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Las primeras campañas de vacunación

Un método para prevenir enfermedades contagiosas llegó a México en 1804. En los años 20 del siglo pasado la gente huía de los vacunadores y se metía hasta debajo de la cama por miedo e ignorancia. Hoy la labor de convencimiento y de educación continúa
vacunación
23/05/2020
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Texto: Susana Colin Moya

Con el objetivo de vacunar de viruela a la mayor cantidad de personas posibles, trece brigadas de estudiantes de medicina y enfermeras recorrieron las calles de la capital en junio de 1923.

Escuelas, talleres y fábricas fueron visitados por los popularmente llamados “hombres de la lanceta”, pues para aplicar el líquido preventivo (linfa vacunal) en el brazo de las personas, estos personajes abrían primero una incisión con un alfiler (lanceta).  

Una vez visitados estos lugares, las brigadas se dirigieron a las vecindades de los barrios populares de la ciudad, donde encontraron mayor resistencia. “Los estudiantes y enfermeras han tenido en más de una ocasión que jugarse la vida a cambio de un certero lancetazo en el brazo de un mugroso”, se escribió el 24 de junio de aquel año en EL UNIVERSAL.

La presencia de los vacunadores causaba pánico. En cuanto la portera anunciaba su llegada a la vecindad, la muchedumbre desaparecía “como tragada por la tierra”. “A más de mil personas hemos tenido que sacar de sus escondites debajo de las camas”, relató uno de los médicos a los reporteros de este diario.  

“La vacuna y el miedo están relacionados”, señala  en entrevista la doctora en historia Claudia Agostoni. La introducción de este método preventivo de enfermedades en la sociedad ha sido un proceso larguísimo que aún continúa, añade la especialista en historia de la salud pública.

Niños recibiendo la vacuna contra la viruela en 1930 y 2010. EL UNIVERSAL. Diseño web: Miguel Ángel Garnica.

Este método fue desarrollado por el médico inglés Edward Jenner a finales del siglo XVIII, cuando observó que las mujeres que ordeñaban a vacas contagiadas de viruela no enfermaban gravemente de viruela humana.

Después de un arduo trabajo, implementó un método que consistía en “inyectar en personas sanas el pus variólico extraído de las pústulas semejantes a las de la viruela que aparecían  en las ubres de las vacas. Con ello, los individuos vacunados experimentaban una reacción atenuada de la enfermedad, y más importante aún, una posterior inmunidad”, explica Claudia Agostoni.

Jenner llamó a su descubrimiento variolae vaccinae, nombre que fue retomado posteriormente para métodos preventivos no sólo de viruela. De ahí proviene que ahora les llamemos vacunas.

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Caricatura de Jenner vacunando a los pacientes, que temían que les hiciera crecer apéndices vacunos. (James Gillray, 1802). Wikipedia.

La vacuna llegó a nuestro territorio antes de que éste se llamara México. A inicios del siglo XIX el rey Carlos IV organizó una expedición para llevar la vacuna de la viruela a los dominios del imperio español. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, a cargo del médico Francisco Javier Balmis arribó a la Nueva España en 1804.

“Para convencer a la población de que llevara a sus hijos a vacunar, el propio virrey José de Iturrigaray hizo vacunar al suyo”, afirma la historiadora de las epidemias y profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM, Ana María Carrillo.

En un inicio, la forma de aplicar esta vacuna era “brazo a brazo”, es decir, se usaban niños como portadores de la enfermedad leve, la cual era traspasada al niño sano para generar inmunidad. A partir de 1918, afirma la doctora Carrillo, se reemplazó el uso de humanos por el de terneras, de las cuales se extraía la “linfa vacunal”.

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El UNIVERSAL ILUSTRADO visitó en 1927 el Instituto de Higiene, donde se elaboraban las vacunas y sueros que habrían de preservar la salud de los mexicanos. Nuestro país fue un importante productor de vacunas hasta la década de los años 80, afirma la doctora Ana María Carrillo.

Durante todo el siglo XIX la vacuna de viruela fue la única que se aplicó en México. En el gobierno de Porfirio Díaz, refiere Ana María Carrillo, el presidente del Consejo Superior de Salubridad viajó a Francia, donde aprendió a preparar la vacuna antirrábica, que había sido desarrollada por Louis Pasteur.

“A principios del siglo XX, se empleó la vacuna contra la peste, en una epidemia de esa enfermedad que hubo en Mazatlán, Sinaloa. Ya durante el siglo pasado fueron introducidas muchas otras vacunas conforme iban siendo desarrolladas: contra tuberculosis, tosferina, difteria, tétanos, polio...”, comparte la investigadora.

A causa de los problemas socioeconómicos y políticos que vivió el país durante el siglo XIX (Independencia, Reforma, etc..) y a principios del siglo XX (Revolución), llevar a cabo vacunaciones masivas fue muy complicado, “no había personal suficiente, ni una estrategia. Sólo se vacunaba en momentos de epidemias”, afirma Claudia Agostoni.

Es hasta el siglo XX cuando los esfuerzos por vacunar a la población se multiplicaron, continúa la también profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Educar y prevenir la enfermedad

“¡Hay que vacunarse, hay que vacunarse! Dice toda la gente. Y por temor a tan ingrata enfermedad centenares, miles de brazos se han desnudado para recibir la linfa benéfica”, se escribió en EL UNIVERSAL ILUSTRADO en abril de 1930.

Hacía 5 meses había comenzado una epidemia de viruela en la Ciudad de México y aunque en ese momento había solo 20 pacientes internados en el Hospital General, el temor a contagiarse era tan grande que las personas formaban largas filas afuera de las oficinas de vacuna.

A un costado de la multitud pasó un joven alto y fornido, tipo boxeador. “Eh, Ignacio, ponte a la cola para vacunarte”, le llamó un conocido. “¿Cuándo has visto tú que Hércules tuviera el temor de las viruelas?”, respondió el muchacho, altivo, y siguió su paso entre las risas de la muchedumbre.

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Niños recibiendo la vacuna contra la viruela, 1930. Durante aquel año se detectó un brote de esta enfermedad contagiosa, por lo que se procedió a inmunizar a la mayor cantidad de personas posible. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Acercar y enseñar a la población la importancia de las vacunas fue un proceso largo, de muchos esfuerzos conjuntos, señalan las dos especialistas entrevistadas.

Además de las brigadas organizadas por las autoridades de salud, se implementaron estrategias educativas en las escuelas y en espacios públicos. También se publicaron cartillas y hojas sueltas ilustradas y anuncios en la prensa, añade Claudia Agostoni.

Como parte de las fiestas patrias de septiembre, durante los años 20, el entonces Departamento Sanitario organizaba la Semana de Salubridad. En la edición de 1923 se incluyó un día dedicado a la vacuna.

El 27 de septiembre de aquel año, en las páginas de este diario se anunció que, además de diversos puestos ambulantes de vacunación, durante el primer Día de la Vacuna habría pláticas sobre la historia de este producto y demostraciones de la linfa antivarilosa

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Portada del libro Médicos, campañas y vacunas: la viruela y la cultura de su prevención en México 1870-1952, donde aparece una fotografía del primer Día de la Vacuna, en 1923. Para descargarlo, clic aquí.

"Las estrategias que el Estado mexicano empleó fueron de dos tipos: de convencimiento y de coerción”, señala Ana María Carrillo.

“Entre las primeras estaba impartir la vacuna gratuitamente, e incluso dar un apoyo económico a las madres que llevaban a sus hijos a vacunar; tratar de vacunar en iglesias o escuelas, además de emplear la vacuna ambulante, y aprovechar los días de mercado o las fiestas públicas para vacunar a muchos niños” señala la profesora titular del Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM.

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Brigada de vacunación en el pueblo de Magdalena Contreras, 1939. EL UNIVERSAL.

Si en los contextos urbanos era difícil dar a conocer los beneficios de la vacunación, en las zonas rurales mucho más, afirma Claudia Agostoni. “Durante los años 30, en el gobierno de Lázaro Cárdenas, las brigadas contrataban a intermediarios sanitarios, personas que les ayudaban a traducir la información a las lenguas indígenas de los poblados”, añade.

Además de un refrigerador, las ambulancias de estas brigadas incluían proyectores de cine, altavoces e incluso teatro guiñol.

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Grupo de vacunadores rumbo al ‘Perico’ (Lourdes) saliendo de Cotija, Michoacán. Archivo Histórico de la Secretaría de Salud. Cortesía: Claudia Agostoni.

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Brigada de vacunación en el estado de Chiapas, 1938. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

“Dentro de las estrategias coercitivas estaban establecer la obligatoriedad de la vacuna, y establecer penas de multa o cárcel para los padres que no la cumplieran; buscar en la calle a niños –y a veces a adultos– sin marcas de haber sido vacunados, y vacunarlos por la fuerza, incluso con ayuda de la policía”, comparte Ana María Carrillo.

Otra estrategia, comparte la historiadora, fue “exigir certificado de vacunación de los niños antes de inscribirlos en las escuelas, y hacer lo mismo con quienes quisieran trabajar en fábricas o alistarse en el Ejército; también se vacunaban en las cárceles y en los asilos”.

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Fragmento de una plana publicada en este diario el 1 de septiembre 1950.

Muchas veces las personas se oponían a ser vacunadas por miedo a lo desconocido o por ignorancia, pero también porque existieron muchos accidentes en la aplicación que provocaron que los niños enfermaran y hasta que murieran, comenta Ana María Carrillo antes de afirmar: “la gente no es tonta”.

Poco a poco las vacunas fueron aceptadas y crearon confianza entre la población mexicana, en parte por los esfuerzos educativos y por los resultados que tuvieron en el control de las enfermedades.

“Las epidemias eran constantes y provocaban una alta mortalidad; además, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente no hubo tratamientos efectivos contra la mayoría de las enfermedades, por lo que prevenirlas por medio de vacunas era una esperanza”, comparte Ana María Carrillo.

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Campaña de vacunación en los años 50. Colección Villasana-Torres.

Las campañas de vacunación fueron agregando nuevas vacunas. En 1952 las autoridades sanitarias de México comunicaron que la viruela se había erradicado del país.

En los años 70 se establecieron días y semanas de vacunación, ya con un sistema de salud más robusto que el de los años 20 y con estrategias epidemiológicas más desarrolladas, afirma Claudia Agostoni.

Además, en 1978 se instituyó por Decreto Presidencial la Cartilla Nacional de Vacunación, a la cual dedicaremos un texto próximamente.

La vacunación y la educación sobre el cuidado de la salud es un proceso que aún continua. Aún existen personas que, incrédulas, no llevan a sus hijos a vacunar.

“La labor educativa en esta materia no ha sido sistemática. En medios de comunicación, por ejemplo, se le da poca importancia a los temas de salud a menos que se trate de un momento de crisis”, afirma Claudia Agostoni.

Así como en los años 20, que sólo se vacunaba en tiempo de epidemias, en la actualidad sólo se habla de salud en momentos coyunturales. “Si la población estuviera expuesta siempre a esta información, comprenderíamos mejor una crisis como esta pandemia de Covid-19 y, quizá, existiría menos incertidumbre”, concluye la especialista.

Nuestra fotografía principal muestra a personas formadas para recibir la vacuna de la viruela en 1930. EL UNIVERSAL ILUSTRADO.

Fuentes:
Entrevistas con las doctoras en historia Claudia Agostoni y Ana María Carrillo.