Desde hace muchos años, al menos desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), los mexicanos hemos pasado varios momentos en los que percibo que México se nos va de las manos.

Si desde aquellos años revisamos cifras de homicidios dolosos, de ejecuciones políticas, de periodistas ultimados, de violaciones, de feminicidios (a partir de 2015, cuando se tipificó ese delito), de asesinatos de mujeres, de extorsiones, de secuestros, de asaltos en el transporte público, y si constatamos la impunidad de esos delitos (90%, o más), y su tendencia creciente en buena parte del país, entonces resulta que sí, que México ya se nos fue de las riendas muchas veces.

Es, subrayo, una percepción que tiene sustento en los hechos, en los datos duros de los últimos 34 años, no en especulaciones de conservadores o liberales.

Si nos remontamos documentalmente al inicio de este siglo, a los tiempos de la ineficacia y la futilidad de Vicente Fox y Martha Sahagún, encontraremos que ahí se dejaron crecer los abusos del crimen organizado, a tal grado que había decenas de poblaciones, en al menos la mitad de los estados de la república, que estaban literalmente a merced de las bandas criminales. Eran lugares, los más remotos en las sierras, donde a veces la gente no podía ni siquiera salir a surtirse de alimentos. A la menor insurrección, los delincuentes arrasaban con fuego, como alguna vez reporté desde las montañas de Durango, donde los narcos persiguieron a los pobladores hasta que éstos se refugiaron en cuevas y cavernas, y así estuvieron durante días, como bestias en el monte, hasta que llegaron por aire y tierra efectivos militares. Varias de sus viviendas fueron reducidas a cenizas y nunca olvidaré sus miradas de desamparo, sus miradas de súplica para que los soldados no se marcharan, para que no los abandonaran, para que no los dejaran desolados.

Fue por eso que, durante los últimos años de aquel estéril sexenio, algunos periodistas exigimos: “El Ejército a las calles, ya”. Era un riesgo, sí, ¿pero qué hacíamos? Las policías municipales, con sus viejos revólveres y seis balas, estaban sometidos. Los policías estatales de pronto tenían arrestos para enfrentarse a los narcos, pero eran reducidos en unas cuantas semanas, ya que su poder de fuego y de inteligencia solía ser nulo. Además, con sus míseros salarios, eran (y son) presa fácil de la corrupción. Y hoy, estamos igual.

En sus tiempos bravucones, Felipe Calderón tampoco escuchó a periodistas ni académicos, pero sí oyó con atención al entonces gobernador de Michoacán, Lázaro Cárdenas Batel (hoy colaborador cercano de AMLO), quien le informó que los grupos criminales literalmente gobernaban el estado, sobre todo en Tierra Caliente , donde el cártel de Los Caballeros Templarios tenía en su nómina a prácticamente todos los alcaldes y jefes policiales de la región (incluidos varios federales), pero no solo eso: como se comprobó periodísticamente años después, el grupo delictivo tenía acceso a los presupuestos municipales, cobraba porcentajes por cada obra, y ponía y quitaba autoridades a su gusto, incluso a través de procesos electorales.

Fue en este lapso, cuando las tropas federales salieron a combatir sin un plan claro de entrada y salida de la guerra, que las matazones criminales tomaron su pasmosa fuerza inicial, y los abusos de algunos miembros de las fuerzas federales se asentaron.

Luego pasamos a los años insolentes y corruptos de Enrique Peña Nieto, que tuvo la brillante idea, desde el primer momento, de pretender acallar a los medios y a los periodistas (que no es necesariamente lo mismo), para que no se hablara del desastre criminal.

Y claro, la realidad lo arrolló, primero en Michoacán, cuando la gente se cansó de las extorsiones templarias a limoneros, aguacateros, mangueros, ganaderos, madereros, pero sobre todo, los pobladores se hartaron de algo peor: de que esos monstruos violaran y embarazaran a sus mujeres, o de que simplemente las levantaran y las desaparecieran, así que tomaron las armas. El gobierno federal pretendió minimizar los hechos hasta que las imágenes de televisión (pueblos sitiados por criminales, gente sin alimentos y combustibles) fueron tan elocuentes que no tuvo más remedio que intervenir para romper el cerco, eso sí, luego de decenas de muertos, desaparecidos, y miles de desplazados.

Llegó la desgracia de Guerrero y Ayotzinapa y Peña Nieto y los suyos, con todo y su pretenciosa casa blanca y su chalet en Malinalco, quedaron enterrados en la ignominia de la historia, por méritos propios y gracias a todos esos personajes ostentosos e insolentes: los Duarte, los Borge, los Videgaray y adláteres.

Hoy, con un país lleno de fosas, sembrado de ejecutados, de mujeres violadas, desaparecidas o asesinadas, y de miles de cuerpos de hombres sin identificar; con un país absolutamente devastado en porciones cada vez más grandes de su geografía, así tratamos de avanzar en estos días confusos de Andrés Manuel López Obrador , pero el Presidente no ha entendido en tres años, ni mucho menos asimilado, que más allá de sus programas sociales y sus obras de infraestructura, el México real es una nación cuyo tejido social está destrozado: yace bajo el yugo del machismo más depredador de la historia, no solo porque destaza mujeres y sus vidas (con ello bastaría para indignarse y reaccionar), sino porque ha generado una guerra interminable durante la cual los grupos machos en disputa NO dejarán de matarse NUNCA, porque tienen la imperiosa necesidad fálica de ver quién tiene el pene más grande en el mundo criminal de las extorsiones, secuestros, tráfico de personas, explotación sexual y trasiego y venta de drogas, y quién compra más lealtades gubernamentales (en municipios, estados y federación) para exterminar al contrincante.

Que no quede duda: la guerra interna de este país es una confrontación donde unos quieren, literalmente, exterminar a otros.

Mientras no aceptemos que existe un México atroz, y en tanto el Presidente y los gobernadores sigan en negación sobre el pantano en el que estamos inmovilizados en temas de inseguridad, lo siento mucho pero nos seguiremos hundiendo en una nación criminalizada e inmisericorde…

BAJO FONDO

Tecleaba yo al principio de esta columna que, varias veces, el país ya se nos fue de las manos en los últimos 34 años.

¿Y hoy?

Vea el México atroz que tenemos: de enero a abril de 2022, se han cometido en el país al menos 1,940 crímenes de extrema violencia que pueden ser clasificados como “atrocidades”. Para efectos del estudio de la organización Causa en común, se define “atrocidad” como el uso intencional de la fuerza física para causar muerte, laceración o maltrato extremo; violencia para causar la muerte de un alto número de personas; violencia para causar la muerte de personas vulnerables o de interés político, y/o para provocar terror.

Eso es, terror generado por atrocidades perpetradas por seres carentes de piedad que el Presidente dice que también debemos cuidar, como si esos sujetos se hubieran tocado el corazón por alguna de sus víctimas, incluidos soldados, marinos y guardias nacionales que asesinaron (71 soldados en lo que va del sexenio).

Durante los primeros cuatro meses de 2022, vea usted el museo del horror de connotados miembros del pueblo bueno mexicano: se registraron al menos 150 masacres; 534 casos de tortura; 297 casos de mutilación, descuartizamiento y destrucción de cadáveres; 246 asesinatos de mujeres con crueldad extrema; y al menos, 117 asesinatos de niñas, niños y adolescentes.

Permítame repetir y enfatizar:

1.- Tenemos un país donde, en cuatro meses, hay sujetos que perpetraron 150 masacres para exterminar a otros.

2.- Tenemos un país donde, en tan solo 17 semanas, algunas individuos torturaron a 504 personas, y mutilaron, descuartizaron y destruyeron 297 cuerpos.

3.- Tenemos un país donde, en apenas 120 días, otros machotes asesinaron a 246 mujeres con extrema violencia. Con odio, saña, con rencor. Con impunidad absoluta.

Y 4.- Tenemos un país donde, en 2,880 horas, alguien asesinó a 117 niñas, niños y adolescentes de ambos sexos.

¿Qué es esto? ¿Qué está pasando con esta gente que solo llega a ente?

De enero a abril, en promedio se registraron 16 atrocidades cada día en nuestro país. Los registros de esas barbaridades abarcan todo el país, pero los estados más monstruosos, con al menos 696 atrocidades, son Baja California, Michoacán, Guanajuato, Morelos y Veracruz, donde sus gobernadores y alcaldes, asumo, estarán orgullosos de sus tejidos sociales y de su eficacia para procurar e impartir justicia.

Vaya, para proteger y cuidar a la gente, chingao, que es su principal deber. O debería serlo (http://causaencomun.org.mx/beta/wp-content/uploads/2022/05/2022.05.09_AL-MENOS-150-MASACRES-EN-LO-QUE-VA-DEL-A%C3%91O.pdf)...

jp.becerra.acosta.m@gmail.com
Twitter: @jpbecerraacosta

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