La no intervención activa 

Mario Alberto Puga

Invocar la no intervención está bien, pero no es suficiente. Se trata de avanzar en el concepto, sin perder su esencia

Si alguna cosa es rescatable de toda la etapa priista del siglo XX, es su política exterior, la cual se construyó a base de experiencias históricas -siempre en busca del reconocimiento y respeto a su soberanía, así como a su condición de nueva nación-, a través de hombres visionarios y mujeres destacadas, con el objetivo admirable de construir un discurso propio que la diferenciara de las demás, especialmente de la de nuestro vecino del norte, que siempre ejerció un dominio político e ideológico sobre la región.  

Al final, esa política exterior le dio a México un gran prestigio y reconocimiento internacional que, en mi opinión, encontró su momento culminante con la concepción y materialización del llamado Tratado de Tlatelolco, firmado un 14 de febrero de 1967, que no sólo creó la primera zona libre de armas nucleares en América Latina y El Caribe, sino que dio pie al establecimiento de otras zonas similares en diferentes áreas geográficas, que hoy mantienen a más del 50% del territorio del planeta libre de dichas armas de destrucción masiva. Sin duda alguna, la mayor contribución de México a la paz y seguridad mundial. 

Ese gran logro sólo fue posible gracias a que nuestra política exterior se cimentó en principios, los cuales normaron la actuación de México durante la mayor parte de ese siglo y que, a partir de 1988, quedaron plasmados en nuestra carta magna, como principios constitucionales, seguramente como una medida de protección a lo que se avecinaba ya en ese año: la primera alternancia del poder en México, que tuvo que esperar hasta el año 2000.      
 
La llegada del siglo XXI trajo consigo nuevos gobiernos -si consideramos los del PAN en 2000 y 2006-, así como un terrible retroceso -si señalamos al del PRI renovado de 2012-, que en su conjunto buscaron a toda costa -en el discurso y en la práctica- declarar obsoletos los referidos principios, en un grosero intento por borrar la historia e inaugurar una nueva y esplendorosa época del mundo moderno, neoliberal, por cierto. Desde la Cancillería no hubo resistencia a la nueva visión, un poco forzada por la misma inercia interna, pero sobre todo porque los grandes hombres y mujeres que forjaron la brillante política exterior de México se habían ido ya todos. Ni siquiera se intentó buscar un nuevo contenido a los principios, enriquecerlos o actualizarlos, sin quitarles su esencia.  

Tal vez el único avance digno de mencionar en ese periodo sea la incorporación del respeto, la protección y promoción de los derechos humanos, más como una nueva política de Estado que como un nuevo principio de política exterior, el cual fue sobre utilizado en el exterior como  justificación para todo, incluso para intervenir en asuntos internos de otros países, sin tomar en cuenta que esa nueva política debía aplicarse y consolidarse primero al interior del país, especialmente ante el deterioro de la seguridad y la expansión de la violencia, para luego -con toda calidad moral- enarbolar esa bandera en el exterior. La llamada apertura de México al escrutinio mundial en materia de derechos humanos no fue razón suficiente para superar nuestra problemática interna, mucho menos para exigir la misma postura a otros países. 

La llegada del nuevo gobierno de Morena hizo que la historia diera vuelta y pusiera los principios de política exterior en donde siempre debieron estar: en el centro de la actuación de México en el escenario internacional, reivindicando con ello no sólo a los hombres y mujeres de antaño, sino reorientando la política exterior en beneficio de las buenas causas internacionales. Dentro de los principios de política exterior destaca desde luego el de la no intervención, el cual ha sido invocado por el nuevo gobierno de México en el caso de Venezuela y Bolivia y, pronto, seguramente, en el de Nicaragua. 

Y es que para México invocar la no intervención está bien, pero no es suficiente. Se trata de avanzar en el concepto, sin perder su esencia. Entonces tendríamos que referirnos a la no intervención activa, aquella que por definición no es pasiva, no es neutralidad a ultranza, que toma partido, no por una de las partes en conflicto, sino por el diálogo, la concertación y la resolución pacífica de las controversias, única vía para superar los conflictos en la región.  

Para ponerlo en sentido práctico, parafrasearé a un simpático y conocedor diplomático costarricense, quien, al tratar de explicar la tradicional neutralidad de su país, puso el ejemplo de dos ciudadanos centroamericanos que peleaban en la calle, en medio de la muchedumbre, que coreaba a uno y a otro, tomando claramente partido. A diferencia de ellos -decía-, los ticos no se meten en líos, pasan de largo y a veces ni voltean a ver la pelea. Esa es nuestra neutralidad -explicaba el diplomático de manera sarcástica, pues obviamente no estaba de acuerdo con esa posición-. Así pudiera entenderse la no intervención pasiva. Sin embargo, en la no intervención activa uno no pasa de largo, se va a parar, va a observar la pelea, sin tomar partido por los contrincantes, y va a proponer el alto al combate y la alternativa del diálogo para dar una salida al conflicto. Esa es la diferencia. 

Hoy tenemos en Venezuela a dos presidentes, dos contrincantes, que siguen peleando en medio de la multitud, que vitorea a uno y otro -ya sin muchas ganas-, sin importar el número de seguidores que han perdido la vida; sin importar el número de personas que han salido del país; sin importar la gente que no tiene para comer y comprar medicinas; en el marco de una inflación millonaria. Desde fuera del país también se escuchan amenazas, insultos, plazos y hasta se muestran armas, sin darse cuenta de que el problema de Venezuela en realidad no son los contrincantes, sino la muchedumbre que al final de la pelea quedará dividida, llena de odio y con la consigna de venganza. 

Una propuesta de dialogo de México puede sonar tardía para el caso de Venezuela, pero si ninguno de los contrincantes cae en los episodios pactados de la pelea -como parece ser el caso-, el diálogo se vuelve una posibilidad real, tal y como lo propuso Noruega en su momento, aunque con poca suerte, ya que la pelea estaba en sus mejores momentos y el público morboso no dejó escuchar la iniciativa. Sin embargo, ahora que los contrincantes se han cansado de tanto round y se han dado cuenta de que ninguno caerá, parecería adecuado hacer un nuevo llamado al diálogo, donde la pregunta sería si México aún es considerado un país confiable, luego de la penosa actuación del último gobierno priista, que no sólo formó parte del Grupo de Lima, sino que en algún momento lo encabezó, rompiendo con toda una tradición de nuestra política exterior.  

Si bien es cierto que la mejor política exterior es la política interior para un gobierno que busca transformar y resolver los retos del país, también es cierto que la mejor política interior es la política exterior para un gobierno que pretende trascender en el tiempo y dejar algún legado.   
 

Politólogo y ex diplomático 

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