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Dos Fridas: la muerte intímamente mexicana de Ishtar Yasin

13/08/2019
01:24
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Una película como Dos Fridas no puede ser otra cosa que un acto de amor. Sin duda Ishtar Yasin, se entrega completamente en esta historia íntima y al mismo tiempo universal. No solamente porque escribe, dirige y actúa: ha puesto en ella el corazón. Se trata de una obra de autor, y como todo acto de amor es desinteresada, pura, solamente pretende ser.
Ishtar, mujer chilena y del oriente medio, nacida en Costa Rica, educada en Moscú y en París, se reconcilia en México con su pasado. Lo hace a través del pasado prehispánico multicolor que evocan estas tierras. El tiempo espiral y cíclico en el antiguo México (como seguramente fue el tiempo de la autora durante los pasados ocho años, mientras rodaba el filme) marca esta obra que no se pueden perder.

Las historias que descubre Yasin están sitiadas, contenidas, dentro de la historia de Judith Ferreto y Frida Kahlo. Se expanden luego ante la mirada del espectador. La vida íntima de dos mujeres (o quizá cuatro, o seis u ocho...) juega entre la memoria, la imaginación y la experiencia vital de la última Judith, en un instante mitológico que enmarca su propia muerte. La historia contenida dentro de la historia de Dos Fridas es una auténtica obra Kahlo. Conserva sus colores y sus matices. Además los diálogos solo surgen cuando resulta estrictamente necesario. Es un logro visual que parece haber estado resguardado en un cuadro de la pintora desde siempre. Sin embargo, es más que un cuadro en movimiento. Es memoria en movimiento, al recordarse la vida mientras se está muriendo: es un espectáculo interior.

Esta es una de las producciones que simplemente tienen que ser, que pareciera que siempre han sido o que fueron creadas en un parpadeo. Así es la historia que sobre Judith Ferreto, quien fuera enfermera y amiga íntima de Kahlo, nos cuenta Ishtar Yasin. Pero sería muy pobre decir que se trata simplemente de una película sobre Judith Ferreto o sobre la intimidad de una Judith Ferreto que se despide de la vida. Desde una lógica dual, mítica, la película transcurre en un portal, Judith misma es un altar de muertos. La audiencia debe cruzar para hacer este viaje hacia su intimidad.

Yo veo a una autora concentrada en el paso al Mictlan: a través del pasillo del hospital hacia la ruta marcada por los cantos que ayudan a morir y entona el pueblo, la gruta que deja atrás a la nodriza que habita las raíces del árbol de Tamoanchan, los recuerdos de amigos del pasado real e imaginado (Frida, Marx, Gagarin, Freud, Carmen Lyra, Diego Rivera, Artaud...). Las grutas de Cacahuamilpa enmarcan este viaje al inframundo, nos retratan una muerte real (la de Judith) y una muerte simbólica (el ocaso de toda una época). El retorno al vientre materno que simula la entrada a las grutas nos sorprende al mostrar que ningún vientre, ninguna entraña, ninguna vida, y por tanto ninguna muerte están realmente vacías. Los compañeros de vida, reales e imaginarios, nos esperan ahí. Toda la vida íntima lograda, nos espera ahí. La película no se enfoca en el desgaste lento de la enfermera de Kahlo ni retrata un proceso de muerte inevitable, más bien pasivo. La realizadora decide presentar una muerte viva que sirve de escenario para múltiples expresiones de la vida, quizás porque de hecho toda muerte excreta algo que sirve de alimento al universo mismo y conecta todo lo que vive.

No es una película sobre Judith Ferreto, tampoco es una película sobre Frida Kahlo, que no aparece sino simbiotizada por amor en Judith. Diría que es una película sobre la muerte. Logra condensar el presente, el pasado y el futuro en un solo instante que se desdobla ante nuestros ojos para poder ser comprendido. Un solo día. El último día antes del viaje por los nueve niveles del Mictlan. Los antiguos mexicanos, creadores del Mictlan, creyeron, como Yasin, que el universo está dentro de nosotros y nosotros dentro del universo y por ello nadie muere del todo. Todo está conectado. El agua que llueve en cada rítmica gota, el agua que Judith canta “tip-tap”, el agua que pinta Frida, es la misma del río que hemos de cruzar una vez llegada la hora. Pese a todo esto, nada en el universo es tan burdamente repetición o cadencia. Hay un modo sutil y único en el que se concreta lo que existe.

Explico un poco nada más: para los antiguos nahuas no existía oposición entre la vida y la muerte porque creían que la muerte era genésica y el complemento natural de la vida (a través de la muerte, se engendraba más vida). La existencia se definía como la complementaria participación de la vida con la muerte. La vida, nemiliztli, sería nuestro recorrido existencial en el tlalticpac, mientras que la muerte, miquiztli, sería el andar por la región de los muertos, mictlan. Para ellos, solo la combinación integraba la vida completa (yoliztli). Lo entendían como una senda de ida y vuelta, pero que al final era un solo camino: la vida que incluye el corazón.

En la cinta vemos cómo Judith hace este viaje de ida y vuelta . “La película es un ir y venir entre el pasado y el presente, es el fluir constante de un nuevo tiempo creado y vivido desde la memoria hasta que finalmente Judith se sumerge en el mundo de la imaginación y ya no sale más”, dice la propia realizadora.

Si uno quisiera hacer una película sobre la muerte, quizás habría que hacerla en México, seguramente habría que hacer la que concibe Isthar Yasin. Es casi la muerte, es la nostalgia pura... pero nos la da envuelta en una narración de lo más generosa por tan íntima y personal, de lo más viva (a pesar de la muerte). La autora sabe que aunque morimos solos y una única vez, morir puede ser una fiesta....una fiesta entre los muertos que antes amamos, en compañía de nuestro mundo imaginario, político, literario... una celebración de la intimidad que logramos construir en vida. Yo también pienso que al momento de completar el camino (la vida que incluye el corazón, yoliztli), alguna fiesta habrá.

Dos Fridas es un regalo maravilloso. Una película que me cambió la muerte.
 

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