El monstruo

Paola Félix Díaz

Al tratarse de un sector poblacional vulnerable, las niñas y los niños están expuestos al abuso en cualquier lugar y en todo momento

A las mexicanas y los mexicanos:

Hay un monstruo en el planeta y nadie quiere hablar de él, ya sea por franco desinterés o por temor a ponerle nombre y así tener que afrontar la desolación que le sigue. Cualquiera que sea el motivo, conservarlo en los aposentos del olvido implica una omisión criminal, ya que el abuso infantil y la consecuente vulneración de la infancia es un tema tan grande que apenas cabe en las inmediaciones de este mundo y, sin embargo, el silencio que provoca resulta ensordecedor.

Este problema no distingue entre clases sociales, religiones, culturas o países. Al tratarse de un sector poblacional vulnerable, las niñas y los niños están expuestos al abuso en cualquier lugar y en todo momento: adentro de las aulas escolares, en la calle, en los espacios públicos y, lo que es peor, en sus propios hogares. Una de cada dos personas menores de edad en el mundo sufre de algún tipo de maltrato, ya sea por violencia física o psicológica y, uno de cada cinco sufre de violencia sexual antes de cumplir los 17 años.

Por si lo anterior fuera poco, se suma el hecho de que toda crisis humanitaria pone en riesgo a los más desprotegidos. Ellas y ellos siempre son los primeros en resentir las embestidas de éstas. La pandemia desatada a raíz del coronavirus ha exacerbado esta lamentable verdad, desbocando la violencia latente en los hogares, debido a la inseguridad económica, el desempleo, el aislamiento social y las restricciones de movimiento que ésta genera. De acuerdo con datos proporcionados por la UNICEF, tan sólo en el transcurso del primer mes de la crisis sanitaria, en México, se registraron 115 mil 614 llamadas de emergencia al 911 por incidentes como abuso sexual, acoso sexual, violación, violencia de pareja y violencia familiar.

El abuso infantil tiene muchas acepciones, siendo quizás el maltrato físico y la pederastia sus aspectos más atroces. Si bien la pederastia por sí sola es uno de los crímenes más despreciables y ruines en la escala de la perversión humana; un crimen que devasta física y psicológicamente a la víctima y a su entorno familiar, a veces, la simple impartición de su justicia sólo consigue alargar el sufrimiento. De acuerdo con un estudio realizado por el diario El País, al menos en lo que se refiere a España, sólo 17 por ciento de los casos de pederastia llegan a juicio, lo que equivale a una de cada cinco denuncias. Para ponerlo bajo otra perspectiva: 20 por ciento de los niños y niñas de Europa, Estados Unidos y Canadá han sido abusados sexualmente.

Al igual que el abuso sexual, las secuelas más graves del maltrato físico también son las de carácter psicológico. Como es el caso de las víctimas menos visibles de la guerra en general y de la narcoguerra en específico, tratándose de América Latina y México. Estos niños no sólo se ven obligados a lidiar con el trauma que implica crecer en zonas de conflicto, sino que muy a menudo se ven expuestos a la orfandad y a la súbita violencia y vulneración de sus derechos, ya que, en muchas ocasiones, una vez desprotegidos del cuidado de sus padres, son reclutados por los propios asesinos para formar parte de los cárteles o para combatirlos. Un ejemplo de esto último sucede aquí mismo en nuestro país; más específicamente, en el municipio guerrerense de José Joaquín de Herrera, donde niños de entre 6 y 11 años se ven obligados a unirse a la lucha armada de la policía comunitaria contra el narco. Lo que nos lleva al menos a dos preguntas obligadas: ¿Quién les dio las armas y cuál es la procedencia de éstas? Sorprende que casi nadie se atreva a señalar los usos y costumbres, como ninguna otra vertiente del relativismo cultural para justificar y defender este terrible fenómeno, porque por encima de todo hay que privilegiar el interés superior de la niñez.

Aunque en un plano menos cruento y explícito que la guerra, pero igualmente dañino, están los peligros que acechan en la era digital. Las y los niños están más expuestos que nunca a los insultos, al sexting, a la intimidación y, en el peor de los casos, a la trata de personas, a la pornografía infantil y otras formas de explotación, así como al acoso de pederastas quienes se apoyan en las redes para extender su presencia indeseada hasta el corazón de los hogares.

Resulta realmente perturbador e indignante reconocer que cualquiera puede transgredir la faceta más vulnerable de nuestra experiencia humana, de la única verdaderamente sagrada e intocable.

Existen ciertas tribus en el Amazonas donde la crianza de los niños corre por cuenta de todos sus miembros. Quizás sea conveniente adoptar esa noción primigenia y elemental; de cambiar preceptos y empezar a partir del entendimiento de que todas las niñas y todos los niños son nuestra responsabilidad. La sociedad mundial debería actuar como esas tribus y no como hordas de bárbaros insensibles que minusvaloran a los más débiles.

Resulta imperativo hablar del monstruo, de trazar sus siluetas y de nombrarlo con todas sus letras para exhibirlo y combatirlo sin clemencia.

Paola Félix Díaz
Titular del Fondo Mixto de Promoción Turística de la CDMX;
activista social y exdiputada federal.

 

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