Luces y sombras del echeverriato

José Vicente Saiz Tejero

Ha transcurrido medio siglo desde que el hoy centenario Luis Echeverría gobernara México. En este artículo me referiré a las visiones, contrastantes y ambivalentes, que este escriba tuvo y aún tiene respecto del desempeño público del cuestionado personaje. No se trata de repasar su biografía sino de comentar capítulos de su ejecutoria que impactaron a una generación de jóvenes que, egresados de la Universidad Nacional, empezábamos a participar activamente en la vida del país y observábamos con interés su acaecer político.

El arribo en 1970 a la Primera Magistratura del abanderado priísta Luis Echeverría estuvo precedido de una gran tensión social y política, debido a las culpas que cargaba el gobierno por la matanza de estudiantes del 2 de octubre de 1968 y al diferendo surgido en campaña entre el candidato y el presidente Díaz Ordaz a causa del minuto de silencio que, en honor a los caídos, guardó Echeverría en la Universidad Nicolaíta. Mandos castrenses de alto rango demandaron al mandatario que “enfermara” al candidato… ¡y lo sustituyera por otro!

La responsabilidad de la tragedia la asumió Díaz Ordaz en su quinto informe de gobierno. No obstante, el baldón tocó a todo su gabinete y en particular a Echeverría, dado que era secretario Gobernación el día de los hechos. Luego, ya presidente, ocurrió el “halconazo”, evento en el que un grupo paramilitar, financiado, entrenado y armado por el Departamento del D.F., atacó el Jueves de Corpus a una manifestación de estudiantes, matando a treinta de ellos. Aunque se imputó al regente Martínez Domínguez la autoría intelectual, la opinión pública dio por cierto que la mano de Luis Echeverría no fue ajena a la artera agresión.

En 2006 se le acusó de genocidio y se le recluyó en su domicilio mientras tenía lugar el proceso. Tres años después fue exonerado por el tribunal que lo juzgó al no hallarse prueba alguna que acreditara su responsabilidad en aquellos sucesos. A pesar de su absolución, en el imaginario popular arraigó la idea de que Echeverría era un asesino represor. A esa imagen contribuyó la “guerra sucia” que venía de años atrás pero que se intensificó en su sexenio: el Ejército arrasó pueblos enteros de la sierra de Guerrero para extinguir focos de subversión armada y eliminar a sus líderes Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, luchadores sociales egresados de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa.

Visto en su contexto histórico, el ciclo del presidente Echeverría estuvo condicionado por la inercia autoritaria de un sistema de origen revolucionario que, una vez institucionalizado, acudía a la represión violenta sólo si la persuasión pacífica no resultaba. ¿Ese antecedente basta para explicar los hechos en los que se le inmiscuyó? No, evidentemente; mas pese a ello, creo que no es el político cínico, perverso y sin principios que sus detractores pintan, cometiendo una simplificación que ignora aciertos y sólo destaca errores.

Su mandato demanda un estudio serio al margen de las pasiones que su recia personalidad despierta, que valore sus políticas progresistas, su habilidad para hacerse escuchar de los más grandes líderes de su tiempo y sus pronunciamientos en favor de los pueblos del tercer mundo. Sus críticos olvidan que liberó a los presos del movimiento del 68, que sumó a su gobierno a jóvenes de izquierda, que acogió a los chilenos perseguidos por Pinochet y que fundó la Profeco, el Fonacot, el CCH, el Infonavit, la UAM, el Conacyt y el Cide, instituciones que son ya parte de la vida cotidiana mexicana. Y mérito suyo fue también adivinar el potencial del Caribe quintanarroense y ser primer promotor del que pronto sería un emporio turístico de nivel mundial y polo de atracción de inversiones multinacionales.

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