Las épocas tienen palabras. La década de 1990 trajo la “globalización” y el yijadismo de 2001 esparció el “terrorismo”. El “imperio” sólo queda en la academia y en discursos exaltados, aunque en ambos se teme y parece estar vetado; en cambio, el “imperialismo” ––misterioso y poco meditado–– se hereda entre las generaciones de América Latina. Hay términos que se resguardan en libros y vuelven en discursos pretenciosos y lejanos de lo elegante ––como el “Concierto de las naciones” o el “choque de civilizaciones”. Otros conceptos regresan del desaire, porque, cuando el presente es confuso, se busca en lo que ya se ha pensado. Las ansiedades del mundo liberal llevaron a menospreciar la “geopolítica” y el encuentro con la realidad la reintegró al vocabulario. La rivalidad de las últimas décadas entre China y Estados Unidos despertó el lenguaje del letargo del liberalismo y la expansión de Rusia sobre Crimea en 2014 hizo recordar que la geografía importa en la política internacional.

En 1904, Halford J. Mackinder, geógrafo inglés, pensó que la geografía era relevante para entender la política internacional y que los intereses y las posibilidades de los países estaban delimitados por lo que reflejaba el mapa. “El hombre, y no la naturaleza, actúa, pero la naturaleza generalmente controla”, dijo ante el público de la Sociedad Geográfica Real, en el Gran Bretaña. Años después, durante la década de 1920, Karl E. Haushofer, militar y académico alemán, fundó en la Universidad de Múnich un instituto inspirado en la “nueva ciencia” que había descubierto Mackinder y llamó a sus estudios “Geopolitik” ––es decir, “geopolítica”. El régimen nazi vio en el Instituto de Geopolítica un instrumento valioso para prever el comportamiento de las potencias rivales y para planear la estrategia que llevaría a conseguir lo que Haushofer llamaba un “espacio vital” (en alemán, “Lebensraum”) y la dominación mundial. Sin embargo, la locura de la guerra y el mesianismo de Adolf Hitler llevaron al geoestratega y sus ideas al desastre; Haushofer terminó en el campo de concentración de Dachau por oponerse a la estrategia de invasión de la Unión Soviética y, meses después de la caída de Berlín, se suicidó con su esposa.

Aunque la idea del mundo como un tablero condicionado por la geografía continuó durante la Guerra fría en las mentes de los analistas internacionales de las grandes potencias, después de la Segunda guerra mundial, la palabra “geopolítica” quedó relegada al ámbito académico y a pláticas entre especialistas. Las explicaciones en el espacio público sobre la contienda entre la Unión Soviética y Estados Unidos se inclinaron hacia las diferencias ideológicas y otros factores que influían en la política internacional, como la geografía, quedaron de lado. El supuesto éxito del orden liberal en el mundo, durante la década de 1990, implicó el olvido de la “geopolítica”; los arcaísmos de tiempos que se pensaban menos sofisticados incomodaban en la época de la globalización y salieron del debate público. Pero la realidad política no se detiene ante las ideologías.

Las políticas expansionistas del Partido Comunista Chino y del gobierno ruso de Vladimir Putin sobre puntos geográficos de importancia militar y comercial han hecho que la palabra “geopolítica” vuelva a estar en tendencia. A la menor provocación, comentadores de noticias internacionales hablan sobre las “consecuencias geopolíticas” y sobre la “rivalidad geopolítica”; sin embargo, pocas veces saben lo que dicen. Tal vez por el olvido de este término o porque la moda y la reflexión parecen ser antónimos, en estos años, por lo general, se usa de forma incorrecta el concepto de “geopolítica”. Se piensa que es sinónimo de “política internacional”, pero esto no es así, pues no todas las interacciones entre Estados involucran consideraciones geográficas. Por ejemplo, no sería lógico clasificar como “geopolítica” las desavenencias entre México y Canadá durante las primeras etapas de la negociación del nuevo tratado comercial de América del Norte, porque no fueron resultado de la geografía, sino de la rivalidad económica. También, esta palabra muy usada y poco analizada parece ser equivalente a la “política de grandes potencias”; sin embargo, la lucha entre los países más poderosos no siempre involucra factores geográficos. No pueden clasificarse los desencuentros entre China y Estados Unidos por el nuevo coronavirus como un suceso “geopolítico”, porque poco o nada tiene que ver en esto la geografía, pero, de todas formas, no ha pasado un día sin que algún analista nervioso o desinformado hable de la “geopolítica del virus”, dejando más dudas que respuestas.

Los conceptos, al delimitar la realidad, permiten analizar con mayor precisión y encontrar lo que de otra forma no se habría visto. Cuando se utiliza de forma adecuada, la “geopolítica” ayuda a pensar sobre cómo influye la geografía en la contienda política; en cambio, cuando se deforma su significado, se vuelve irrelevante su regreso a nuestro léxico. Hay consenso en el mundo académico en que la “geopolítica” es el estudio de la influencia de la geografía sobre la política internacional; usarla de otra forma oscurece la percepción del presente.

Investigador del Centro de Investigación Internacional (CII) del Instituto Matías Romero de la SRE. 
@rijasso en Twitter. 

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