Popularidad y sucesión presidencial

Leonardo Curzio
Nación 09/05/2022 02:56 Actualizada 02:57
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Las encuestas recientes indican que la aprobación presidencial repunta. AMLO sigue siendo muy popular y vale la pena preguntarse, una vez más, cuáles son los fundamentos de esa persistente popularidad y qué implicaciones tiene para el proceso sucesorio.

Empecemos por decir que si hubiese reelección (AMLO) la tendría (casi) asegurada, pues con esa tasa de aprobación y la previsible penetración de su partido en la estructura territorial (es probable que gane cuatro gubernaturas más), su segundo mandato estaría casi garantizado; pero como no hay tal cosa (por lo menos de momento) hay que explorar qué puede hacer para intercambiar ese activo político. Ser tan popular y no poder ser candidato es como si tuviese millones en bitcoin no convertible a otra divisa para comprar mercancía y servicios. Es un capital latente que se nutre de cuatro elementos. 1) La esperanza; la gente sigue confiando en él y cree que algo va a cambiar. 2) La eficacia de sus medidas como los programas sociales, el subsidio a la gasolina y las vacunas tienen mucha aceptación y compensan otras falencias. 3) Su aparato de propaganda y el culto a la personalidad rinden frutos y 4) El rechazo a los gobiernos anteriores sigue siendo tan fuerte que el presidente recibe, por contraste, un enorme apoyo.

¿Qué puede hacer con ese apoyo? Lo primero es garantizar la gobernabilidad funcional. Un presidente tan popular contiene una crisis social como las ocurridas en América del Sur. El probado deterioro del ingreso per cápita y la falta de inversión no se traducen en conflictividad social. Esa calma chicha de un país que ve cómo se encoge su economía o se rebasa el umbral de 120 mil homicidios, o el exceso de mortalidad reportado por Covid, es directamente imputable a la popularidad presidencial. Si no tuviésemos a un ídolo popular en Palacio este país probablemente sería ingobernable.

Le permite también ofrecer un manto protector a gobiernos con severos problemas de desempeño como es el caso del veracruzano y morelense o los titubeos y contradicciones del Gobierno capitalino en su narrativa de la línea 12.

La popularidad, en cambio, no se ha traducido en un incremento de las capacidades. Es un gobierno con un mal desempeño en compras gubernamentales, la educación, la gestión de los aeropuertos y los servicios públicos. Tampoco ha demostrado que sus niveles de aprobación sean transitivos ni en las elecciones intermedias ni en las dispendiosas consultas. El porcentaje obtenido por su partido en 2021 y en sus consultas es mucho menor.

La popularidad de un presidente en funciones tampoco permite asegurar un relato histórico favorable. Aquí vale el principio: a rey muerto, rey puesto. Dejar el poder los eclipsa fatalmente y los saldos del país que dejaron los persiguirán como fantasmas en un drama de Shakespeare.

Pero en última instancia lo que sí deja una popularidad tan alta como la que hoy tiene AMLO, es un margen amplio para manejar la balanza sucesoria. Esto no quiere decir que pueda imponer a quien quiera, porque lo más difícil es mantener unida su coalición. Lo que quiere Morena no tiene por qué quererlo el PVEM o el PT. Hoy tiene una tercia en la primera línea. Si opta por sostener a Claudia como primera opción lo tendría más díficil que si optara por Marcelo, ya que es menos probable que Claudia se inconforme que si es MEC el destapado, y es más probable que Marcelo lo hiciera si es Claudia y buscara otra opción verde o naranja. Ese choque interno funciona con combustibles muy diferentes a la popularidad presidencial, tiene que ver con el potencial de la corcholata para tener más apoyos internos y externos.

 

Analista. @leonardocurzio

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