Segunda Vuelta

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La forma del agua, o el deseo de soñar

La nueva película de Guillermo del Toro es tal vez el mayor retrato de su pensamiento
10/01/2018
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Salvado y absuelto por los monstruos, Guillermo del Toro es un director ineludible por su peculiar forma de reconciliar lo horrendo con lo gentil. El fantasma, el diablo, el fauno, la criatura de una laguna probablemente negra, no son en su cine símbolos de nuestros temores sino la ruta a la redención en un mundo insoportablemente violento. La brutalidad de balaceras y torturas en el cine de Del Toro no es un intento de alcanzar el realismo sino de resaltar la crueldad humana, sobre todo cuando está ligada a la política. Es en la monstruosidad imaginaria donde, al contrario de lo que nos muestra el horror tradicional, los humanoides dan la bienvenida a extranjeros de la sociedad humana y de sí mismos. Ahí las garras, las escamas y los colmillos se oponen con generosidad a las pistolas y las ideologías perversas de nuestros congéneres. Guillermo del Toro es el humanista de los monstruos y el denunciante de la monstruosidad en lo humano. Su más reciente película, La forma del agua (The Shape of Water, 2017), es tal vez el mayor retrato de su pensamiento.

Toda la filmografía de Del Toro es un intento por desafiar la personalidad estereotipada del monstruo: feroz, indomable y asesina. En las cintas de Hellboy, el director nos lo ha presentado como un héroe amoroso que se embriaga escuchando a Barry Manilow, mientras que en sus películas de la Guerra Civil Española, El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), un fantasma y el fauno del título salvan a la infancia española de los franquistas. Sin embargo Del Toro no intenta engañarnos: los monstruos no terminan la guerra ni restauran la república. Pero como símbolos de la imaginación sí ofrecen el sueño de un lugar mejor. 

La forma del agua continúa esta tradición e incluso llega a niveles de rebeldía más notables al romper no sólo con las convenciones del cine de monstruos sino también con las del cine comercial. Después de Titanes del Pacífico (Pacific Rim, 2013) —la película más cara de su carrera— y La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015) —la más débil— Del Toro regresa con una historia donde la sexualidad y la diferencia ocupan un lugar primordial en las vidas de sus personajes. 

Situada en los 60 —la opresiva época a la que ansían regresar ultraconservadores como Stephen Bannon—, La forma del agua es una fábula que les habla a los habitantes de los 2010 de la liberación que ofrecen estos años a los marginados raciales y sexuales. La protagonista, Elisa Esposito (Sally Hawkins), es una encargada de limpieza en un laboratorio secreto del gobierno estadounidense. Muda a causa de un accidente en su infancia, Elisa retiene cierta normalidad porque puede escuchar a otros y comunicarse con el lenguaje de señas. Así ella logra sostener sus amistades con Giles (Richard Jenkins), un artista de publicidad que lleva toda su vida ocultando su homosexualidad, y Zelda (Octavia Spencer), una parlanchina colega que sufre de discriminación racial por ser negra. El elenco humano lo completan el Dr. Hoffstetler (Michael Stuhlbarg), un discreto y compasivo científico, y el coronel Strickland (Michael Shannon), el sádico hombre a cargo del laboratorio. Pero el personaje más singular lo interpreta Doug Jones: una criatura similar a la de El monstruo de la laguna negra (Crature from the Black Lagoon, 1954), aunque más en la apariencia que en su carácter. Si en aquella película el humanoide atormentaba a un grupo de exploradores y secuestraba a una mujer hermosa, aquí Elisa, hermosa en contra de los estándares de belleza tradicionales, rescatará de las torturas de Strickland al ser que se convertirá, en cambio, en su salvación erótica. Se trata, pues, de una metáfora feminista de una relación interracial.

Pero al contrario de una narración evangelizadora, Del Toro logra que su fábula humanice en vez de simplificar a sus personajes. A lo largo de la película aparecen escenas cuyo propósito es, más que narrar la historia, darle mayor volumen a los personajes. Al principio, por ejemplo, después de una elaborada toma submarina de lo que resulta ser un sueño, vemos la rutina matutina de Elisa, que incluye bañarse y masturbarse en la tina. La franqueza de este detalle y de la forma en que está filmado —sin ocultar la desnudez o sin moralizar sobre una búsqueda trivial de placer—, nos demuestra una actitud indiferente a la mojigatería, aunque incluso los mojigatos reciben la compasión de Del Toro. Strickland, nos enteramos hacia el final, es una víctima de un sistema de pensamiento oxidado, tanto como la gente a quien él victimiza.

Aunque la narrativa a veces favorece más la historia que los temas y llega a caer en ciertas convenciones como enfrentamientos climáticos en la lluvia, la película destaca en la filmografía de Del Toro por su estilo, que sólo puedo describir como submarino. La cámara, siempre en movimiento, parece nadar alrededor de los personajes y sus entornos. La luz intensa y dramática tiene la textura del sol visto desde abajo del agua. Pareciera un intento de hacernos percibir el mundo como lo vería un pez —o un hombre parecido a uno— si pudiera nadar en él. Por otra parte, la música de Alexandre Desplat, con sus sonidos agudos y un reflejo infantil de la timidez de Elisa, nos sugiere el encanto de la fantasía romántica y busca agudizar el efecto de ella sobre los espectadores. Lo que vemos en La forma del agua, como en toda la filmografía de Del Toro, claramente no es real. Tal vez esté de más aclarar esto sobre una película en la que se enamoran una mujer y un hombre-pez, pero el deseo bajo el cual se orienta parece decirnos desde su primer encuadre: ojalá lo fuera. 

Twitter:@diazdelavega1

Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...

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