@elpepesanchez

En términos simples, una política pública es la decisión de un gobierno sobre algún tema, problema o condición. Decidir que la contaminación del aire, por ejemplo, es un problema que se atiende reduciendo el número de vehículos en las calles es una política pública. Incluso la decisión de no hacer nada respecto a un problema es la política pública respecto a ese tema. Dado que la vida pública en las ciudades conecta múltiples temas y problemas, tomar estas decisiones no es tarea sencilla. Una política pública ambiental como disminuir el número de vehículos circulando en un día puede mejorar la calidad del aire pero complicar la vida y actividad económica de quienes no puedan viajar en un vehículo ese día.

Esta complejidad en la toma de decisiones gubernamentales es la motivación de convertir el estudio de las políticas públicas en una ciencia social. Dado que los problemas públicos son importantes, lo mejor es estudiar cómo tomar la decisión que beneficie al mayor número de personas utilizando los recursos públicos de la mejor manera. Aunque toda política pública tendrá efectos inadvertidos imposibles de anticipar, de lo que se trata es de pensar las consecuencias de estas políticas antes de implementarlas.

El caso de los nómadas digitales en la CDMX es un buen ejemplo de todo esto. Durante la pandemia, un número enorme de personas comenzaron a trabajar desde casa para empresas de distintos servicios. Aunque las restricciones de distancia social quedaron atrás, las prácticas de trabajo remoto (home office), no caducaron ni volvimos del todo a esa anterior normalidad. Quienes utilizan internet para trabajar remotamente son llamados nómadas digitales. Lo interesante es cuando la idea se lleva al extremo. Cuando la nómada digital se dio cuenta de que bien podía trabajar desde casa o en un café de cualquier ciudad en el mundo. Esta epifanía digital ha motivado una migración intensa de profesionistas que se mudan de ciudades estadounidenses o europeas cuyo costo de vida es muy alto a ciudades latinoamericanas o europeas donde el costo de vida es mucho menor, manteniendo su nivel de ingresos.

Parece un fenómeno social fácil de entender. En términos de desarrollo económico, quién no querría que llegase a nuestra ciudad un montón de gente dispuesta a gastar dólares en servicios, comida, renta. No sólo crece el mercado sino que aumenta la capacidad de compra con la llegada de nómadas digitales. Para quien gobierna una ciudad, nuevos ingresos son buenas noticias. La política pública de muchas ciudades latinoamericanas y europeas ha sido abrir las puertas y facilitar la llegada de estos nómadas. La política de atraer nómadas digitales se ha materializado de distintas maneras en varias ciudades con el mismo objetivo. En Europa, ciudades portuguesas y griegas conceden “visas doradas” a migrantes que inviertan en sus ciudades o adquieran una propiedad inmobiliaria. La CDMX firmó un convenio con AirBnb para posicionar a la ciudad como un destino ideal para nómadas digitales, incentivando a quienes tienen casas y departamentos en la ciudad a rentar sus espacios mediante esta plataforma digital de estancias cortas.

Como toda política pública, atraer nómadas digitales tiene efectos adversos que no son enteramente inadvertidos. Hay quienes resumen estos efectos en un solo concepto: gentrificación. Dicho de otro modo, desplazar habitantes de un vecindario por nuevos habitantes dispuestos a pagar rentas y servicios a precios más altos. Dejar de rentar tradicionalmente un departamento para convertirlo en AirBnb puede ser muy conveniente para la propietaria, pero pésimas noticias para quien no pudo renovar el contrato y se encontrará con rentas mucho más elevadas que la obligarán a buscar un vecindario menos

popular y más asequible. Efecto similar puede notarse en restaurantes y algunos otros servicios. La política pública da resultados en términos de atraer nómadas digitales y sus ingresos, pero ¿a qué costo para los residentes de una ciudad? Aunque el fenómeno es relativamente reciente, colectivos en lugares tan distantes y distintos como Tulum, Atenas, Ciudad de México y Lisboa han documentado el impacto que esta migración tiene en la dinámica cotidiana de sus ciudades. Nómadas digitales que son bienvenidos en estas latitudes asumen este desequilibrio de fuerzas e ingresos que les permite habitar ciudades con un estatus de ciudadanos de mayor categoría que reciben excepciones migratorias, no pagan impuestos en la ciudad donde viven y son protegidos por los gobiernos de estas ciudades.

Gobernar es harto más complejo de lo que parece, y aunque nunca dejará de ser un asunto densamente político, hay mucho que la ciencia puede aportar para evitar que las decisiones públicas generen más desigualdad y limiten la libertad de una parte de la ciudadanía. Conviene recordarle a quienes elegimos para tomar decisiones en nuestras ciudades que los nómadas son itinerantes, viajeras, pero los efectos de su estancia en las ciudades, para bien y para mal, son mucho más sedentarios.}

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