Cuando a diario le ponemos atención al fenómeno COVID-19, lo que usualmente nos sucede es un proceso pre-reflexivo, es decir, un proceso sin pausa o pensamiento intencionado, que busca en nuestra experiencia previa una forma de reaccionar. Un fenómeno tan complejo, plagado de información contradictoria y cambiante, amenazante, y que impacta nuestra movilidad y costumbres, nos genera inmediatamente una sensación de incertidumbre, que por lo general nos incomoda.

Esta incertidumbre se refuerza constantemente, ya sean a través de las redes sociales, en la prensa y las noticias, en las conversaciones con vecinos, familia, amistades, colegas y colaboradores, y hasta con desconocidos; en prácticamente toda interacción humana, generando una sensación de riesgo y temor que desemboca en diferentes grados de angustia.

Al nutrir la angustia todos los días generamos un círculo que se retroalimenta, intensificando cada día nuestra propia angustia. Cuando vivimos en niveles de angustia superiores a lo que acostumbramos tendemos a desarrollar actitudes que seguramente en otras circunstancias no las consideraríamos, como: tender a ver las cosas en forma negativa, engancharnos con ideas pesimistas, magnificar el lado destructivo de las cosas, responder con agresividad o hipersensibilidad, victimizarnos, buscar culpables, ver enemigos en cada esquina, dejarnos caer, aislarnos o ensimismarnos, distraernos con facilidad, evadir las actividades de prevención y, por qué no, perdernos en la inmortalidad del cangrejo. No cabe duda de que estas actitudes no son del todo productivas para un entorno laboral, ni para uno social.

¿Qué podemos hacer para salir del círculo vicioso de la angustia?

“¿A qué le pongo atención?”

es la primera pregunta que debemos hacernos. La idea es romper el ciclo de percepción de información tendenciosa. Seamos selectivos con el tipo de medios de información vamos a atender, limitemos la frecuencia, si vemos información que nos inquieta decidamos donde la vamos a validar antes de creerla ciegamente, que fuentes queremos eliminar, que conversaciones evitamos y, mejor aún, en que conversaciones ofrecemos una forma de ver complementaría.

Una vez que enfocamos nuestra atención a contendidos más equilibrados y válidos, podemos detenernos a identificar la emoción detrás de la ansiedad que sentimos, y preguntarnos si la emoción tiene sentido.

Para este propósito la pregunta pertinente es: “¿Qué otras explicaciones existen?” ¿De qué otras formas lo puedo ver, que argumento invalida esta historia que me cuento? El simple hecho de detenernos y considerar otras posibles explicaciones nos lleva a un estado mucho más equilibrado. Desde una posición más equilibrada es posible razonar qué actitud queremos tomar y qué acciones nos llevan a donde realmente queremos estar. Para lograrlo, es importante recordar tres principios que rigen a las emociones:

Todas las emociones son útiles.

El miedo nos ayuda a identificar una amenaza, nos enfoca y motiva a actuar con detalle. De igual forma, demasiado miedo nos puede llevar a sobrerreaccionar o a inmovilizarnos. La utilidad de una emoción esta en nuestras manos, en como las interpretemos y la enfoquemos en una acción constructiva.

El pelear contra la ansiedad es fuente de más ansiedad.

La sensación de ansiedad también es útil. Usémosla como “gasolina” para enfrentar retos o desafíos, para capturar oportunidades. Para esto es útil dejar de quejarnos y resistirnos, hay que darle la bienvenida y aprovecharla. Reconozcamos que todos la experimentamos, y observemos como hay quien le saca provecho y la regula a su favor.

Las emociones se contagian.

Cuidado, es importante estar consciente que es fácil contagiar a los demás con nuestro estado emocional. Que no nos sorprenda las reacciones de las personas con las que interactuamos, antes de juzgarlas habría que pensar ¿Cómo los estoy contagiando de mis propias emociones? Y por supuesto ¿Cómo me estoy yo contagiando de las emociones de ellos?

La buena noticia es que podemos generar actitudes y acciones concretas para transitar con solvencia momentos de reto y oportunidad, como practicar ejercicio físico o la meditación. También podemos fortalecernos reconociendo que contamos con recursos personales que nos han permitido lograr y transitar retos y desafíos y que esas mismas fortalezas nos facultan para transitar y capturar oportunidades en esta época. Por último, nos servirá mucho el reinterpretar la realidad para entender mejor lo que experimentamos y definir nuestro propósito. No hay duda, somos dueños de cómo reaccionamos y transitamos este camino. ¿Cuál es el mejor camino para ti? Esa respuesta solo es posible encontrarla en uno mismo, y en el ensayo de cada uno de los caminos, reflexionando sobre el valor que nos aporta.

Decano Asociado para Educación Ejecutiva y miembro de la facultad en EGADE Business School, del Tecnológico de Monterrey

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