Nicaragua y el voto de silencio

Mario Alberto Puga

Al igual que en 1989, cuando el voto oculto le dio la victoria a doña Violeta Barrios de Chamorro, sobre el comandante Daniel Ortega, el domingo pasado el voto de silencio de los nicaragüenses le propinó, por lo menos, una derrota moral al mismo personaje, luego de que más del 80% del electorado (3.6 millones) se abstuviera de votar en unas elecciones generales, llenas de irregularidades. Siete candidatos de oposición se vieron imposibilitados de participar, la mayoría con cargos criminales y en prisión, como parte de una estrategia perversa del oficialismo por mantenerse en el poder a costa de lo que sea. La mejor arma que encontraron los nicaragüenses para evidenciar al régimen fue quedarse en casa.

No importa que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) diga que el sandinismo volvió a ganar; la noticia es que el comandante perdió respaldo popular -incluso de su misma base- y sobre todo el respeto que bien se había ganado en la lucha armada y que tiró por la borda en estos últimos 3 años. Ahora es un simple mortal.

Y si bien, para algunos, el hecho de que Daniel sume 20 años en el poder no es motivo suficiente de tragedia, lo es, sin lugar a dudas, el sometimiento de los nicaragüenses que, a fuerza de golpes, muertos, heridos, exiliados, encarcelados y un régimen de prohibiciones, ha logrado consumar un gobierno que de poco a poco se ha convertido en dictatorial, quitándole al pueblo hasta la alegría de vivir, aunque fuera en condiciones precarias, como ha sido siempre su destino. Esa es la verdadera tragedia en ese país.

En su afán de asegurar el poder, el sandinismo ha provocado con sus torpes y crueles decisiones que la sociedad ya no tenga escapes a esa realidad que lo ahoga y lo atormenta, al prohibirle siquiera cantar sus canciones, bailar su música y hasta leer a sus escritores y pintar paisajes de libertad, en una peligrosa forma de ideologizar la cultura, hasta ahora, la mejor forma de expresión de los nicaragüenses a su infiel destino.

Pero la pregunta aquí es ¿Qué pasa con un pueblo que ha perdido la única forma de lidiar con su destino? O piensa que no hay nada que perder y pelea o bien, se muere de tristeza. Es decir, lucha o muere. Otra vez el destino los pone en esas.

Y es que no me puedo imaginar a Nicaragua sin sus sonidos, sin sus voces, sin sus olores y sin su gente, levantándose desde las 4 de la mañana, a trabajar duro, siempre hablando golpeado, pero amigable; yendo a la escuela, al colegio o a la universidad, aún con sus uniformes bien alineados y su mezclilla gastada, dispuestos a aprender más cosas, a discutir todos los temas y a disfrutar la vida. Los nicaragüenses habían encontrado en esa tragedia permanente de sus vidas, una forma natural de manifestar su cultura y externar sus emociones.

Qué será de la casa de los hermanos Mejía Godoy, donde cada fin de semana se presentaba Carlos o Luis Enrique, ya fuera con su música tradicional, alegre o de trova. Ahí llevaba yo a los cooperantes mexicanos que, luego de una semana de trabajo, me pedían disfrutar algo propio del país, y quedaban maravillados con la música nicaragüense, su comida y su folclore. Me dicen que la casa fue expropiada -al igual que su música- y ellos obligados a salir al exilio, sólo por cantar la misma música que en tiempos de la revolución sandinista.

Qué será de Norma Elena Gadea, de voz privilegiada y trato generoso, principalmente con los mexicanos, dónde vivió y tuvo una hija de nombre María Candelaria. Recuerdo que una vez le llamé por teléfono para preguntarle si se presentaría en algún lugar de la ciudad, pues tenía yo a un grupo de cooperantes mexicanos que querían escucharla y me respondió que no, no tenía nada programado, pero qué si yo quería, me armaba algo en su casa o en la Embajada. Así de agradecida con México. Hoy, Norma Elena vende nacatamales -seguramente muy sabrosos-, pues tiene prohibido cantar sus canciones.

Ahí Sergio Ramírez encontró su verdadera vocación de escritor, luego de ser vicepresidente de la República -junto a Daniel- y haber renunciado al sandinismo ortodoxo, al lado de Víctor Hugo Tinoco y Dora María Téllez, por no estar de acuerdo con la conducción del comandante. Hoy Sergio vive en el exilio, para regocijo de algunos países -entre ellos México-.

Qué será del festival de poesía que se realizaba en la ciudad de Granada, a los pies del lago del mismo nombre, donde se daban cita todos los poetas y poetisas de Latinoamérica, contagiados por Rubén Darío, Salomón de la Selva y otros, cuyas almas visitaban el lugar año con año para contagiar a los más jóvenes de seguir sus pasos o, por lo menos, escucharlos. Inspirado por ellos, un día decidí escribir mi primer cuento, pues me daba pena que todo nicaragüense fuera un artista en potencia y yo un simple diplomático. Así que yo también les debo algo. No recuerdo el nombre de un poeta extranjero que exclamó emocionado al término del festival: “no es posible que en un pueblo tan pobre exista tanta cultura”.

Incluso, recuerdo al comandante Tomas Borge -ya fallecido-, con toda esa dureza que le caracterizaba, encontrármelo un domingo por la tarde en una pizzería cerca de mi casa, ordenando comida para llevar. Al reconocerlo -pues llevaba gafas y gorra-, en broma, y con la confianza que me brindaba, le inquirí: “con que comprándole comida al enemigo mi comandante”, que le saco una sonrisa y sin remedio alguno me dijo con la parsimonia y experiencia de alguien que muchas veces se enfrentó a la muerte, aunque en tono poético: “mire amigo mexicano, cuando la mujer a quien uno ama le gustan las pizzas no hay enemigo que valga”.

Qué será de todos esos personajes entrañables de la cultura popular nicaragüense: Clodomiro “el ñajo”, “María de los guardias”, “Quincho barrilete”, “el almendro de dónde la Tere”, Juan Terremoto, Juancito Tiradora y de todas las retahílas de doña Gertrudis Traña, mejor conocida como la “Tula cuecho”, que cantaba sin tomar aire en las tertulias del barrio.

Hay silencios que hacen daño, como el de México y otros países de la región, que no han entendido la verdadera tragedia que vive el pueblo nicaragüense y, sobre todo, la oportunidad que acaban de desperdiciar sus otrora líderes sandinistas de hacer de estas elecciones generales un camino para retomar la gobernabilidad, dejando todo al capricho del destino que nunca les ha sonreído.

Por el contrario, el voto de silencio de los nicaragüenses se escuchó fuerte en esta jornada electoral, pero me temo que pronto se oirán otros sonidos de libertad ante un pueblo arrecho que ya no tiene nada que perder. La historia se repite.

 

Politólogo y exdiplomático.
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