Miedo y construcción de paz en México

Mauricio Meschoulam

Muy a propósito de las discusiones que se han estado suscitando en el país a raíz de la decisión de Trump de designar a “los cárteles” como organizaciones terroristas, estos días estamos presentando en la FIL de Guadalajara mi libro “Miedo y Construcción de Paz en México”, publicado por el CIDE. En el texto de hoy ya no hablo de la decisión del presidente estadounidense, sino acerca de lo que abordamos en el libro de manera más profunda: la construcción y transmisión del miedo, los efectos psicosociales que esto ocasiona y el impacto de esos efectos psicosociales en cuanto a las aspiraciones de paz en el país.

Lo primero es comprender que la paz no se limita a la ausencia de violencia. La paz negativa –eso que no debe haber para considerar que una sociedad está en paz—consiste, en efecto, en la ausencia de violencia, pero también consiste en la ausencia de miedo a la violencia. En cambio, la paz positiva comprende “la presencia de actitudes, instituciones y estructuras que crean y sostienen a las sociedades pacíficas” (IEP, 2019). La cuestión es que se trata de un sistema en el cual las partes operan interdependientemente. La violencia, naturalmente, genera miedo, pero el miedo se convierte también en uno de los mayores obstáculos para la construcción de paz estructural, produciéndose así círculos interminables.

La investigación ha mostrado que las personas que están bajo estrés o tienen miedo, tienden a ser menos tolerantes, más reactivas, y más excluyentes de otras personas (Siegel 2007; Wilson, 2004). Así es, se ha demostrado que la tensión generada por el miedo provoca un sentimiento de amenaza que obstaculiza la inclusión y favorece la discriminación (Canetti-Nisim et al., 2009). La exposición al terror ocasiona que las personas apoyen menos los esfuerzos de paz y las instituciones que los respaldan. Estos sentimientos pueden tener efectos sobre circunstancias que van desde las preferencias electorales o el apoyo político de medidas de mano dura, hasta el castigo colectivo a determinados grupos religiosos o sociales, incluyendo en algunos casos, el deseo de represalias violentas dirigidas hacia los “enemigos” percibidos (Hanes y Machin, 2014).

De ahí que estudiar este tema nos pareció, ya desde el 2011, fundamental. Primero, porque desde entonces detectábamos que la propagación del miedo en México no era solo producto de las circunstancias de violencia, sino que había, frecuentemente, una intencionalidad por parte de las organizaciones criminales de aterrorizar a la población. Y segundo, porque independientemente de si en ciertos eventos había o no había esa intencionalidad, la transmisión y reproducción del miedo eran patentes. Efectivamente, desde entonces entramos a la discusión acerca de si esa clase de violencia podía o no ser clasificada como terrorismo, discusión de la que hablamos en textos pasados y que se aborda exhaustivamente en el libro. Pero muy al margen de esa discusión—que puede tener sentido desde la academia o desde quienes analizamos esa temática a fin de recomendar líneas de acción—lo que parecía indiscutible era la dimensión de los efectos psicosociales que estaban siendo generados y propagados entre la población.

En el libro presentamos, por primera vez de manera integrada, cinco estudios que fuimos efectuando y publicando en su momento. En el primero de esos estudios—dirigido por el Dr. José Calderón, experto en estrés, trauma y adicciones—detectamos (1) que parecía haber una altísima incidencia de síntomas sugestivos de trastorno por estrés post traumático entre la población mexicana. Los resultados de 2011 sugerían que podríamos estar hablando de una presencia hasta 20 veces mayor de esos síntomas que en mediciones previas al 2006; (b) que esos síntomas no se presentaban exclusivamente en las zonas más violentas del país, por lo que se podía ya hablar de un contagio de estrés; y (c) que había una muy fuerte correlación entre exposición a medios y redes sociales y síntomas de estrés y trauma como angustia, irritabilidad, pesadillas e insomnio. Por tanto, además de las lamentables víctimas directas por la violencia, había que empezar a hablar de otras víctimas, las víctimas psicológicas, lo que incluía, en nuestro estimado, a millones de personas. De acuerdo con investigación internacional, la habituación, la normalización y la evasión de la violencia por parte de la población, podían ser explicadas, al menos en parte, desde esta perspectiva. Se trataba, en otras palabras, de mecanismos mediante los que amplios sectores de la ciudadanía intentan evadirse de los efectos psicosociales que encontramos.

En ese punto (2012-2017) nos dimos a la tarea de efectuar otra serie de investigaciones, esta vez a través de cientos de entrevistas profundas llevadas a cabo en más de 20 estados de la república además de la capital, con el fin de explorar a detalle el proceso de construcción social de las percepciones asociadas a la violencia criminal, así como los efectos del miedo, las posibilidades que había, en medio de ese torbellino de sentimientos y emociones, para construir la paz en el país, el rol del gobierno, de las organizaciones criminales, los medios de comunicación y las redes sociales en todo ese proceso de construcción de percepciones.

Algunos de los temas que más emergieron durante las entrevistas tienen que ver con la preeminencia del papel de la experiencia y observación propias, la conversación y la experiencia de personas cercanas o conocidas, muy por encima del rol que los medios jugaban, de acuerdo con los participantes, como factores de influencia en su forma de sentir, pensar y creer. La desconfianza en los principales medios tradicionales (TV, periódico y radio), a raíz de su asociación percibida con el poder, así como la sensación de que estos medios exhiben “demasiada violencia” de manera “intencional”—es decir, un amarillismo excesivo percibido—eran temas que se repetían de persona a persona, atravesando sexo, ubicación geográfica, ocupación y edad. Posteriormente, sin embargo, indagamos más a fondo en cuanto a la relación participantes-medios y encontramos que, cuando un periodista o medio específico era percibido como distante del poder, o como un espacio que promovía la crítica y el cuestionamiento a las autoridades, que fomentaba la discusión acerca de las potenciales alternativas o vías de salida ante las circunstancias de violencia, y era menos amarillista en su cobertura, ese periodista o medio tenía una mucho mejor valoración por parte de nuestros entrevistados.

Debo añadir que nuestra investigación ha continuado desde que entregamos el manuscrito del libro. El último estudio cuantitativo que llevamos a cabo recientemente con apoyo del equipo de Lexia, valida los hallazgos presentados en ese libro a través de un instrumento aplicado en una muestra representativa a nivel nacional.

A raíz de los resultados presentados, el libro termina con una serie de recomendaciones para diversos sectores de la sociedad, propuestas de política pública, así como algunas ideas para la mitigación de los efectos psicosociales y para la cobertura de la violencia por parte de los medios, considerando y adaptando lo que se ha trabajado en otras partes del mundo.

“Insistimos”, termina el libro, “la paz no puede limitarse a buscar la reducción de la guerra o la violencia. Edificar sociedades pacíficas, democráticas e incluyentes requiere de acciones políticas, económicas y sociales que atiendan los factores estructurales y que construyan instituciones que garanticen la equidad y respeto. Sin embargo, todo lo anterior es imposible de lograr en un entorno caracterizado por el miedo y el terror. Incluir su atención, su tratamiento, y su consideración como factores indispensables para construir mejores sociedades, es un primer paso para acercar a esas sociedades a un mejor futuro. Muchos autores han escrito largos textos al respecto. Nuestros participantes nos han enseñado, además, que el sentimiento de paz no está en los libros, en las gráficas, o en la televisión, sino en la experiencia cotidiana, en el calor del hogar, en el saludo y la conversación con los vecinos o los amigos. La paz, cuando existe, forma parte, en palabras simples, de la vida cotidiana”.

Analista internacional.
@maurimm

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