El FBI advirtió hace unos días a los jefes de policía en todo Estados Unidos acerca de posibles ataques contra los capitolios de los estados, oficinas federales, hogares de legisladores y negocios, y pide a todas las autoridades estar en alerta máxima por esas amenazas. Decenas de personas ubicadas en las listas de potenciales terroristas de esa agencia estaban en Washington el 6 de enero. Las autoridades federales emitieron un boletín de inteligencia en el que se advierte que la irrupción violenta en el capitolio de Washington la semana pasada podría convertirse en un “detonador de violencia" para grupos de milicias armadas y para extremistas raciales, quienes tendrían como objetivo la toma de posesión de Biden el 20 de enero. La cuestión es que el tema no se limita a lo que pueda suceder o se pueda evitar en esa fecha. Se trata de procesos complejos que tienen ya tiempo en gestación y que seguramente van a continuar. ¿Qué sabemos acerca del extremismo y el terrorismo, y cómo ello se aplica a lo que actualmente está sucediendo en EU?

Según reportes publicados en 2020 por centros de investigación y monitoreo como el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) o el Southern Poverty Law Center (SPLC), el terrorismo de extrema derecha en Estados Unidos sigue creciendo y ha rebasado desde hace tiempo, por mucho, al perpetrado por cualquier otra clase de ideología en ese país, lo que incluye actos extremistas cometidos por grupos de izquierda, o al terrorismo islámico. Solo en 2020, en plena pandemia, 90% de atentados o planes para cometerlos, pertenecen a esa categoría.

Por cierto, es común que se introduzca la idea de que la izquierda es igual de violenta que los extremistas de derecha. Y por supuesto que cualquier clase de violencia es condenable. Pero es importante entender el panorama que retratan los datos. Los ataques cometidos por extremistas de derecha del 2001 a la fecha, han ocasionado 15 veces más muertes que los ataques cometidos por extremistas de izquierda. En ocho de esos años, los extremistas de derecha causaron el 100% de las muertes, y en otros tres, incluidos 2018 y 2019, fueron responsables de más del 90 % de esas muertes. En realidad, se trata de una tendencia global. El Índice Global de Terrorismo (2019) reporta un aumento de 320% en el terrorismo a manos de extremistas de derecha en cinco años. Esto tiene que leerse de la mano del incremento de crímenes de odio, los cuales, en EU, se ubican en su punto más alto en los últimos 16 años.

Ahora bien, no todos los crímenes de odio son ataques terroristas. Entender la diferencia no es trivial porque se trata de dos fenómenos que deben ser combatidos de manera paralela. Un crimen de odio es un crimen motivado por el prejuicio contra una o varias víctimas directas, quienes pertenecen (o el atacante percibe que pertenecen) a un grupo religioso, nacional, social o racial. Por tanto, en un crimen por odio las víctimas directas son el blanco mismo del ataque. En un ataque terrorista, en cambio, el blanco real es distinto. El terrorismo consiste de ataques en los que las víctimas son utilizadas premeditadamente como instrumentos para alcanzar psicológicamente a terceros usando al terror como vehículo de comunicación. Es decir, en el terrorismo, el blanco real no son las siempre lamentables víctimas directas, sino una audiencia-objetivo mucho mayor, la cual se entera del incidente y, a partir del terror que el acto le provoca, se ve afectada en sus actitudes, opiniones o conductas, ya sea porque se siente vulnerable como víctima potencial, o presionada psicológica o políticamente para tomar decisiones. Un atentado terrorista está pensado, esencialmente, como un acto comunicativo. De ahí que los terroristas comúnmente suben manifiestos o posts a internet, o buscan atraer a los medios de comunicación a fin de poder propagar lo que motiva su violencia.

El CSSI y el SPLC concluyen en sus reportes que tanto los crímenes de odio como los actos terroristas perpetrados por extremistas de derecha continuarán en aumento en 2021. Considerando que ambos reportes fueron publicados antes de las elecciones presidenciales, ahora habría que añadir componentes más explosivos a esas tendencias.

1. Procesos de radicalización. De acuerdo con Moghaddam (2007), la radicalización se da a través de peldaños, como con una escalera ascendente. En las partes más bajas, las personas perciben que hay algo mal con su entorno, y deciden participar políticamente para cambiarlo o incidir en ello. La gran mayoría de las personas se queda en esos peldaños bajos. Pero hay un grupo de personas que se empieza a frustrar porque percibe que los canales tradicionales de participación no están siendo eficaces para conseguir sus metas. Así que comienzan a ascender en la escalera de la radicalización. Conforme desde su percepción se agotan las vías pacíficas de participación política, un ya más reducido número de individuos considera que solo la violencia puede conseguir los objetivos que buscan y decide actuar, ya sea en solitario, o de manera coordinada con alguna organización que contribuye más aún con ese proceso de radicalización. Haciendo una revisión de los símbolos desplegados el 6 de enero, las banderas y camisetas usadas, junto con el armamento y explosivos que portaban, se puede detectar que varios grupos en EU se encuentran en los puntos más altos de esta escalera y que no están dudando en emplear la violencia contra las más importantes instituciones en el país.

2. Seguidores duros y blandos. Tanto los atentados terroristas (por ejemplo, el ataque contra un Walmart en El Paso o los tiroteos contra civiles en iglesias, mezquitas o sinagogas), como otros eventos de violencia como ocurrió el 6 de enero en Washington, alimentan seguidores duros y seguidores blandos. Los seguidores blandos coinciden con las metas o con parte de la ideología de los atacantes o manifestantes violentos, pero no necesariamente con sus métodos ni con el uso de la violencia. Los seguidores duros coinciden con ambos, metas y métodos empleados. La investigación refleja que en la medida en que los hechos de violencia son percibidos como eficaces desde la óptica de estos seguidores, las posibilidades de que se repitan hechos similares crecen.

3. Uso de internet. Una buena parte de los procesos de radicalización de individuos y grupos extremistas en la actualidad se está dando a través de internet y redes sociales. La investigación más reciente refleja que el punto de entrada de este proceso está siendo el de las teorías conspirativas. Las personas, según indican los datos, van brincando de sitio en sitio hasta que llega un punto en el cual su lenguaje y comportamiento reflejan que dicho proceso de radicalización se mantiene avanzando. Quienes más se radicalizan, a veces
retienen sus opiniones y conducta para sí mismos, o se pueden convertir en lobos solitarios. Otras veces incrementan sus contactos con personas que piensan de formas similares, y se suman a grupos u organizaciones las cuales, a su vez, tienen diversos grados de radicalización. En las partes más elevadas de esta escalera, esa actividad coordinada en EU ha resultado en la formación de milicias armadas, algunas de las cuales pudieron ser vistas el 6 de enero.

4. Cierre de canales de comunicación. Paradójicamente, sin embargo, el cierre de canales de comunicación como lo son las redes sociales, no detiene, sino que incentiva estos procesos de radicalización. Esto es lo que revela la investigación al respecto. La causa es que la suspensión de cuentas o plataformas para expresarse es percibida por parte de personas extremistas o en proceso de convertirse en extremistas como parte de la misma conspiración institucional en su contra y como parte del enemigo a vencer. Esta es la regla: en la medida en que las personas sienten que las instituciones tradicionales, o los canales tradicionales de participación se cierran o se tornan ineficaces, en esa medida concluyen que solo las vías no institucionales para participar—en cuyo extremo se ubican las vías violentas—se convierten en la única alternativa para lograr cambiar lo que piensan que está mal.

Todo lo que estoy señalando ha sido visible en distintos grados en los sucesos de los últimos días en EU. Hay otros puntos y temas—por ejemplo, el rol de figuras políticas como Trump en todos esos procesos y cómo la construcción discursiva del fraude se incorpora a las teorías conspirativas—que tendremos que abordar en otro momento. Lo relevante por ahora, es decir que la nueva administración tiene un reto enorme en este tema. Ese reto pasa por comprender muy bien cómo funcionan estos procesos y cuáles son las acciones que se han implementado en varias partes del mundo para intentar contener y en su caso, revertir el extremismo. Quizás las agencias de seguridad podrán seguir desmantelando planes o previniendo incidentes violentos, ojalá lo hagan, pero esta problemática necesita ser, eventualmente, abordada desde su raíz.


Analista internacional.
Twitter: @maurimm

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