y lujoso a ratos. Brutal y dinámico, en otros. Su personalidad, más bien, está completamente integrada, nada de bipolaridad. Jamás se olvida que es un auto hecho para jugar, con esa suspensión rígida (que jamás arruina la calidad de marcha, aunque el tamaño entre ejes seguramente es la clave en este aspecto) y la dirección con un grado de asistencia que parece mágico, pues no refleja el tremendo peso (2,040 kg) y sí transmite agilidad. Lo dicho: un alarde de electrónica y dominio de la física.

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¿Por qué desarrolla Audi un auto así, tan radical? Respuesta rápida: porque puede. Porque la publicidad del tipo “un sedán más rápido que el Ferrari 458 y a la mitad de precio” le viene de perlas. Porque sabe que su sportback (algo así como un hatch sobredimensionado) es una de las configuraciones de carrocería más atractivas para este tipo de sedanes, y cualquier capacidad dinámica añadida lleva al auto directo a las mejores páginas de la historia de la velocidad y el lujo. 

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Y porque su desarrollo pionero de la tecnología quattro profetizó la llegada de este tipo de maravillas en la familia RS.
El interior es, claro, opulento. La mezcla de fibra de carbono, piel valcona y superficies negras con tacto del tipo ‘tecla de piano’ tiene su maestría. Y el volumen para ocupantes y carga es suficiente como para fantasear con huídas de emergencia, cargando a la familia entera. Sí: en las plazas traseras la consola al centro elimina la posibilidad real de sentar a tres adultos. Pero la ‘compuerta progresiva de poder’, a merced del acelerador, le resta importancia a cualquier otra cosa.

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