Yo, el Supremo

Raudel Ávila

Pisotea las leyes a su antojo, incluso las que él promulgó. Se cree también el primer intelectual de la nación

Paraguay es uno de los países más pequeños y pobres de América del Sur, pero produjo un escritor de primera línea: Augusto Roa Bastos. Su obra cumbre es Yo, el supremo, retrato de Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay entre 1811 y 1840. La primera parte de la novela es un fascinante “diálogo” entre el político y Patiño, su asistente personal. En realidad, Patiño solamente toma dictado de las palabras del Supremo y a veces lo interrumpe para expresarle su admiración o adularlo. No obstante, el Supremo no tolera ninguna interrupción, ni siquiera para recibir alabanzas, así que insulta y humilla a su asistente. “Cállate”, “no sabes nada, ignorante”, “no digas estupideces, solo yo sé cómo arreglar esto” etcétera. Son tantas las descalificaciones públicas de su colaborador, que a pesar de ser un lacayo incondicional y carente de dignidad, termina por dejar de hablar. Llega un momento en la novela que ya nada más se oye la voz del dictador. Él es el pueblo, el gobierno, la nación, todo encarnado en su persona. Su voluntad reina sin resistencia alguna. Todos los bienes son suyos, toda la gente se le somete. Descalifica a los críticos, acusándolos de traidores a la patria o enemigos del pueblo “les quema la sangre que haya asentado, de una vez para siempre, la causa de nuestra regeneración (nacional)… Les quema la sangre que haya restaurado el poder de la gente común en la ciudad, en las villas, en los pueblos…”.

El Supremo pisotea las leyes a su antojo, incluso las que él impulsó y promulgó. “Para crear el Derecho, suspendí los derechos… liquidé la impropiedad de la propiedad individual para convertirla en propiedad colectiva.” Su arrogancia lo lleva a creerse experto en obras públicas. Abre las puertas del palacio de los virreyes para que el pueblo pueda visitarlo, pero él se construye una mansión más grande. Manda edificar obras faraónicas e inútiles para ser admirado por la posteridad, mientras la población pasa desempleo y hambre debido a la desviación de recursos que ocasionan sus locuras. Al principio, lo apoyan personajes respetados de la república, pero poco a poco se van distanciando. “Los he preferido leales funcionarios que no hombres cultos. Capaces de obrar lo que mando… únicamente exijo que sea leal”, reclama delirante.

Se cree también el primer intelectual de la nación. Cambia la fecha de las conmemoraciones para acomodarlas a su particular versión de la historia patria, cuyo personaje principal es él. Maldice a los escritores independientes: “Debiera haber leyes en todos los países que se consideran civilizados, como las que he establecido en el Paraguay, contra los plumíferos de toda laya. Corrompidos corruptores. Vagos… Trúhanes, rufianes de la letra escrita… el peor veneno que padecen los pueblos.” Regaña a los científicos, pues él se considera experto en astronomía. Gradualmente, el país se va volviendo ridículo para satisfacer los caprichos y ego del Supremo, cada vez más patético en sus delirios. Más grave, Paraguay termina aislado del resto del mundo y todavía más pobre de lo que era cuando el Supremo tomó el poder. El Supremo está feliz. Su voz es la única que cuenta en el país, pero empiezan a producirse problemas que ignora cómo solucionar y no le cuento más al lector para no arruinarle la novela. Es la peculiaridad de los grandes escritores, su condición universal. El libro habla de un pequeño país sudamericano en el siglo XIX, pero su relato parece trasladable a otras realidades. Los personajes de la novela padecían numerosas vejaciones de su gobernante porque no tenían derecho al voto. Usted sí. Valórelo.

 

Analista

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