Los niños que trabajaban en el Centro

Mochilazo en el tiempo

En el México de antaño era común que los niños y niñas ayudaran al ingreso familiar trabajando como repartidores, meseras, nanas, “papeleritos”, mandaderos o cajeras. Recordando el Día del Niño retomamos algunas historias

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Rosticería y bar Paolo, en la esquina de 16 de Septiembre y Gante en los años 60. Hoy en día es un local de comida argentina. Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL.

En décadas pasadas en México era común ver trabajar a menores de edad en el centro de la capital, aquellos niños se ocupaban en diversos oficios, dependiendo la condición social de cada familia.

En los años 50 del siglo pasado, los más humildes trabajaban como mozos, botones, repartidores, mandaderos y periodiqueros (también conocidos como “papeleritos”), boleros, chicleros y globeros. Las niñas lavaban ropa o se empleaban como nanas y trabajadoras domésticas.

Los niños y niñas de un nivel un poco más alto eran ayudantes en tiendas o negocios; también gritones de la Lotería.

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Niños empacadores afuera de una tienda o llevando mercancía a los coches en el año 1992. Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL.
 

Para las generaciones que hoy en día son abuelos o padres, esto solía verse como normal y era una forma de apoyar a la economía familiar. En caso de tener hijas mayores, se acostumbraba a que ayudaran con la crianza de los hermanos más pequeños.

Según la socióloga Olivia Domínguez, el trabajo infantil ha sido parte de los usos y costumbres en México, así como en muchos países del mundo.

“En particular los que corresponden al llamado Sur Global desde hace muchas generaciones, principalmente en contextos rurales, aunque con las migraciones a los espacios urbanos se ha seguido reproduciendo, sobre todo en lo que corresponde al ámbito de la economía informal”.

En la actualidad, a pesar de que hay severas regulaciones a nivel nacional e internacional, el trabajo y explotación infantil siguen existiendo “ya no en los esquemas laborales formales —como lo fue durante el siglo XIX—, sino en la economía informal y en el trabajo familiar auxiliar, que corresponde a la contribución con tiempo de trabajo en negocios familiares y, por lo general, no reciben paga alguna”.

Los trabajos de Carmen en el Centro

El día que Carmen García terminó su último año en la Escuela Primaria República de Honduras, ubicada en la colonia Guerrero de la capital, su hermana se le acercó y le dijo: “Fíjate que ya tienes empleo para ayudar a la familia”. Carmen tenía 13 años.

Aquellos años 50 estaban por iniciar y ella cuenta en entrevista que no tomó con desagrado la idea, así que comenzó a trabajar en una rosticería que conectaba con un bar llamado Paolo, en la esquina de Gante y 16 de septiembre, en el Centro Histórico.

En esa época era común que la gente trabajara desde muy joven; en el caso de Carmen, oriunda de la colonia Guerrero, su familia la conformaban cinco hermanas, su papá y su mamá.

Su hermana, quien le consiguió el empleo, también trabajaba en Paolo, ella era la encargada de la preparación de bocadillos y Carmen, por ser pequeña, laboró en distintos puestos.

Fue su primer empleo. Carmen recibía un pago de 31.50 pesos semanales, que era el sueldo mínimo; su uniforme era portar un mandil.

El sobre con su pago lo entregaba a su mamá, quien decidía cuánto dinero tendría al final de la semana. Recuerda que con su primera remuneración se compró zapatos, “ahí empezó mi vicio por ellos” y comprar lo que le gustaba le daba alegría.

“En esos días no se le conocía así, como Centro Histórico, era sólo el Centro”, comenta Carmen. “Paolo estaba ubicado en una calle muy transitada y quedaban cerca lugares muy concurridos como el famoso restaurante Prendes, la panadería La Ideal, un bar llamado La Cucaracha —al que iba todo tipo de gente—, la Compañía de Luz, el Cinema Palacio y una iglesia metodista que aún existe.

“Paolo” era propiedad de una familia española y vendían, además de pollos asados y rostizados, pasta que ahí preparaban.

“A través de un pasillo se conectaba el bar, al que acudían actores o personalidades del momento que atendía uno de los dueños, Pablo Álvarez, quien siempre vestía elegante”, dice.

Don Pablo —como lo llamó Carmen— había comprado el bar a unos italianos. Su primera jefa fue una española que la trató muy bien, tanto así que Carmen la vio como una segunda madre ya que siempre la cuidó y procuró; la apodó La Chavalita, sobrenombre por el que sería llamada todos los años que trabajó ahí.

Estuvo como cajera entre tres o cinco años con un horario de 12 a ocho; también se organizó para estudiar la carrera técnica de secretaria bilingüe.

“Ahí [en Paolo], con mis pocos años y mi presunción, le dije a la española que le pusieran al estante de los vinos un letrero que dijera ‘english spoken here’ y, por supuesto, quería un poco más de sueldo”, pero no quisieron y Carmen terminó yéndose.

Labor de responsabilidad

A pesar de haber terminado su relación laboral con Paolo, Carmen no dejó de trabajar en el Centro, que a su parecer era una belleza: tenía edificios hermosos y también estaba cerca el Cine Olimpia y un café con ese mismo nombre que abría las 24 horas. Su segundo empleo duró poco y fue en una joyería en la calle de Bolívar llamada Casa Borda.

Más tarde junto con su hermana, quien también había dejado Paolo, trabajó en la cafetería La Blanca, ubicada en 5 de Mayo. A Carmen, quien tenía ya 19 años, le ofrecieron trabajo y le dijeron que atendería la caja.

Estar a cargo de la caja tenía gran responsabilidad, ya que se manejaba el dinero que entraba día a día y, en una caja distinta, un ingreso mensual.

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Una fotografía de los años 50 de Carmen a sus 13 años afuera de su lugar de trabajo: la rosticería Paolo. Foto: Cortesía.
 

Una vez cada seis meses, Carmen llegaba a La Blanca muy temprano para poder hacer corte de la caja grande, que era una caja con maquinaria especial en el que no sólo se guardaba efectivo, sino también objetos que dejaban “a cuenta” cuando no tenían dinero para pagar.

“Eran unas cajas [de seguridad] gigantes de marca Mosler, tenían una combinación para abrirlas y cerrarlas. Me distinguieron en varias ocasiones con el corte de caja grande; recuerdo que había dólares, muchos billetes, joyas o cosas que la gente dejaba porque no tenían efectivo. Yo anotaba todo lo que sacábamos y todo lo que devolvíamos, para ver si coincidía”, recuerda.

Esos días llegaba entre las 5:00 o 5:30 de la mañana, antes de que La Blanca abriera sus puertas. Para ella, que le solicitaran hacer el corte significaba que le tenían una confianza especial.

Carmen comenta que, quizás, a diferencia de algunos trabajos de la actualidad, antes se desarrollaba una confianza muy particular en los centros de trabajo; especialmente en aquellos donde se manejaba dinero. Además que los menores de edad podían viajar sin tanta preocupación solos en el transporte.

“Era buena con los números y me llevaba bien con mis jefes y mis compañeros. Cuando todo salía bien, mi jefe me deslizaba un billete de 100 como premio. ¡Era muchísimo dinero!..”.

El manejar dinero desde pequeña le enseñó lo que era la responsabilidad y cómo empezar a lidiar con los bancos, porque hacía depósitos con frecuencia.

Pequeños voceadores

La historia de los hermanos Gómez es distinta. Ellos fueron repartidores de periódicos a los 16, 13 y nueve años. A diferencia de Carmen, lo hacían en las vacaciones de la escuela, por lo que, dicen, lo tomaban como “un juego”.

El trabajo consistía en ir por las mañanas a la zona de Balderas, a la altura de la Ciudadela, a comprar y acomodar periódicos para después venderlos en puestos por la colonia Ramos Millán, en la actual alcaldía de Iztacalco. Ganaban tres pesos diarios.

Pasaban por ellos alrededor de las cinco de la mañana para llevarlos a comprar las secciones de los periódicos: “Recuerdo que se vendían por separado y nosotros teníamos que ordenarlos. Era divertido ver cómo iban ‘tomando forma”, dice uno de ellos.

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Los niños voceadores sobre la calle de Bucareli en los años 80, eran conocidos como “papeleritos” o periodiqueros. Durante la segunda mitad del siglo XX también trabajaban como mozos, botones, repartidores o mandaderos y las niñas lavaban ropa, eran nanas o se empleaban como trabajadoras domésticas. Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL.
 

Una vez listos, los señores les invitaban un café con leche de desayuno y los transportaban a la Ramos Millán para que colocaran los puestos entre las ocho y nueve de la mañana.

Las ventas terminaban cerca de las dos de la tarde y era el momento de “hacer cuentas”.

Su pago no lo daban a sus padres, lo gastaban en dulces o en la comida que se les antojara: “Nunca nos sentimos explotados... lo dejábamos cuando volvíamos a la escuela y a mis papás les daba gusto vernos contentos”.

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