(Parte dos)

Con el quince de septiembre en el umbral, me senté hace unos días a imaginar con Alberto Chimal y David Arellano el México de 2071. Aquí va la segunda parte de esa entrega sobre distopías familiares y utopías difíciles de consensuar.

Entre utopías fragmentadas y metáforas descompuestas

Nos resulta más cómodo plantear futuros mal logrados o distópicos porque los sentimos familiares, cercanos. Las distopías de unos son el presente de otros, como sugiere Alberto. Con relativa claridad podemos ver que, cuando el agua nos llegue al cuello en el futuro -en sentidos figurado y literal-, el “sálvese quien pueda” colectivo no precisamente resolverá la estructura inequitativa y cuidadosamente atorada en un desbalance de absurdamente privilegiados y espantosamente pobres. Podemos ponernos pesimistas y pensar que, si el futuro trae días aún más graves, sabremos que el cambio climático no era un invento. Veremos al sur global contra el norte, diásporas desesperadas encabezadas por quienes podrán ponerse a cubierta y también países vueltos contra sí mismos. La distopía será inequitativa o no será.

Ahora bien, no todo es naufragar, como dice Silvio Rodríguez. Le hace coro David Arellano en la charla, quien no subestima la complejidad de pensar en el avenir pero lo retrata con un filtro más optimista. Alberto comulga con esta idea y recuerda que lo mejor de la literatura de ficción especulativa no radica en su valor profético ni en mal entenderla como una mera prescripción o receta de hacia dónde no navegar. Aunque nos da en estos días por resignarnos a malestares que parecen invencibles, nos queda el último resquicio de esperanza en imaginar. De ahí que, aunque parezca contraintuitivo, tenga cierto grado de optimismo plantearnos las nociones del final. Todavía más, especular le permite a nuestra mente rasguñar la idea de que la condición humana es inabarcable para una persona en singular e imaginamos, pese a la oprimente idea de que todo es tan tremendo y de magnitudes tan infinitas que no tiene sentido preguntarnos sobre el futuro. Ahí está el verdadero Cogito, fingo. Ergo, sum.

Imaginar, pues, como prueba de que existimos. Pandemia encima y otros males, pero podemos seguir viviendo en el futuro más inmediato. Hablamos del fin pero también de historias sobre la continuidad. De lo terrible como parte de un ciclo al que acompaña lo más dócil. Imaginar el futuro es también ponerle etiquetas al presente que empieza a ser tan distinto al pasado que sabe a mañana. Ahí radica la potencia de imaginar. Con todo y ese impulso, especular el reverso de un futuro distópico y atroz es, como dice David, tratar de echarse un trompo a la uña.

La diversidad, el desacuerdo y la verdadera realidad aumentada

Nuestro presente ensalza la individualidad. De ahí que nos preciemos de la imponente diversidad de opciones para elegir en tantas dimensiones como nunca en la Historia. Pero esta diversidad muy visible por cosas tan frívolas como elegir el color de un teléfono permite también que empecemos a romper nuestra miopía sobre la diversidad en serio. ¿Cómo plantear la idea de un futuro utópico si cada quien tiene una idea distinta de “vivieron felices para siempre”? Un humano de este tiempo no puede evitar preguntarse, ¿quiénes, y haciendo qué? Porque incluso en este presente empieza a desmoronarse la idea de que vivimos en un monolito palpable y simbólico que se llama México y significa lo mismo para todos.

Alberto propuso recientemente el concepto de mexafuturismo: imaginar el potencial propio de la cultura mexicana y resignificarla, abandonando la inercia resignada al fracaso e imaginando escenarios donde la tecnología y la racionalidad le permiten a una sociedad apropiarse del futuro. Se trata de una idea provocadora y sugerente, pero también harto complicada. Sin ir más lejos, hoy resulta difícil definir lo mexa, como también es difícil pararnos cada lunes en un patio durante años viendo desfilar una bandera sin que la noción misma de patria y pertenencia empiece a perder significado. Para Yásnaya Aguilar, reconocer la diversidad es pasar de una idea monolítica y anacrónica de UN Estado Mexicano a una visión plurinacional donde se reconozca la autonomía e identidad de los pueblos indígenas,. ¿Cómo pensar en un futuro mexa si no podemos pasar el bocado de que México significa cosas distintas para muchas personas dentro y fuera de su territorio? ¿Cuál utopía, dirán quienes señalan hoy que existe el racismo y la negación sistemática de la identidad de pueblos originarios?

Hay un elemento más que hace entretenido y a la vez complejo el ejercicio de pensar en ese “nos” de México en cincuenta años. Desde que aprendimos a contar, nuestra vida gira, literalmente, alrededor de fenómenos sobre los que no teníamos control alguno. Trazamos y perfeccionamos calendarios con base en el movimiento de la Luna, la temporada de lluvia, las mareas baja y alta. Luego, construimos nuestros propios mitos montados en esos fenómenos que nos superaban. Imaginamos diluvios que formateaban el disco duro del planeta, o nos contábamos la historia de que vendría el tiempo de los hijos de un quinto Sol. Pero, si bien no tenemos la capacidad para retrasar la Luna, el calentamiento global parece ser un ejemplo de los ciclos de la naturaleza descomponiéndose, admite Alberto. En estos tiempos donde todo es tan tremendo y cualquiera que se siente en una pila de dinero suficientemente alta puede pagarse un cohete al espacio, logramos averiar las metáforas mismas del avenir.

Precisamente en este escenario de franco desasosiego es donde la imaginación aparece como un salvavidas. Nadie dijo que sería sencillo imaginar a #MéxicoEn2071. Esto no es una mera predicción de quién ganará el mundial en cincuenta años. La literatura especulativa es un campo de pruebas, una invitación a pensar un poco distinto, a reflexionar sobre la manera en que hemos planteado nuestra relación con quienes habitan el mundo con nosotros y con el mundo mismo. Probablemente quienes se sienten en una ciudad parecida a ésta en 2071 se pregunten también cómo le haremos para vivir siendo tan diversos. Y habrá versiones de Alberto cybermexafuturistas, y versiones de un David que, como hoy, prefiera vivir en un mundo diverso y complicado que en uno uniforme y, francamente, aburrido.

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