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Genes e inteligencia

03/12/2017
02:14
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La inteligencia es multifactorial. Factores ambientales, familiares, sociales y genéticos conforman, grosso modo, sus bases. Dos escenarios. Para implementar la inteligencia es necesario mejorar los factores vinculados con el ambiente; no permitir, como sucede en México debido a los hurtos sinfín de nuestros políticos, que madres indígenas engendren bebés víctimas de desnutrición in utero es fundamental: la carencia de proteínas deviene en menor desarrollo cerebral; permitir que la población viva en áreas donde la concentración de plomo en el agua potable supere las normas oficiales es criminal. Por el contrario, facilitar y promover a partir de la infancia, como sucede en países ricos, el acceso a la cultura y al mundo de las ideas, es bienvenido y necesario. Segundo escenario. Modificar el árbol genético, in utero, cuando la ciencia lo permita, ¿será deseable y éticamente correcto?

Modificar “genes inteligentes” conllevará racismo; las diferencias económicas y el acceso a “ciencia avanzada”, como hoy sucede con todo lo relacionado con la medicina, sólo beneficiará, por razones pecuniarias, a las personas ricas, lo que ahondará las diferencias entre familias ricas y pobres; los vástagos de las primeras, cuyos genes fueron alterados antes del nacimiento, serán más inteligentes y capaces, y tendrán más posibilidades de incrementar su capital económico.

Recientemente un equipo de científicos identificó 52 genes vinculados a la inteligencia por medio del estudio de 80 mil personas. De acuerdo con las investigaciones preliminares, deben existir más genes asociados. Los investigadores secuenciaron —proceso por el cual se determina el orden de los cuatro componentes básicos del ácido desoxirribonucleico—, parte del material genético del ADN de personas no relacionadas entre sí y buscaron si aquellos que tenían calificaciones altas en pruebas de inteligencia compartían marcadores genéticos. El estudio, así como el análisis de investigaciones previas, encontró 52 genes asociados a la inteligencia. El hallazgo conducirá a nuevos experimentos sobre los fundamentos biológicos de la inteligencia y del razonamiento.

Aunque el estudio no asegura que la inteligencia sea determinada genéticamente, debido a la influencia de factores externos en su desarrollo como se mencionó anteriormente, se piensa que el descubrimiento de los 52 genes asociados a inteligencia podría servir para desarrollar métodos de intervención eficaces para asistir a niños con problemas de aprendizaje. Sin embargo, y es un sin embargo muy grande, desde la ética se avizoran posibles problemas.

Al igual que la ciencia es neutral, los genes son neutrales. Quien determina los usos adecuados de la ciencia y del conocimiento —vacunas y agua potable— o los usos inadecuados —bombas atómicas—, es el ser humano. Lo mismo podría suceder con la manipulación genética de la inteligencia; de llevarse a cabo, las intervenciones podrían devenir en “genes racistas”.

La condición humana es imprevisible. Muchos sucesos trágicos se repiten sin cesar. Aprender de la historia con el fin de no repetir es letra muerta. Basta mirar el mundo. Guerras, racismo, refugiados, genocidios son noticia diaria. Las formas de matar y discriminar han cambiado, pero no su vigencia. De ahí la “preocupación ética” —las comillas son mías—. En la era Trump y de sus trumpianos el racismo es vigente. Afirmar que el racismo científico —uso de técnicas e hipótesis aparentemente científicas para apoyar y justificar el racismo y la superioridad racial— ha muerto y que el nazismo y brazos afines pertenecen a la historia es equivocado. Hace no muchas décadas el racismo era una “moda genética”. El racismo genético sugería que, si algunas características de los seres vivos se heredan, otras, como la inteligencia, la moral y ciertas cualidades intelectuales y éticas, también podrían hacerlo, por lo que, de acuerdo con sus postulados, quienes nacen con cargas genéticas fuertes tienen más oportunidades y prebendas que quienes nacen con cargas pequeñas, es decir, hay “genes superiores” y “genes inferiores”. Implementar la modificación genética de “genes inteligentes” podría revivir el racismo genético.

La ciencia es maravillosa, clasista y, a la vez, positiva y terrible. La eugenesia, “filosofía” que enaltece y busca mejorar los rasgos hereditarios mediante diversas formas de intervención manipulada, es lejana, pero no su ideario. El terrible exabrupto de James D. Watson, premio Nobel, padre de la genética moderna y codescubridor de la doble hélice del ADN, es ejemplo, entre una miríada de situaciones, de racismo genético. En 2007, afirmó “que los negros son menos inteligentes que los blancos”.

 

Médico

Médico. Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos. En 2013 publicó "Decir adiós, decirse adiós" (Mondadori).

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