Los numerosos principitos del Sacro Imperio Germano Germánico temblaban frente a Napoleón, como en nuestro tiempo los gobiernos europeos frente a Su Majestad Xi Jinping. China es la segunda potencia mundial, la primera potencia económica, que está creciendo militarmente a una impresionante velocidad. Posiblemente su armada sea ya capaz de enfrentar y derrotar a la flota americana del Pacífico. Eso no sería un Pearl Harbor sin porvenir, porque las dimensiones de China no tienen nada que ver con las del Japón imperial de 1941.

Todos pudimos leer al Embajador de China en nuestro país, Su Excelencia Zhu Qingqiao, cuando dijo, en marzo, que cien millones de personas habían salido de la pobreza en su país, durante los últimos ocho años y que su país había derrotado la pobreza absoluta en 2020. Que China había logrado con diez años de anticipación su objetivo de alivio de la pobreza en virtud de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. En los últimos cuarenta años ochocientos millones de personas salieron de la pobreza. ¿Propaganda? Ciertamente, pero propaganda bien fundada si uno piensa que el PIB de China –a pesar de que nuestro Presidente descalifica al PIB como criterio– se multiplicó más de diez veces en menos de veinte años.

Ojalá y nuestro México sea capaz de seguir el camino chino, pero este no es mi tema hoy, sino el pavor reverencial que el Imperio inspira a los principitos europeos. Leí hace poco, no sin asombro, que el gobierno francés, mejor dicho, su Consejo Superior de lo Audiovisual, otorgó de repente, sin decir agua va, el 4 de marzo pasado, el permiso a la cadena estatal china, China Global Television Network (CGTN), de difundir sus programas a partir de Francia. Ese acuerdo se tomó sin anuncio, sin reuniones anteriores, sin deliberación ni publicidad.

El Reino Unido había retirado, el 4 de febrero 2021, su licencia de difusión a CGTN. Me dirán que Inglaterra es una isla, pero resulta que varios distribuidores alemanes siguieron el ejemplo inglés y dejaron de difundir la cadena china. CGTN depende del Partido Comunista chino y niega la terrible represión de la cual son víctimas los uigur de la provincia de Xinzhiang. Ahora resulta que París le ofrece a Beizhing la posibilidad de difundir su propaganda. ¿Esperanza de conseguir contratos jugosos en un inmenso y rico mercado? ¿Miedo a perder contratos? ¿Miedo a las infiltraciones cibernéticas chinas? Son menos numerosas que las rusas, pero van creciendo.

Patrice Batto, sinólogo, y Marie Holzman, sinóloga especializada en el estudio de la disidencia en China, publicaron el 8 de marzo en Le Figaro: “¿Por qué el Consejo Superior de lo Audiovisual (CSA) se precipitó a salvar uno de los más temibles instrumentos de desinformación del planeta?”. El CSA está encargado de vigilar los medios masivos de comunicación. La Compañía china le pidió su autorización para poder transmitir por satélite a partir de una base terrestre en Francia. El 4 de marzo cayó como bomba la noticia de que se otorgaba el permiso. Un mes después de la decisión inglesa.

CGTN depende directamente de la televisión pública china, controlada por el Departamento central de propaganda del PCCh, lo cual es perfectamente normal. Según los textos oficiales chinos, la televisión tiene la misión “de propagar las teorías, la línea política y las políticas del Partido Comunista, planificar y dirigir los grandes reportajes de propaganda” y, al extranjero, “contar de manera exacta la historia de China”.

En París han de haber apuntado que, ocho días después de la decisión inglesa, Beizhing prohibió las emisiones de la BBC, acusada de “desinformación” con sus reportajes sobre el Covid en China y los campos de internamiento en el Xinzhiang. Es uno de los factores que pueden explicar la decisión francesa.


Historiador