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La epidemia que se llevó a Sor Juana

Hace 325 años una epidemia llegó al convento donde Sor Juana Inés de la Cruz vivía en clausura, en poco tiempo la escritora se contagió mientras cuidaba a sus hermanas y murió un día como hoy. En su aniversario luctuoso recordamos cómo se vivió la enfermedad
Una escena de cinta  Sor Juana Inés, de la compañía La Mexicana, elaboradora de películas. El papel de la poeta fue interpretado por Andrea Palma. Fue publicada en  EL UNIVERSAL ILUSTRADO el 27 de junio de 1935.
17/04/2020
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Texto: Nayeli Reyes Castro

Para llevarse a Sor Juana Inés de la Cruz, la muerte tomó forma de epidemia, en 1695 cruzó en silencio las puertas del convento de San Jerónimo, donde las monjas llevaban una vida de clausura y la llegada de extraños se anunciaba con campanadas.

No era la primera vez que la muerte la acechaba, la mala salud era un pesar para la poeta. En un soneto a la Marquesa de Mancera escribe:

En la vida que siempre tuya fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la Parca fiera, que en seguirme da,
quiso asentar por triunfo el mortal pie.

“¡Están con ese mal que anda!”, decían las jerónimas cuando una enfermedad contagiosa se infiltraba en el encierro del convento, según la doctora Lourdes Aguilar Salas, profesora e investigadora del Colegio de Filosofía y Letras de la Universidad del Claustro de Sor Juana, quien nos acompaña a recorrer un pasado de papel, reconstruido con documentos históricos.

Aquel mal no sólo andaba, azotaba con violencia a los conventos del siglo XVII en la Nueva España, donde Margo Glantz explica que enfermarse era bastante probable por las condiciones higiénicas y por el ejercicio cotidiano de la mortificación, la cual causaba infecciones, llagas incurables y epidemias.

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Las campanas del ex convento de San Jerónimo, hoy Universidad del Claustro de Sor Juana. Archivo EL UNIVERSAL.

Alfonso Reyes escribió sobre Sor Juana: “Murió a los 44, en una de las épocas más lúgubres de la colonia. Entre heladas, tormentas, inundaciones, hambres, epidemias y sublevaciones, cielo y tierra parecían conjurados para hacer deseable la muerte. La rodeó el aplauso, pero también la hostilidad; pues, de uno u otro modo, todos querían reducirla a su tamaño.”

Han pasado 325 años desde ese día. Tratar de reconstruir los acontecimientos es adentrarse en terrenos difusos, llenos de leyendas y contradicciones; sin embargo, a través de las diversas voces que han dejado su rastro por la historia, podemos tratar de recoger los últimos pasos de la Décima Musa.

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“La ruta de Sor Juana”. Publicación de EL UNIVERSAL ILUSTRADO (31 de marzo de 1932). 

Enfermar en la clausura

En la Nueva España que habitó Sor Juana las monjas eran susceptibles a diversas enfermedades por el enclaustramiento. No todos los conventos eran iguales, había algunos con reglas más estrictas, como las Carmelitas Descalzas, orden en la que había estado la joven Juana Inés de Asbaje antes de profesar como jerónima.

Ella tuvo que dejar el convento carmelita precisamente porque enfermó, una de las causas fue la austeridad de la vida ahí, los hábitos alimenticios, por ejemplo, implicaban un ayuno escrupuloso.

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Escenas de la película Sor Juana Inés donde se observa a la escritora, protagonizada por Andrea Palma, en su juventud. EL UNIVERSAL ILUSTRADO (27 de junio de 1935).

Aguilar Salas dice que las palpitaciones eran un padecimiento frecuente por su relación con la debilidad de las monjas, quienes a veces tenían una mala alimentación, ayunos y largas jornadas de rezos. La mortandad de los conventos se elevaba cuando ellas dejaban de comer.

“El agua, motivo mundial de pleitos, también marcaba las castas: sólo la tenía la gente rica y los conventos ricos”, detalla la catedrática. El de San Jerónimo era uno de los mejores situados en la ciudad novohispana, abundaban las fuentes, pozos y tinajeras, el agua llegaba desde el acueducto de Chapultepec.

Aunque el agua no las libraba de todo mal, en los claustros donde carecían de este recurso algunos padecimientos empeoraban.

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Vista interior del ex convento de San Jerónimo. Archivo EL UNIVERSAL.

De acuerdo con la profesora, en general las monjas de la época padecían de enfermedades comunes como infecciones en la piel por falta de higiene, apoplejías (parálisis cerebral), epilepsias (convulsiones asociadas, por ignorancia, a la presencia del diablo), ceguera, infecciones de oídos o gota. A este cuadro se sumaban el sarampión y otras epidemias que se vivían en medio de las crisis económicas y sociales del siglo XVII.

¿Cómo entraban las epidemias a poblaciones religiosas que vivían en el encierro?

“Lo que ocurre dentro de un convento de mujeres o de un monasterio para hombres es lo mismo que está ocurriendo afuera en la ciudad novohispana, pero simplemente bajo el enclaustramiento… simplemente están aislados, son microciudades, tienen sus propios problemas que son reflejo de los problemas de afuera”, explica Aguilar Salas.

Además, precisa que la clausura existía sobre todo en el noviciado, es decir, durante el primer año de las monjas, cuando probaban que eran hijas de Dios; posteriormente, la situación se definía según el estatus y la dote que había dado cada monja, Sor Juana, por ejemplo, tenía permitido salir a presentar sus villancicos en la Catedral de México.

Recordemos que cuando Juana Inés entró a San Jerónimo recibió el apoyo de su padrino, el gobernador Pedro Velázquez de la Cadena, quien pagó una dote de tres mil pesos reales, bastante dinero para la época.

La monja vivía con privilegios, se dice que su celda era un departamento de dos pisos con una biblioteca en la que llegó a juntar cuatro mil libros e incontables objetos de estudio, además tenía la ayuda de una esclava llamada Juana de San José.

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Fotografía publicada el 17 de abril de 1965. En la descripción original se afirmó que esta celda fue de Sor Juana. Archivo EL UNIVERSAL.

El contacto con la gente de fuera no era imposible, continúa la doctora Aguilar: las campanadas sonaban de forma continua y larga cuando acudían hombres, como el barbero (encargado de aplicar remedios) o el cirujano. Al escuchar el sonido, las monjas se ocultaban y los invitados eran acompañados sólo por dos de las mujeres mayores para revisar a la monja en cuestión.

En algunas órdenes había mucha protección para las religiosas y durante las enfermedades contaban con recursos para curarse, en otras los tratamientos debían pagarlos las familias de las monjas. 

En esos tiempos no existían los medicamentos como hoy los conocemos, no había antibióticos. Las curas dependían de las reglas de los conventos, “lo más delicado era tocar el cuerpo, por cuestión de cristiandad, no se podía lavar ni tocar el cuerpo de una monja a menos que el médico lo prescribiera… y sin murmuración, así se decía”, explica Lourdes Aguilar.

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Vista de la Plaza Mayor en 1695, año en que murió Sor Juana Inés de la Cruz. La pintura es de Cristóbal Villalpando. Imagen: Fomento Cultural Banamex-IIE UNAM.

Las monjas novohispanas utilizaban remedios para tratar los males. La investigadora describe algunas: sangrías, emplastos, infusiones de manzanilla, tila, rosas; también agua de borraja, preparaban ungüentos, jarabes o recurrían a una planta llamada cilantrillo.

Además, tenían convenios con los boticarios cercanos para que les enviaran remedios, o bien, en el convento cercano de Regina Coeli vendían algunas preparaciones famosas como los polvos purgantes y el agua contra el mal de ojo.

“Sor Juana tiene un villancico dedicado a las hierbas de la Nueva España, esto nos está dando cuenta  de que las hierberas no sólo existen en la calle, en el mercado, las hierbas también fueron usadas por la enfermería de las monjas, en el convento”, relata Aguilar.

La Décima Musa, que no sólo fue poeta, sino también teóloga, contadora, políglota, cocinera, pintora y música, describe a la hierba “Sánalo-todo”, “Hierba-Buena”, “Santa-María”, “Hierba-Santa”, “Celidonia”, “Salvia”, “Siempre-Viva”, “Mejor-Ana”:

Un Herbolario extranjero
que es todo Sabiduría,
para curar los venenos
muestra una Hierba bendita.

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Altar de Día de Muertos colocado en el Claustro de Sor Juana el 1 de noviembre de 2005. Archivo EL UNIVERSAL.

Una epidemia misteriosa

“Entró en el convento una epidemia tan pestilencial que, de diez Religiosas que enfermasen apenas convalecía una… Era muy contagiosa la enfermedad”, describió el padre Diego de Calleja.  

Durante las epidemias, si era posible, se daba la opción a las monjas de irse, aunque hubieran jurado clausura. Lourdes Aguilar dice que Sor Juana Inés pudo hacerlo, pero decidió quedarse.

Según Diego de Calleja, la madre Juana, “compasiva y caritativa”, se dedicó a cuidar a sus hermanas enfermas “sin fatigarse de la continuidad ni recelarse de la cercanía”. Se contagió en poco tiempo.

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Placa conmemorativa a Sor Juana Inés de la Cruz, colocada en 1964 en la parte baja del coro del Convento de San Jerónimo. Archivo EL UNIVERSAL.

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana murió de altas fiebres que la atormentaron por tres días. ¿Cuál enfermedad las causó? No hay precisión al respecto.

Algunos autores comentan que, a diferencia de otras epidemias que dejaron rastros documentales, no hay noticias claras de una peste en 1695 en Nueva España, como si la enfermedad sólo hubiera sucedido dentro del convento de San Jerónimo.  

Sin embargo, Lourdes Aguilar dice que también hay otras versiones, como la de la historiadora Josefina Muriel, quien afirma que la epidemia de ese año fue la última del siglo XVII novohispano, aunque no fue masiva. Pasó casi un siglo para que retornaran las pestes.

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Con motivo del aniversario luctuoso de Sor Juana Inés de la Cruz en 1969, integrantes de la Sociedad Sorjuanista hicieron guardia en su monumento. Archivo EL UNIVERSAL.

Según la doctora Aguilar, se ha escrito que Sor Juana murió por “epidemia”, “peste”, “tifo exantemático” o “tifus” (en latín significa vapor y calentura). A este último vulgarmente se le llamaba “tabardillo” por su semejanza con las manchas que dejaban las plagas en las plantas.

Según los testimonios de la sobrina de Sor Juana, quien siempre estuvo a su lado, la Décima Musa tenía el cuerpo perturbado, es decir, marcas de la enfermedad.  Curiosamente, años atrás, en la petición que la poeta hizo al arzobispo para recibir el sacramento de la confirmación, escribió:

Yo, señor (ya lo sabéis),
he pasado un tabardillo,
que me lo dio Dios y que
Dios me lo haya recibido…

La epidemia llegó a Sor Juana en medio de su silencio. Después de haber pasado cinco años de persecuciones propiciadas por “hombres necios”, ella fue sentenciada a dejar de publicar y a ceder sus bienes.

El detonante fue la llamada Carta Atenagórica, escrita en 1690, donde ella cuestionaba un sermón del sacerdote Antonio Vieyra sobre las finezas de Cristo. La obra despertó la hostilidad de teólogos novohispanos y provocó una serie de acontecimientos que culminaron con la sentencia.  

Fue acusada de sospecha de herejía, desacato, actividades incompatibles con su estado monacal, pero Elías Trabulse dice que la verdadera finalidad era otra: “reducirla al silencio y que no escribiera ni publicara más, ni escritos teológicos ni poesía mundana”.

andrea-palma-sor-juana.jpgImagen de la cinta Sor Juana Inés, publicada en EL UNIVERSAL ILUSTRADO (6 de junio de 1935).

Los últimos cinco años de vida de la poeta fueron desafortunados, aunque no la definen. Se ha debatido mucho sobre si ella fue o no doblegada. Hay quienes afirman que nunca dejó de escribir y al momento de su muerte ya estaba reconstruyendo su biblioteca, contaba con 180 ejemplares; otros comentan que se dejó contagiar por la enfermedad.

“Jamás sabremos si esa claudicación que le impone la Iglesia fue asumida por ella interiormente, aunque así lo aseguren sus biógrafos”, escribe la investigadora María Luisa Pérez.

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En noviembre de 1995, el pectoral de sor Juana fue entregado por Margarita López Portillo (derecha) a Patricia Moisén, directora del Museo Legislativo. Archivo EL UNIVERSAL.

El día que las fiebres se llevaron a Sor Juana, las campanas que regían la vida conventual y no pudieron advertir la entrada del mal invisible, sonaron incansables para honrarla. Se sabe que ella fue enterrada con sus hermanas jerónimas en el sotocoro del convento de San Jerónimo. Su amigo, el escritor Carlos de Sigüenza y Góngora le dedicó una oración.

Tres siglos después encontraron los restos de una monja que se atribuyen a la Décima Musa, ella permanece en el convento con sus palabras como epitafio:

triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.

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Fotografía de la tumba de la Décima Musa en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Archivo EL UNIVERSAL.
 

En la imagen de 1979 se aprecia la inauguración del Claustro de Sor Juana, en el exconvento de San Jerónimo, por parte del presidente José López Portillo. Fotos: Archivo EL UNIVERSAL. Diseño Web: Miguel Ángel Garnica

La fotografía principal es una escena de cinta  Sor Juana Inés, de la compañía La Mexicana, elaboradora de películas. El papel de la poeta fue interpretado por Andrea Palma. Fue publicada en  EL UNIVERSAL ILUSTRADO el 27 de junio de 1935.

Fuentes:

  • Entrevista a  la doctora Lourdes Aguilar Salas, profesora e investigadora del Colegio de Filosofía y Letras de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
  • Con información de Daniela Jurado.
  • Antología de Sor Juana Inés de la Cruz, selección e introducción de María Luisa Pérez W.
  • El silencio final de Sor Juana, de Elías Trabulse.
  • Elías Trabulse, La muerte de Sor Juana, reseña de Antonio Alatorre.
  • Obras reunidas I. Ensayos sobre literatura colonial, de Margo Glantz.
  • Padecer o morir: enfermedad, ejemplaridad y escritura en el convento novohispano, de Stephanie Kirk.
  • Vida de la Madre Juana Inés de la Cruz, religiosa professa en el Convento de San Jerónimo, de la ciudad imperial de México, de Diego de Calleja.
  •  Sor Juana Inés de la Cruz. Obras completas, prólogo de Francisco Monterde.