México, China y la segunda guerra fría

Raudel Ávila

Entre los innumerables artículos publicados sobre la visita presidencial a Washington, ninguno se ocupó de la declaración más sorpresiva del Presidente López Obrador. En referencia a futuros viajes internacionales, el mandatario mexicano expresó “si salgo, tengo el compromiso de ir a China.” Asombroso que ningún periodista preguntara ¿Compromiso con quién y a causa de qué? Si la justificación oficial del viaje a Washington tenía una lógica comercial, entonces resultaría natural suponer que el segundo viaje presidencial fuera a Ottawa. Canadá es, después de Estados Unidos, el segundo destino de las exportaciones mexicanas y el otro socio en el TMEC.

Los especialistas coinciden en que la pandemia del coronavirus aceleró el imparable ascenso de China como potencia rival de Estados Unidos. El conflicto es inevitable y tendrá reverberaciones en ésta y las décadas venideras, con independencia del ganador en las elecciones presidenciales estadounidenses. Conflicto de manifestaciones en todos los órdenes: ideológico, militar, económico, tecnológico y hasta cultural. A falta de mejor nombre, algunos hablan de una segunda guerra fría. A querer o no, México ya tomó postura en este conflicto. El TMEC evidenció la permanencia mexicana en el bando estadounidense. Durante la guerra fría original, México estuvo alineado con Washington, pero mantuvo relaciones estables con la URSS. Aún así, el gobierno mexicano espiaba continuamente la embajada soviética.

Christian Brose, ex director del Instituto de Servicios Armados del Senado de Estados Unidos argumenta en su nuevo libro The Kill Chain que el ejército norteamericano, obsesionado con el arsenal nuclear, ya tiene menos submarinos y buques de guerra que China en los mares asiáticos. Lo anterior repercute en la confianza con la que China despliega su fuerza naval en la zona y endurece su política interna. La muy reciente Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong borra de golpe las libertades políticas y económicas que había mantenido ese territorio. La relación de Pekín con Taiwán sigue tensándose. La política china de discriminación activa contra la minoría musulmán uigur se intensificó. Como consecuencia del choque con tropas chinas en el Himalaya el mes pasado, India, tradicionalmente no alineada en su política exterior durante el siglo XX, ya comenzó un proceso de acercamiento estrecho con Estados Unidos. Su intención es contener la amenaza nuclear de China y la cercanía de ésta con Pakistán. Japón, Vietnam, Corea del Sur, Singapur y Australia también refuerzan sus lazos estratégicos con Estados Unidos en un esfuerzo de contención de China. Rana Foroohar convocó en el Financial Times a la formación entre Estados Unidos y Europa de una alianza tecnológica y regulatoria transatlántica contra las empresas digitales chinas. América Latina otra vez se quedará en la periferia tecnológica. Hay rumores de acercamientos entre Irán y China.

A nuestro país le urge una gran discusión sobre sus relaciones con China. Por fortuna, tenemos diplomáticos muy experimentados en el servicio exterior, sinólogos de primera en El Colegio de México, especialistas del COMEXI y periodistas conocedores de la región. Mario Ojeda, pionero en el estudio de las relaciones internacionales, se quejaba de que no tuviéramos expertos en las relaciones Estados Unidos-Reino Unido o Estados Unidos-Israel. “México necesita estudiar la política exterior de esos países para saber cómo se construye una relación especial con la súper potencia” decía. Hoy deberíamos estar estudiando exhaustivamente, cuando menos, las relaciones de China con Estados Unidos, Reino Unido, Australia e India. El canciller Marcelo Ebrard fue alumno de Mario Ojeda en El Colegio de México. Ojalá lo considere. Como en el poema de John Donne, “ningún hombre es una isla.” México tampoco y no puede desentenderse del mundo que viene.

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