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¿Por qué México empeoró en el Índice Global de Terrorismo 2020?

Mauricio Meschoulam

Hay una respuesta corta a esa pregunta: porque los ataques en contra de periodistas y medios de comunicación son considerados como violencia terrorista por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP) y por el Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas contra el Terrorismo (START) de la Universidad de Maryland que publica, por cierto, la base de datos más empleada en el planeta para medir esa clase de violencia. Ese tipo de atentados registraron un incremento durante 2019, el último año medido. En este espacio, nos hemos preguntado ya desde hace años si es que ciertos ataques cometidos por las organizaciones criminales pueden ser o no, considerados terrorismo. Pero al margen de lo que acá hemos escrito, al revisar estas bases de datos y las clasificaciones internacionales, vale la pena recuperar algunos elementos de esa discusión.

Antes, se necesita intentar al menos por un momento despolitizar el uso del término “terrorismo”. Digo esto porque frecuentemente, hay gobiernos que toman decisiones acerca de cuándo y cómo catalogar a determinado grupo u organización como “terrorista”, para unos años después, bajo condiciones distintas, eliminarle la etiqueta. Muchas veces sus decisiones no están basadas en la naturaleza de esta manifestación concreta de violencia, sino en las agendas políticas que los llevan a decidir la categorización de cierto actor como terrorista o cierto estado como patrocinador del terrorismo, decisión que conlleva otra serie de repercusiones que van desde lo legal, político y militar, hasta lo económico. Del mismo modo, hay otros actores políticos que acusan de terroristas a determinados estados a causa de los métodos que éstos utilizan para combatir a sus enemigos. Por tanto, la palabra terrorismo es malentendida como “cualquier clase de violencia extrema” o “cualquier tipo de violencia que causa terror”, sin distinciones, y cuando un término deja de definir las fronteras entre lo que abarca y lo que no abarca, entonces ese término deja de ser útil.

Para los estudios sobre seguridad y paz, sin embargo, el terrorismo es una categoría de violencia muy específica. Esta violencia puede tener consecuencias e impactos mayores o menores que otras y su distinción no se encuentra en su “tamaño” o el “monto” de violencia cometida, sino en otros factores. Por ejemplo, se puede cometer un atentado con un cuchillo y no causar víctimas y, por su naturaleza y sus motivaciones, ese incidente sí ser considerado violencia terrorista. En cambio, se puede cometer un tiroteo en un cine o una escuela ocasionando decenas de víctimas inocentes y, sin embargo, por su naturaleza y motivaciones, ese incidente no ser considerado como terrorismo. En el mundo, actualmente mueren unas 25 veces más personas en clases diferentes de asesinatos que por terrorismo.

Aún así, entender la diferencia importa. Comprender lo que distingue a distintas categorías de violencia nos permite adentrarnos en las causas que las motivan, y proponer soluciones más adecuadas para mitigar sus efectos.

El terrorismo es esencialmente violencia psicológica que utiliza a la violencia material como herramienta. Pero el terrorismo no es “violencia que causa terror”, sino violencia cometida PARA causar terror, y no es lo mismo. Las lamentables víctimas inocentes (civiles o no combatientes) y el terror que provoca su dolor, son empleados como meros instrumentos para—a través de la conmoción emocional o miedo colectivo provocados en terceros—canalizar mensajes, golpear a la psique social, producir afectaciones en las actitudes, opiniones, en la conducta, y así, impactar en la toma de decisiones de una comunidad, un país o sus dirigentes. En la mayor parte de la literatura sobre terrorismo, se explica que lo que mueve a los perpetradores de esta clase de violencia son metas políticas.

No obstante, el mundo ha evolucionado y así también la literatura y las perspectivas con que los expertos evalúan y miden a esta clase de violencia se han ido moviendo. Por ejemplo, las bases de datos de la universidad de Maryland mencionadas arriba, y el IEP que publica el Índice Global de Terrorismo, indican que, para clasificar un incidente como ataque terrorista, además de ser un ataque intencional, el acto violento debe haber sido cometido por parte de un actor subnacional para intimidar, causar coerción, o transmitir un mensaje a una audiencia más amplia y/o debe violar las leyes internacionales humanitarias con el fin de conseguir una meta que puede ser política, religiosa, económica o social .

Es posible polemizar al respecto. Pero a la vez, la idea de que la comisión de violencia por parte de las organizaciones criminales que operan en nuestro país es únicamente motivada por factores económicos, también necesita complejizarse. Le sugiero la lectura del libro Hijo de la Guerra de Ricardo Raphael como ejemplo de lo que me refiero. En muchas ocasiones, hay otro tipo de elementos, mucho más allá de lo económico—que involucran poder, dominación, u otros factores psicológicos y sociales que no se explican únicamente por el control del mercado o el amasamiento de riqueza—los cuales motivan no solo la comisión de la violencia sino las formas para cometer esa violencia y las formas para comunicarla.

Por último, nosotros hemos documentado desde 2011 la dimensión de los efectos psicosociales asociados a la violencia criminal en nuestro país. Tras estos años de estudio, a fondo, permítame decirle que el devastador impacto psicosocial que nuestra sociedad padece no es meramente un producto “colateral” de la violencia perpetrada, sino frecuentemente, el resultado de estrategias cuidadosamente diseñadas para provocar pánico masivo y así, manipular emociones y conductas.

Con todo, es importante mencionar que, en efecto, a pesar de lo que indico, en la mayor parte de los casos de incidentes que estudiamos, es imposible detectar varios de los componentes del terrorismo clásico. No obstante, hay ciertos ataques que sí se le asemejan bastante. Por consiguiente, yo he elegido usar el término “cuasi-terrorismo” para describir a algunos de esos atentados. Otro colega, Brian Phillips, experto en terrorismo, las ha denominado “tácticas terroristas empleadas por organizaciones criminales”.

Como sea, para el IEP o para START, los ataques contra medios y periodistas parecen rebasar esta polémica pues se trata de atentados en contra de actores de la sociedad civil cuya labor es informar, cometidos con el objeto de infundir miedo y enviar mensajes no solo a las víctimas directas, sino también a terceros, al respecto de lo que se debe o no se debe comunicar y de esa forma, impactar la conducta y la toma de decisiones no solo de esos medios y periodistas, sino de la sociedad en su conjunto. Esta clase de violencia es, para esos centros de estudio especializados, terrorismo que debe ser medido, contabilizado y añadido al estudio del tema.

El aumento de este tipo de ataques (durante 2019, el último año medido), nos coloca en el sitio 43 del Índice Global de Terrorismo de un total de 163 países evaluados. Esto es, 5 sitios más arriba (es decir, peor) que el año anterior. La clasificación registra 26 ataques terroristas cometidos en nuestro país. No todos estos ataques son cometidos contra periodistas o medios; los hay también de otro tipo como aquellos cometidos por grupos anarquistas o ecologistas, entre otros. Pero desde el 2002, el IEP registra que 39% de los ataques terroristas en México sí son de esta naturaleza.

Es importante reflexionar al respecto. Lo es tanto por el proceso psicológico (individual y organizacional) que lleva a los actores violentos a la comisión de ese tipo específico de violencia, como por los efectos psicosociales que, de manera intencional, esos actos producen en la sociedad en su conjunto. Todos son componentes de la situación que padecemos y, por tanto, no pueden ser obviados si en verdad hablamos seriamente de construir la paz en nuestro país.

Agradezco a Andrea Muhech, coordinadora de Cipmex, A.C., por su contribución para este texto. 
Twitter: @maurimm

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