Del fanatismo al amor por la patria morena

Hugo Alfredo Hinojosa

El título de la obra de Cormac McCarthy, “No Country for Old Men”, fue traducido por Luis Murillo Fort como “No es país para viejos”, aunque me parece que debió ser “No es tierra para viejos”, ya que la obra misma, a través de la voz de Ed Tom Bell, alguacil al borde de la jubilación y personaje clave de la obra, reflexiona acerca de cómo la violencia que existe en esa región apartada del paraíso cristiano habría sido inimaginable para los viejos alguaciles de inicios del siglo XX. Esos que no llegaron a desenfundar su revólver cuando ejercieron como representantes de la Ley, en el agreste rincón infernal fronterizo dominado por el narcotráfico de finales de los años setenta. 

La novela de McCarthy reflexiona acerca del “deber” en sus múltiples facetas. El deber criminal, de justicia y supervivencia. La acción de la obra se detona cuando el veterano de Vietnam, Llewelyn Moss, recupera un maletín con dinero de una negociación fallida entre mafiosos texanos y coahuilenses. La situación se complica cuando entra en escena el sicario Anton Chigurh, que tiene como deber recuperar el maletín a expensas de la vida de quienes interfieran con su objetivo, sin odio y sin revanchismo… tan sólo cumple con la tarea de recuperar un maletín. Podríamos aseverar que es un criminal equilibrado, el punto medio entre el bien y el mal que, por supuesto, ama el combate. Al verse frente a la muerte, en más de una ocasión las víctimas de la novela declaran: “no tienes que hacer esto”, para luego ser abatidas, pues no debe quedar rastro de los involucrados en la tragedia. 
Conforme avanzan los meses, entre pandemia, criminalidad, ocaso económico, confrontaciones geopolíticas entre el agonizante Estados Unidos y la resentida China, y el resurgir de los grupos neonazis dentro del ejército alemán con el sueño de hacer realidad el “Día X”, las propuestas de nuestro gobierno, se tornan absurdas al grado de someternos por medio del discurso oficialista a la condena de vivir adentrados en tramas infantiles, sin reglas éticas ni morales, donde todo puede suceder. 

Hemos comenzado a perder el sentido del humor por una urgencia apocalíptica que nos obliga a cuestionarnos: ¿Qué pasará el próximo año? Si bien la caída económica está presente, no será sino hasta el 2021 cuando tocaremos fondo, quizá. No obstante, el subgobernador de Banxico, Gerardo Esquivel (de las pocas voces a veces coherentes dentro del actual gobierno), pide al pueblo tener paciencia pues no estamos tan mal. Nos hundiremos, sí, pero saldremos a flote hacia el 2022 cuando se logrará recobrar la estabilidad previa a la pandemia, lo cual tampoco es un logos económico para presumir. Vamos todos en un mismo barco hacia el desierto marino, donde cada navegante canibaliza lo que puede. 

Conforme pasan los meses, aparecen y desaparecen voces de la resistencia del gobierno actual como Hernán Gómez Bruera, apologista caído de la gracia del poder de forma intempestiva, que desde la barrera admira a Gibrán Ramírez. Otros, como Katu Arkonada, el más articulado (o combativo) en su defensa de la izquierda viciada; Abraham Mendieta, el gesticulador político; Estefanía Veloz y Andrea Chávez, las jóvenes feministas de la izquierda; entre otras figuras de bajo perfil, se empoderan en sus reuniones a lo largo y ancho del país preparando sus bases o cuadros políticos al grito de “Calderón a prisión”, una nada brillante estrategia de confrontación política que es posible gracias al trabajo de Gonzalo López Beltrán, hijo del presidente encargado, cual guerrillero ideológico, de crear durante la campaña electoral de 2018 una red excepcional de operadores en cada estado de la república que hoy rinde sus frutos y sus fallas. López Beltrán es el abogado del diablo al que pocos temen, pero no hay que perderlo de vista.  

Entre las frases aprendidas a lo largo de los años hay una atribuida a Vladimir Ilich Lenin que tiene bastante sentido en este momento histórico: “Los extremos se tocan”, razonamiento del soviético que parte de una lectura apasionada de la obra del alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En sus “Cuadernos filosóficos”, Lenin reflexiona acerca de la dialéctica (tesis, antítesis, síntesis) de Hegel argumentando que, una vez cumplidos los pasos del movimiento dialéctico, se retorna a un origen primigenio de las ideas que se contraponen entre sí para generar conocimiento verdadero, según el contexto. Esto es, cuando las ideas, o ideologías (como, por ejemplo, la extrema derecha y la izquierda radical) se encuentran, en ambas hay rasgos que se identifican y al mismo tiempo se repelen para crear revoluciones o cambios desmedidos. El planteamiento es genial, sobre todo cuando escuchamos una y otra vez la frase del ejecutivo “no somos iguales”, que, si los personajes antes mencionados lo entienden, sabrán pues que forman parte del mismo problema que combaten desde su trinchera a gritos incoherentes.  

Steve Bannon, uno de los grandes estrategas políticos de la extrema derecha estadounidense, fue una de las mentes detrás del empoderamiento de Donald Trump desde la publicación periódica de Breitbart News. Bannon es un defensor del nacionalismo extremo que culpa a la economía de llevar a la quiebra moral a todos los pueblos del mundo y que apuesta por el aislacionismo y un control marcial de los gobiernos sobre los pueblos. Durante el brevísimo tiempo de gloria de Trump, Breitbart News tuvo el apoyo de otra celebridad del mundo virtual de nombre Milo Yiannopoulos, un apuesto hombre blanco homosexual de la ultraderecha que impulsaba la agenda joven y daba voz al movimiento neonazi en Estados Unidos.  

Mientras que Bannon pasó de dar conferencias magistrales a formar parte del gabinete de Trump para luego renunciar, cansado del lirismo de Trump, Yiannopoulos pasó de ser un enfant terrible de la política estadounidense que lanzaba consignas contra los gobiernos demócratas en plazas públicas y universidades, a ser un apestado por sus declaraciones pedófilas, lo cual acabó con su brillante carrera al no entender los límites del pueblo mismo. Bannon se mantiene activo promoviendo su agenda nacionalista en Europa, mientras que el joven rebelde Yiannopoulos se lamenta en redes sociales por la nula repercusión de sus ideas en la cultura que lo ensalzó hace apenas cuatro años. Y aunque ambos fueron encumbrados por el periodismo, son acérrimos enemigos de la prensa crítica hacia el extremismo ideológico contrario a su juego discursivo. 

De regreso a “No Country for Old Men”, en específico a los personajes Anton Chigurh y Llewelyn Moss, ambos son el retrato de la naturaleza del pueblo que vale la pena analizar. Moss, es un tipo común y corriente que vive en una casa rodante y que, al ver la oportunidad de hacerse del dinero que yace al lado de cuerpos en descomposición, no duda en tomarlo por el bienestar que le otorgará. A éste, la guerra no le hizo justicia y debe buscar todas las posibilidades infinitas para subsistir.

Chigurh no entiende romanticismos, es coherente con su objetivo y deber: recuperar el dinero y asesinar a quien lo tenga. Su lid pragmática es honorable. Ni uno ni otro polemiza para hacer de su condición un martirio, accionan y con esa tarea nos permiten comprender los motivos que impulsan la progresión de ambos en la historia. No hay mentiras, orgullos malentendidos, ni deseos ocultos, sino objetivos que te permiten validar las trayectorias de ambos sin paternalismos. Bell, el alguacil, es la conciencia que nos invita a reflexionar cómo las pasiones humanas lo destruyen todo… y en la política aún más.  

Siempre me he cuestionado acerca de los hilos que mueven el fanatismo. No logro entenderlos, quizá para bien, prefiero continuar con la duda antes de sumergirme en lo que critico. Quienes tenemos memoria histórica clásica y contemporánea sabemos que nada bueno ha salido de los fanatismos. Fue el fanatismo político clerical el detonante de las cruzadas, el mismo que generó los problemas de la primera y segunda gran guerra. Fue también el fanatismo político religioso el que desató uno de los conflictos bélicos de fin de siglo en la Guerra de los Balcanes, y ese mismo fanatismo es el que acanala las veredas del neonazismo europeo y norteamericano. 

Es el fanatismo ese elemento tragicómico que nos permite percibir en la figura de los personajes antes mencionados, tanto de México como de Estados Unidos, cómo se tocan los puntos extremos de Lenin, desde la derecha y la izquierda. El pilar sobre el que se cimenta la ideología de ambos grupos, como diría el Premio Nobel Paul Krugman, está relacionado con la cultura del egoísmo. En ambos casos, bajo la crisis pandémica y las elecciones en puerta, es el egoísmo el que no les permite a los gobernantes magnificar la problemática a la que se enfrentan. Peor aún, la comprenden, pero deciden ignorarla, pues el deseo por el control absoluto de las riendas discursivas sobre las que descansa el poder los mantiene inquietos, a la defensiva, para no perder la voz sobre el micrófono.  

¿A quién podemos escuchar en México? ¿Quién merece nuestra atención? ¿A nuestro presidente que, una vez que proclamó el fin de la corrupción, ahora alega que no usará un cubrebocas sino hasta acabar con esta? Sí, es un razonamiento absurdo hasta como argumento de este texto, pero sobre esa lógica descansa el discurso político infantil del momento. Rabietas.  

Ese egoísmo sobre el cual pende el ejecutivo se corresponde además con el sentimiento de odio contra el pueblo mismo que se disfraza de amor a la democracia. Los personajes ya mencionados, esos que propagan consignas y generan discordia, son los mismos que no tienen conflictos morales en criticar, desdeñar o atacar cualquier ejercicio de democracia fuera de sus ideales limítrofes, y son los primeros en adular el uso de la fuerza del estado para acallar las voces contrapuestas. ¿Qué es la libertad? Una adecuación absoluta del amor hacia la patria dentro del canon político moderno. El sicario Chigurh se habría confundido… ¿a quién asesinaría en medio de esa incongruencia de sus ordenantes? Valga el ejemplo que puede herir susceptibilidades, pero esa es la disyuntiva del ciudadano común: ¿qué deber tiene en el juego político del momento? 

Existe una intoxicación discursiva y pedestre que desespera por completo. Nuestra cultura ad hominem no nos permite elevarnos por encima de las circunstancias. Como mexicano puedo decir, aunque moleste, que no somos una cultura que sepa manejar la crítica desde el intelecto, somos pésimos para la confrontación porque de inmediato nos asumimos como víctimas. Hace unas semanas, un miembro de mi familia me cuestionó acerca de por qué no me cae bien el presidente. La pregunta me desconcertó y contesté que no tengo nada en contra de la persona, sino del símbolo, la idea que representa. De nuevo, sí, pero ¿por qué te cae mal? Esa pregunta tan inocente me hizo notar que la premisa sobre la cual descansa la crítica, en todos los aspectos en este país, radica en que el personaje te caiga bien o mal, no en la pobreza de su accionar político, en su ética. Contra eso no existe argumento válido: “criticas al presidente porque no es rico”, “criticas a tal o cual senador porque no viene de las esferas del poder”… y es así como seguimos perdiendo el tiempo. Sin madurez intelectual.  

El fanatismo disfrazado de amor a la libertad democrática carcome los pilares de nuestro país. No es una cuestión de partidos, sino de comprender si necesitamos vivir en un país donde el conflicto innecesario es el motor que nos mueve, que nos cansa y agobia. La cultura del egoísmo de nuestros gobernantes sea Morena, Pri o Pan, ha generado discordia, furia y hambre, la apuesta por el actual gobierno fue porque dijeron no ser lo mismo… pero son el extremo radical que se roza con aquello que niegan ser… Los maniqueos personajes de McCarthy, Chigurh y Moss se rondan cual bestias, sin quitarse la vida mutuamente… así nuestra derecha e izquierda… ¿Así pues, qué fanatismo novedoso necesitamos para cambiar el rumbo?  

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